Durante los últimos años, el estudio de la mente dejó de ocupar un lugar exclusivamente académico para convertirse en una herramienta central a la hora de comprender fenómenos tan diversos como el aprendizaje, el bienestar, la productividad, el envejecimiento y la vida en comunidad. Al mismo tiempo, la aceleración tecnológica volvió a poner en primer plano preguntas fundamentales acerca de aquello que nos define como seres humanos.
Con una trayectoria que combina asistencia, investigación, docencia y participación en la vida pública, el Dr. Facundo Manes dialogó con IntraMed sobre los cambios que atravesaron las neurociencias en las últimas décadas, la importancia del llamado capital cerebral, los desafíos de la prevención, la detección temprana de las demencias, el valor de la empatía en la práctica clínica y la necesidad de formar profesionales capaces de comprender tanto la biología como el contexto en el que viven sus pacientes.
Desde aquel 2011 en el que conducías por televisión "Los enigmas del cerebro", ¿cuánto cambió nuestra comprensión del cerebro humano?
Cambió muchísimo. Cuando comenzamos a hablar de neurociencias en televisión abierta era algo poco frecuente. En aquel momento, para muchas personas se trataba de un campo fascinante, pero lejano, asociado casi exclusivamente a laboratorios de Europa o Estados Unidos. Hoy la situación es muy diferente. Existe una comprensión mucho más amplia de que los procesos cerebrales atraviesan toda la vida y condicionan cómo aprendemos, trabajamos, envejecemos y nos relacionamos.
También cambió la evidencia científica. Sabemos que enfermedades como el Alzheimer o el Parkinson comienzan muchos años antes de que aparezcan los síntomas. Comprendimos además que factores como el sueño, la educación, la actividad física, la alimentación, el estrés, la soledad o la desigualdad tienen un impacto profundo sobre nuestro funcionamiento mental.
Sin embargo, siguen existiendo grandes enigmas. Todavía no entendemos completamente la conciencia ni cómo la actividad biológica se transforma en una experiencia subjetiva. Tampoco sabemos prevenir de manera específica muchas enfermedades neurodegenerativas. Y quizás el desafío más importante sea otro: convertir todo ese conocimiento disponible en políticas públicas capaces de mejorar la vida de las personas. La evidencia está; lo que falta es el coraje para llevarla a la discusión pública.
¿Qué significó construir espacios como INECO y desarrollar las neurociencias a partir del legado de René Favaloro?
Fue un proceso largo y profundamente colectivo. Cuando regresé a la Argentina en 2001, después de trabajar en Cambridge, decidí volver para desarrollar el área de neurología cognitiva, neuropsicología y neuropsiquiatría en FLENI. Más adelante surgió la posibilidad de crear INECO, que en ese momento parecía una apuesta arriesgada porque no existía una estructura consolidada para estudiar la mente desde una perspectiva científica y multidisciplinaria.
Con el tiempo logramos construir un ecosistema que integró asistencia, investigación y formación. Después apareció la posibilidad de colaborar con la Fundación Favaloro, retomando una visión que René ya había imaginado: darle un lugar central al estudio del sistema nervioso dentro de una institución de excelencia.
Lo más gratificante no es solamente haber participado de esos proyectos, sino ver cómo nuevas generaciones toman la posta y continúan desarrollándolos. Las instituciones crecen cuando logran formar líderes capaces de superarnos. Esa es, probablemente, la parte más valiosa de cualquier construcción colectiva.
¿Cuándo sintió que investigar, enseñar y atender pacientes ya no era suficiente?
No hubo un momento único. Fue un proceso gradual. Con el tiempo empecé a observar que muchos de los problemas que llegan al consultorio comienzan mucho antes: en la pobreza, la desigualdad, la falta de oportunidades, el deterioro educativo, la inseguridad o el estrés crónico.
La pandemia aceleró esa reflexión. Entendí que podía dejar una consecuencia adicional que no estaba relacionada directamente con el virus: una ola de impacto sobre la salud mental, la educación, el desarrollo infantil y las condiciones de vida de millones de personas. Frente a eso sentí que mi consultorio quedaba chico y que era necesario involucrarse en discusiones más amplias.
Fue una decisión difícil. En la ciencia y en la medicina la evidencia ofrece cierto resguardo. La política es un ámbito mucho más expuesto, donde muchas veces los datos no alcanzan para ordenar el debate. Aun así, considero que fue una experiencia enriquecedora porque me permitió comprender mejor la complejidad de los problemas colectivos y la necesidad de construir acuerdos para enfrentarlos.
