Probablemente, la especialidad que más se practica en la medicina actual sea la de “médico lejista”.
No, no es un error de ortografía. Lejista significa que ve al paciente de lejos.
Muchos clínicos ya no examinan al paciente. Prácticamente ningún imagenólogo ve un enfermo (hay notables excepciones y sus aportes son excelentes). Si algún especialista examina un paciente suele hacerlo solo en los órganos referidos a su especialidad.
¿Por qué sucede eso?
El argumento más utilizado para sortear el examen físico de un paciente es la falta de tiempo.
Esto es una falacia. Cuanto menos tiempo tengamos, más importante es recabar la información trascendente.
Aquí está el argumento de fondo: no confiamos en nosotros mismos y creemos que nuestro examen clínico puede ser reemplazado por las imágenes y el laboratorio.
En las siguientes líneas trataré de ponderar la utilidad, la extrema utilidad, que tiene hoy en día el examen físico de un paciente.
Estoy convencido de que lo único verdaderamente valioso que un médico le brinda a un paciente es su tiempo y estoy seguro que todos tenemos poco tiempo: nosotros y nuestro enfermo.
Por ese motivo, en la primera consulta hay una serie de gestos que para mí son primordiales, luego de saludarle y preguntarle al paciente en qué puedo serle útil, le pregunto explícitamente "¿Qué espera usted obtener en esta consulta?". Eso me permite enfocarme primero en lo que más le angustia a mi enfermo. Generalmente, en ese momento veo la biopsia o leo la nota del médico remitente.
Al finalizar la anamnesis repito al paciente lo que comprendí de la historia que me relató para ver si lo hice correctamente o algo debo corregir y le repito las preguntas que desea que responda en esta entrevista.
En segundo lugar, examino a mi paciente, le pido que se saque la ropa. La respuesta usal es una pregunta: "¿toda la ropa?". A lo que sistemáticamente contesto “como si viniera al médico”. Cada vez más la respuesta de mis pacientes es: “los médicos ya no revisan”. Debo aclarar que uno de cada cuatro de mis pacientes son médicos o familiares de médicos.
El cuerpo del paciente es un libro que se despliega ante nuestros sentidos.
Cada uno tiene su manera de examinar. Yo empiezo en los pies y termino en el cuero cabelludo.
¿Por qué empiezo en los pies? Para no olvidarlos. Las uñas de sus pies nos indican cómo está cuidado el resto del cuerpo. Desafío a cualquiera que tenga un paciente con las uñas bien cuidadas y no esté acompañado, bien nutrido y aseado.
Las cicatrices nos cuentan su historia de vida: las heridas de la infancia y las otras.
Los pulsos nos hablan más de su salud cardiovascular y del estrés que está padeciendo más que cualquiera otra información.
La sensibilidad, la temperatura, los reflejos, nos indican su edad biológica mucho mejor que ningún otro test.
La fuerza de sus pies y sus rodillas me indican mejor que nada la vulnerabilidad del enfermo.
La evaluación de cada uno de los sistemas orgánicos nos va proveyendo información actual sobre el funcionamiento del organismo. Normalmente, cuando le pido que diga “treinta y tres” me preguntan si se sigue utilizando.
¿Cuánto lleva todo el examen clínico? Quince minutos.
Quince minutos de silencio y, sobre todo, de proximidad.
A medida que voy examinando, voy comentándole al paciente mis hallazgos, al mismo tiempo voy integrando lo que me dijo, lo que desea saber y lo que voy a decirle.
Luego del examen clínico veo las imágenes y los informes, en ese orden, aunque cada vez más los pacientes no concurren con las imágenes y hay que entrar a portales para verlas (lo cual a veces es sencillo y otras, no). Solo si encuentro algo en ellas que me pasó desapercibido en el examen clínico, vuelvo a revisar al paciente en esa zona.
Finalmente, veo sus laboratorios.
Finalizado este ritual1–10 vuelvo a las preguntas del paciente y las respondo en el orden en que fueron formuladas.
Allí abro nuevamente las preguntas.
Esa manera de proceder me permite ser prudente y honesto. Prudente significa pensar antes de hablar, escuchar lo que el paciente desea saber acerca de sí mismo y su posible suerte, y examinar silenciosamente el cuerpo de mi enfermo me da tiempo de pensar. Honesto significa decir con amabilidad y respeto lo que pienso que sucede y lo que creo que podría suceder.
Tocar al paciente es el gesto de mayor proximidad que podemos tener. En ese momento, el diagnóstico queda sometido a la clínica. Las imágenes son un complemento. El laboratorio es un dato adicional. Todo se integra en una persona11. Que no es un dato y mucho menos un número.
En los tiempos de inteligencia artificial y eficientismo tecnológico, el tiempo del médico sigue siendo lo más real que podemos brindarle a un paciente y la información que obtenemos es irremplazable.
Si el médico no recupera la confianza en sí mismo y no redescubre el valor terapéutico de su palabra y de sus gestos, la utopía de una medicina sin médicos será posible.
Recordemos la cita de Nicolai Berdiaev que hace Aldous Huxley en su libro Un mundo feliz: el problema de las utopías es que son posibles.
Referencias
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11. Cassell EJ. On the destructiveness of scientism. Hastings Center Report. 2015;45(1). doi:10.1002/hast.418
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Ernesto Gil Deza Médico Oncólogo |
