La medicina ha evolucionado de manera vertiginosa a lo largo de las últimas décadas. Si bien en el siglo XX hemos sido testigos de avances extraordinarios en diagnóstico y tratamiento, el ejercicio profesional de la medicina en el siglo XXI y la carrera por el conocimiento se han enfocado mucho más en las enfermedades que en las personas que las padecen. La medicina de hoy parece buscar respuestas moleculares para todas las preguntas. En el punto en que nos encontramos, no es que el árbol nos impida ver el bosque, sino que el gen que codifica la clorofila nos impide ver siquiera la nervadura de la hoja. Y del bosque, mejor ni hablemos.
A pesar de los avances (increíbles, por cierto), y resistiendo la tentación de creer que “todo tiempo pasado fue mejor”, me atrevo a pensar que, desde hace unos 30 años, nos encontramos en una carrera desesperada en la búsqueda de certezas y una marcada fobia por la incertidumbre que, desde épocas ancestrales, ha caracterizado el arte de la medicina.
Si bien sabemos a nivel racional que las certezas antiguas son reemplazadas por nuevas certezas, más allá de las evidencias científicas y de las estandarizaciones (escalas de riesgo y puntuaciones de las más diversas patologías y situaciones), existen particularidades en cada ser humano, en la singularidad de cada persona, que hoy en día parecen resultar molestas. Y por singularidad no estamos hablando aquí de farmacogenómica, sino de seres humanos completos, personas con emociones, historia, valores, defectos y virtudes. Todo eso que no es “molecular” o medible.
Los pacientes muchas veces nos ven solo como engranajes de la maquinaria médico industrial y, en cierto modo, tienen razón. Tenemos un discurso estandarizado, conductas estandarizadas y así como la singularidad de los pacientes es dejada de lado, nuestra propia singularidad como profesionales tiende a desaparecer.
Las estandarizaciones tienen la virtud de darnos cierta tranquilidad, calmar la conciencia y protegernos ante eventuales litigios. Sin embargo, su aplicación en forma irrestricta, sin atender la individualidad de la persona que tenemos delante, es hacer una medicina parcial y torpe que nos convierte en “commodities”. Hacemos todos lo mismo. (Ergo, no nos quejemos si nos pagan poco o si nos reemplazan fácilmente.)
Hoy no se tolera la incertidumbre que acompaña, o debería, a todo acto médico. Es cierto que se pretende pasar de la autoridad paternalista del médico a un modelo más participativo y horizontal, una medicina centrada en la persona. Esto es extremadamente necesario, y no solo porque los pacientes hoy en día están mucho más informados que antes (o creen estarlo), sino porque son personas únicas y singulares y el accionar de la medicina moderna parece soslayar esa individualidad en pos de la seguridad de la estandarización. Encasillamos a las personas para poder accionar.
La fobia a la incertidumbre, sin embargo, es selectiva. A la hora de prescribir un fármaco, por ejemplo, si está aprobado por entes reguladores, aunque sea nuevo y haya sido probado en poblaciones distantes, tal vez incluido en alguna guía clínica de la patología que sea, no dudamos. Sin embargo, podemos conocer algo de la molécula que indicamos, pero no todo. De hecho, de ninguno de los fármacos que usamos conocemos todo. Esto queda de manifiesto en los efectos adversos que pueden presentarse con casi la totalidad de los medicamentos. Desde ya que sabemos y advertimos a los pacientes de los efectos indeseados, por lo menos, sobre los más frecuentes, pero lo que en la gran mayoría de los casos desconocemos por completo es el mecanismo que conduce ese efecto adverso extraño, lejano y poco o nada relacionado con el efecto terapéutico que buscamos. Y menos podemos explicar por qué ese efecto se produce en una persona y no en otra. Y si hay dudas sobre estas afirmaciones, tome el prospecto de cualquier fármaco que prescribe y piense si puede explicar el mecanismo por el que se produce cada efecto adverso que es mencionado.
Las personas somos sistemas complejos, y mucho más complejos de lo que solemos admitir. ¿Esto asusta y aumenta la incertidumbre? Pues claro que sí. Pero además produce efectos muy necesarios hoy en día: estimula la prudencia y aplaca la soberbia de la medicina moderna. Y eso, querido colega, no tiene precio.
*Dra. Marisa Beatriz Maiocchi. Médica especialista en Clínica Médica. Periodista avalada por .