¿Por qué considera que el capital cerebral será determinante para las sociedades del futuro?
Porque representa uno de los principales motores del desarrollo en el siglo XXI. Durante mucho tiempo pensamos que el progreso dependía fundamentalmente de los recursos naturales o del capital financiero. Hoy sabemos que las capacidades cognitivas, emocionales y sociales de las personas serán cada vez más decisivas.
El capital cerebral incluye aspectos como la educación, la creatividad, la capacidad de aprender, innovar, cooperar y resolver problemas. También comprende el bienestar psicológico y la prevención de los trastornos neurológicos y psiquiátricos. Todo aquello que permite que una comunidad despliegue su potencial.
En un mundo atravesado por avances tecnológicos cada vez más rápidos, estas capacidades adquieren un valor estratégico. Un país que descuida la infancia, la calidad educativa, la investigación, la prevención o la salud mental está debilitando uno de sus principales activos. En cambio, invertir en esos aspectos significa fortalecer la productividad, la innovación, el bienestar y la democracia.
Por eso ya no estamos hablando solamente de un asunto sanitario. Estamos hablando de una estrategia de desarrollo para las próximas décadas.
Borges imaginó a Funes, un hombre incapaz de olvidar. ¿Las neurociencias confirman que olvidar también es necesario?
Absolutamente. Borges tuvo una intuición extraordinaria. Solemos pensar que una memoria perfecta sería una ventaja, pero probablemente sería una carga imposible de sostener.
La memoria humana no funciona como una cámara que registra todo. Selecciona, organiza, reconstruye e interpreta. El olvido forma parte de ese proceso porque nos permite priorizar información, adaptarnos a nuevas circunstancias y seguir avanzando.
Si recordáramos cada detalle de manera permanente, tendríamos enormes dificultades para abstraer, generalizar o construir una narrativa coherente de nuestra propia experiencia. Pensar implica también simplificar, elegir y dejar algunas cosas atrás.
Por eso el olvido no representa una falla del sistema. Es una función esencial. Recordar nos da continuidad. Olvidar nos da libertad.
¿Cómo distinguir el trastorno por déficit de atención e hiperactividad de la distracción propia de la vida moderna?
Es una pregunta muy importante porque vivimos en una cultura de interrupción permanente. Pantallas, notificaciones, multitarea, exigencias laborales, ansiedad y falta de sueño afectan la atención incluso en personas que no presentan ningún trastorno.
El trastorno por déficit de atención e hiperactividad es una condición del neurodesarrollo. No consiste simplemente en distraerse con frecuencia. Implica un patrón persistente de dificultades en la atención, impulsividad o hiperactividad que aparece desde etapas tempranas de la vida y genera un impacto significativo en el funcionamiento académico, laboral, familiar o social.
La clave está en la historia clínica, en la persistencia de los síntomas y en el grado de interferencia que producen en la vida cotidiana. También es fundamental descartar otras situaciones que pueden generar síntomas similares, como ansiedad, depresión, estrés crónico, trastornos del sueño o uso problemático de la tecnología.
El desafío actual es diagnosticar mejor: ni sobrediagnosticar ni minimizar el sufrimiento de quienes realmente presentan el trastorno.
¿Qué señales tempranas de demencia suelen pasar inadvertidas en la atención primaria?
La pérdida de memoria es importante, pero no es el único síntoma ni necesariamente el primero. Muchas personas asocian la demencia exclusivamente con el olvido y eso puede retrasar la consulta.
Existen cuadros que comienzan con cambios en la conducta, la personalidad o el lenguaje. También pueden aparecer dificultades para planificar actividades, resolver tareas complejas, administrar dinero, encontrar palabras o desenvolverse en situaciones habituales.
Con frecuencia estos cambios son atribuidos al envejecimiento, al estrés o a rasgos de carácter. Sin embargo, representan señales que merecen una evaluación más profunda.
La detección temprana permite intervenir sobre factores de riesgo, planificar mejor el acompañamiento y mejorar la calidad de vida de pacientes y familias. Además, cada vez contamos con más evidencia de que una proporción importante de los casos podría prevenirse actuando sobre factores modificables.
¿Cuál es el costo cognitivo de vivir sistemáticamente contra nuestros ritmos biológicos?
Es enorme. Nuestro organismo no está diseñado para funcionar de manera sostenida sin descanso, con exposición constante a estímulos y luz artificial.
