Mencionaremos algunos datos experimentales y reflexionaremos sobre ellos con la ayuda de la experiencia derivada de la técnica-proceso llamada enfoque bioespiritual, que nos permite enfrentar el reto de la atención responsable de la persona afectada ya sea por el estrés agudo o por sus efectos a largo plazo.
De este modo tendremos acceso a un nivel integrativo cuerpo-mente (“los filósofos existenciales del siglo XX han resistido enérgicamente todo esfuerzo por reducir la persona a un dualismo de cuerpo y alma. El espíritu es el otro lado del cuerpo, para utilizar una descripción acuñada por Merleau-Ponty”)4 avalado por la experiencia de transitar desde una biografía traumatizada y transformada en la propia biología hacia una neuro-psico-inmuno-endocrino-espiritualidad saludable. Los avances actuales están contribuyendo a cerrar la brecha –abierta por demasiado
tiempo– entre la medicina y otras áreas del conocimiento que buscan el desarrollo humano integral, lo que implica un paso enorme hacia la salud humana global en un mundo donde el estrés no procesado sigue creciendo día a día, convirtiéndose en un problema de salud pública de proporciones pandémicas.
Creación de memorias, aprendizajes y conductas dependientes de una experiencia estresante aguda
Algunas formas inapropiadas de hiperactividad como respuesta al estrés continúan por prolongados periodos de tiempo. Estados persistentes de miedo y hostilidad (descarga del sistema nervioso simpático) o de desesperanza e impotencia (descarga del sistema nervioso parasimpático) pueden producir descompensaciones en los sistemas endocrino, inmune y nervioso, cuyo resultado consiste en alteraciones físicas y/o psicológicas.
La pregunta es: ¿qué hace que persista a nivel biológico el efecto negativo de experiencias estresantes (violencia intrafamiliar, accidentes, desastres naturales, asaltos, violaciones, secuestros, guerras) incluso después de que ha pasado la situación que lo originó? La clave de un aspecto importante de ello es la dinámica del llamado aprendizaje dependiente de un estado o experiencia (state-dependent learning).7
Nuestras mentes están interconectadas con nuestros cuerpos por una red de sistemas de comunicación mediados por muchas moléculas mensajeras. Éstas son producidas y transmitidas desde el cerebro, el sistema nervioso periférico, el sistema inmunológico, el sistema endocrino, el cerebro gastrointestinal, la piel. Tales sustancias estimulan sitios receptores en células específicas del cuerpo, ayudando a regular cada función del organismo e influyendo en el metabolismo, el crecimiento, la conducta y el aprendizaje. Estados y situaciones de apremio (estresantes) disparan su liberación. Algunas de ellas (catecolaminas, esteroides, citocinas, neuropéptidos, hormonas) poseen la habilidad de pasar a través de las membranas celulares e incluso llegan a tener acceso directo (o indirecto) al núcleo celular. Una vez allí, pueden modular la expresión de ciertos genes de acción intracelular que estaban previamente en reposo, estimulando el ADN para producir otras proteínas y nuevas moléculas mensajeras. Ello constituye el sustrato bioquímico de nuestras memorias, asociaciones, hábitos, emociones y aprendizajes.1
La adrenalina, por ejemplo, no sólo activa la respuesta de pelear o huir, sino que también modula la retención de memorias. Esta es una de las razones por la que los recuerdos ligados a eventos traumáticos están profundamente fijados a la existencia de la persona; también explica por qué nuestras memorias de situaciones muy impactantes pueden comenzar a tornarse difusas poco después del evento, pues a medida que el medio celular va retornando a un estado más hacia lo normal, nuestra habilidad para tener acceso a tales recuerdos se dificulta. Esto ha sido llamado represión y puede ser una forma de recuerdo ligado-a-unaexperiencia realmente inaccesible mediante la conciencia normal.1