Arte & Cultura

Publicado el 4 de julio de 2026

Una médica frente a su propia enfermedad

El tiempo es finito

El relato en primera persona de una psiquiatra que, tras un diagnóstico inesperado, revisa críticamente la cultura del trabajo en medicina y el valor del tiempo.

Autor/a: Jenna Taglienti

Fuente: JAMA Network Time Is Finite

Voy a empezar con algo que podría sorprenderte.

Parezco joven. Parezco saludable. Parezco alguien a quien absolutamente no le pasa nada.

Yo creía que estaba sana: nunca fumé en mi vida. Esposa y madre de tres hijos. Psiquiatra y directora de un programa de residencia, que ama a sus pacientes y a sus residentes.

Y entonces me diagnosticaron cáncer de pulmón.

Cuando ingresé para mi lobectomía, no pensaba que tenía cáncer. Mis médicos tampoco. La lesión había crecido, sí. Pero estadísticamente, ¿una mujer de 45 años que nunca fumó? Seguía siendo improbable. Me sometí a la cirugía suponiendo que la lesión podría ser inflamatoria. Quizás una infección atípica. Tal vez algo raro, pero benigno.

La operación no fue menor. Dos noches internada. Un tubo torácico. Un dolor para el que no estaba preparada. En casa, dormía en un sillón reclinable porque no podía acostarme completamente. Mi marido se hizo cargo de todo: los chicos, las comidas, la logística. Familiares y amigos ayudaron con las actividades extracurriculares. Yo me concentré en recuperarme.

No estaba ansiosa por el resultado anatomopatológico. Ni un poco. Diez días después, abrí el portal de pacientes. El informe ya estaba ahí.

Leí una sola palabra: adenocarcinoma. Recuerdo haber pensado: eso no puede estar bien. Mi marido estaba sentado en el sillón mirando televisión. Lo dije en voz alta, casi con naturalidad, como si decirlo así pudiera hacerlo más pequeño. Él tomó la computadora de mis manos. “Eso es cáncer”, dijo.

Dejé de leer.

Me recosté nuevamente en el mismo sillón y sentí que algo cambiaba, algo para lo que todavía no tenía palabras. El impacto de ese momento todavía se siente físicamente. La semana siguiente se desdibujó entre consultas, estudios y planes de tratamiento.

El miedo que toda madre lleva en silencio pasó al primer plano. La posibilidad de no ver crecer a mis hijos dejó de ser abstracta.

Después vino la quimioterapia. Recuerdo la primera infusión: el zumbido suave de las máquinas, la medicación transparente avanzando por el tubo hacia mi vena. Sentada allí, tuve un pensamiento desconcertante: había pasado años dándolo todo por mi trabajo. Ahora mi cuerpo me pedía algo que no podía negociar.

Amaba mi trabajo. Aún lo amo. Me entregué por completo a él: a los residentes, a los pacientes, a los sistemas. Más tarde, algunos residentes me dijeron que no habían comprendido del todo la profundidad y la importancia de nuestro trabajo conjunto hasta que yo ya no estaba.

Eso fue importante para mí. Y sin embargo, el programa continúa. Las conferencias docentes siguen realizándose. Los consultorios siguen funcionando. El sistema se adapta a la ausencia.

Eso no disminuye el sentido del trabajo. Simplemente me recuerda que las instituciones están diseñadas para perdurar más allá de los individuos. Las familias, en cambio, no.

Desde el primer día de la carrera de medicina se nos enseña la resistencia. Años de formación con poco dinero y largas horas porque, eventualmente, valdrá la pena. La residencia refuerza esa lección. El agotamiento emocional se normaliza. La fatiga se convierte en prueba de compromiso. La gratificación diferida pasa a ser parte de la identidad profesional.

Hay nobleza en ese compromiso, pero la resistencia tiene un costo silencioso.

La bandeja de entrada se llena. Las reuniones se multiplican. Los pequeños conflictos se acumulan. Los problemas son constantes e inmediatos. No dramáticos. No catastróficos. Solo persistentes. Y ese desgaste sostenido nos acompaña a casa.

Creo en la medicina. Creo en formar a la próxima generación. Creo en el sentido de este trabajo. Lo que ha cambiado es mi disposición a absorber ese desgaste sin cuestionarlo.

El sentido de mi trabajo es profundo. El sentido de mi presencia en casa es irremplazable. Cuando uno se enfrenta a la posibilidad de que el tiempo sea finito, la jerarquía se vuelve inconfundible. La tolerancia al drama laboral disminuye. La energía antes consumida por el “ruido” se vuelve preciosa.

Ningún título profesional reemplaza ver crecer a tus hijos. La lealtad institucional no te protege de lo que ocurre cuando postergás tu propio cuidado. La medicina exige mucho. Y damos profundamente. Pero no puede quedarse con todo.

Estoy en tratamiento con intención curativa. Tengo esperanza. Soy fuerte. Pero ahora soy diferente. Ya no estoy dispuesta a seguir postergando la vida.

La medicina puede tener un significado extraordinario. Pero no puede sustituir el hecho de estar presente en tu propia vida. El mundo puede necesitarnos como médicos. Pero las personas que nos aman nos necesitan como quienes somos.

Y ese es un rol que nadie más puede ocupar.