Los ritmos biológicos regulan funciones fundamentales como la atención, la memoria, el estado de ánimo, la temperatura corporal y múltiples procesos hormonales. Cuando vivimos sistemáticamente en contra de ellos aparece un costo que muchas veces naturalizamos.
Observamos peor concentración, más irritabilidad, mayor ansiedad, más errores, menor creatividad y dificultades para consolidar recuerdos. También aumenta la vulnerabilidad frente a distintos problemas físicos y psicológicos.
El sueño es una de las mejores inversiones que podemos hacer en salud. No es tiempo perdido. Participa en la consolidación de la memoria, la regulación emocional, la restauración energética y el mantenimiento de múltiples funciones esenciales. Cuidar nuestros ritmos biológicos no es un lujo: es una condición para pensar, decidir y vivir mejor.
El dolor físico cumple una función de protección. ¿Qué función cumple el dolor emocional?
También cumple una función adaptativa. Nos señala que algo valioso para nosotros fue amenazado o perdido: un vínculo, un proyecto, una expectativa, una identidad o un sentido de pertenencia.
Así como el dolor físico nos obliga a retirar la mano del fuego, el dolor emocional nos invita a prestar atención a aquello que está ocurriendo en nuestra vida. El problema no es sentirlo. El problema aparece cuando quedamos atrapados en él y no logramos elaborarlo, compartirlo o transformarlo.
La vulnerabilidad no debe entenderse como una debilidad. Muchas veces es una fuente de crecimiento y de conexión con los demás. El sufrimiento puede aislarnos, pero también puede volvernos más comprensivos y más humanos.
Por eso los vínculos ocupan un lugar central. Hoy sabemos que la soledad crónica tiene un impacto profundo sobre la salud y constituye uno de los principales factores de riesgo para el bienestar físico y emocional. Sin embargo, pocas veces preguntamos a nuestros pacientes cómo son sus relaciones o qué redes de apoyo tienen. Tal vez deberíamos empezar a hacerlo con más frecuencia.
Oliver Sacks mostró que era posible narrar el sufrimiento neurológico sin reducirlo a una enfermedad. ¿La empatía puede modificar resultados clínicos?
Sí. Existe evidencia de que la calidad del vínculo médico-paciente influye en la adherencia a los tratamientos, la confianza, la comprensión de las indicaciones y diversos resultados clínicos.
La empatía no reemplaza la ciencia, pero la potencia. La medicina necesita evidencia, tecnología y precisión diagnóstica, pero también necesita escucha, presencia y comprensión.
Oliver Sacks tenía una capacidad extraordinaria para ver a la persona antes que al diagnóstico. No negaba la enfermedad, pero tampoco permitía que la enfermedad agotara la identidad de quien la padecía. Comprendía que detrás de cada síntoma existe una historia singular.
La medicina del futuro incorporará cada vez más herramientas tecnológicas, biomarcadores, inteligencia artificial y medicina de precisión. Pero también necesitará algo que muchas veces escasea: tiempo para escuchar. Porque curar no siempre es posible; cuidar, en cambio, siempre lo es.
Si pudiera cambiar una sola cosa en la formación médica de América Latina, ¿qué modificaría?
Incorporaría una formación mucho más profunda en prevención, salud pública, salud mental, neurociencias y humanismo médico.
Seguimos formando profesionales muy preparados para diagnosticar y tratar enfermedades, pero todavía necesitamos fortalecer la comprensión de los determinantes sociales, emocionales y culturales que influyen sobre la salud.
El médico del siglo XXI debe saber interpretar evidencia científica, pero también escuchar historias. Debe comprender la biología, aprovechar las herramientas tecnológicas y al mismo tiempo preservar la empatía y la capacidad de comprender el contexto en el que viven las personas.
En América Latina esto resulta especialmente importante porque convivimos con desafíos complejos vinculados a la pobreza, la desigualdad, la violencia, el estrés crónico y la fragmentación de los sistemas sanitarios. Si queremos mejorar la salud de las próximas generaciones, necesitamos profesionales capaces de pensar simultáneamente en el paciente, la comunidad y el futuro.
La medicina no puede limitarse a reparar daños. Tiene que ayudar a construir vidas más sanas y más libres.
*Dr. Facundo Manes. Médico neurólogo, neurocientífico y fundador de INECO. Ex presidente de la International Society for Frontotemporal Dementias. Dirigió el Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro y desarrolló una destacada trayectoria en investigación, asistencia, docencia y divulgación científica. Autor de múltiples libros y publicaciones sobre salud cerebral y desarrollo humano.