No soy filósofa ni antropóloga. Soy cirujana plástica. Mi oficio no es teorizar sobre el cuerpo, sino abrirlo, restaurarlo, intentar que quien habita en él vuelva a reconocerse.
Pero después de años en quirófanos y aulas, me resulta imposible separar la práctica técnica de la reflexión humana. El bisturí, con el tiempo, también piensa. Cada corte, cada sutura, cada silencio dentro del quirófano es una forma de pensamiento que revela mucho más de lo que creemos.
Mi manera de ejercer ha sido, quizá, atípica. No porque me haya propuesto serlo, sino porque me cuesta aceptar la lógica de una profesión que parece haberse rendido ante la inmediatez, la imagen y el mercado. No entiendo la cirugía plástica como un espectáculo ni como un catálogo de transformaciones. Para mí, el arte quirúrgico solo tiene sentido si está sostenido por la ética. Y la ética, a su vez, solo existe si hay conciencia.
Lo que más me preocupa hoy no es la técnica —que los jóvenes aprenden rápido—, sino la pérdida de sentido que acompaña a esta generación de cirujanos que creen que operar un cuerpo es solo modificar una forma.
He visto con tristeza cómo muchos colegas confunden la cirugía con una pasarela. El éxito se mide en likes, en seguidores, en viajes, en relojes o autos. Las redes sociales han convertido el bisturí en trofeo y el uniforme quirúrgico en disfraz de celebridad. La belleza se fabrica en serie; los mismos rostros se multiplican, las mismas siluetas, los mismos ideales hegemónicos. Y lo más doloroso: se repite también el vacío.
El cuerpo del paciente, sobre todo el cuerpo de la mujer, ha vuelto a ser territorio de control. En nombre de la libertad estética se perpetúan las mismas estructuras patriarcales que durante siglos dictaron cómo debía lucirnos la piel. Hoy el mandato no llega desde los púlpitos ni los hogares, sino desde los algoritmos. La hegemonía patriarcal se disfraza de empoderamiento y vende como elección lo que, en realidad, es presión. Las mujeres llegan al quirófano buscando un cuerpo que
no existe, anhelando juventud eterna, armonía imposible. No piden identidad: piden aprobación.
Nosotras, las cirujanas, a veces repetimos el gesto aprendido: moldear para complacer. Lo hacemos con precisión, con orgullo técnico, pero olvidando que cada cuerpo es también una biografía.
¿Cuántos rostros se han tensado hasta perder su expresión? ¿Cuántas narices se han reducido hasta borrar la herencia? ¿Cuántas huellas de vida hemos borrado bajo el espejismo de la perfección?
El patriarcado encontró en la cirugía su herramienta más sofisticada: una violencia estética revestida de belleza.
Formar cirujanos jóvenes es una de mis mayores responsabilidades y también una de mis mayores angustias. Los veo llegar con entusiasmo, con talento, pero también con una chispa inquietante en la mirada: la del éxito rápido, la competencia, la autopromoción. Sienten que su valor depende de la visibilidad, no del conocimiento; de la imagen, no del pensamiento. Se inspiran en modelos que miden su grandeza en posesiones y no en principios. Imitan a quienes, detrás del prestigio y los aplausos, esconden un profundo cansancio moral.
Esa falta de sentido no se nota en los congresos ni en las fotografías, pero se percibe en los silencios. Hay miradas que se apagan incluso bajo los reflectores. El cirujano vacío de propósito no deja de operar, pero ya no sana: repite gestos, acumula resultados, reproduce moldes. En su aparente éxito late una ausencia: la pérdida de propósito existencial.
Y esa pérdida no ocurre solo en lo individual. La corrupción que atraviesa nuestra sociedad ha contaminado también a la medicina. Lo que antes era vocación se ha vuelto negocio; lo que debía ser mérito ahora se compra. A veces, los cargos, los reconocimientos, las oportunidades no se otorgan por capacidad, sino por conveniencia o por favores que corroen la confianza en nuestro oficio. He visto cómo la integridad se disfraza de ingenuidad y cómo la rectitud se considera obstáculo. En ese ambiente, quienes aún creemos en el deber moral parecemos anacrónicos.
Ni el bisturí más afilado puede cortar la corrupción cuando se instala en la conciencia. Es una enfermedad sutil que comienza con pequeñas concesiones: una omisión, un silencio, una complacencia. Y cuando lo advertimos, ya opera dentro de nosotros. En ese escenario, formar nuevas generaciones éticas se convierte en un acto de resistencia.
Por eso insisto en que la formación ética debe ser el eje de nuestra enseñanza. Antes que enseñar técnicas, debemos enseñar a mirar. Mirar, no solo ver. Mirar con respeto, con paciencia, con sensibilidad. Porque cuando un residente comprende que el cuerpo frente a él es una historia y no una superficie, empieza a sanar de verdad. Si no formamos en sensibilidad, formaremos operarios, no médicos. Y el mundo ya tiene demasiados operarios del cuerpo; lo que necesita son cirujanos del alma.
He comprendido que cada vez que operamos tocamos algo que no nos pertenece. El cuerpo del otro, incluso bajo la luz del quirófano, sigue siendo un territorio sagrado. Acercarse a él sin respeto es una forma de violencia. Por eso hablo de ética, incluso cuando provoca fastidio o escepticismo. Hablo de ética porque me niego a ver nuestra profesión reducida a un negocio de apariencias. La cirugía plástica puede ser muchas cosas —técnica, arte, ciencia—, pero nunca debería ser espectáculo.
Hoy miro a mis colegas y me debato entre la admiración, la decepción y una tristeza que no se confiesa. Algunos, los menos, conservan el fuego del oficio, la delicadeza de quien sabe que el bisturí no solo corta, sino también revela. Otros, en cambio, han hecho del bisturí una marca personal, un logo, una franquicia. En ellos no hay maldad, hay vacío. Un vacío moral y existencial que se disfraza de éxito, pero que deja tras de sí una práctica sin alma, una medicina sin humanismo.
A las nuevas generaciones les digo: la cirugía plástica no es una competencia por transformar más cuerpos, sino una búsqueda por comprender mejor el cuerpo humano en toda su complejidad simbólica. Operar no es solo corregir formas, es acompañar historias. No todo rostro necesita ser más joven, no toda cicatriz debe borrarse, no todo cuerpo debe ajustarse a una norma.
El bisturí, si se ejerce con conciencia, puede ser un instrumento de liberación. Pero si se ejerce sin ética, se convierte en herramienta de dominación. Creo que el verdadero sentido de nuestra profesión está en rescatar la belleza de lo imperfecto, la humanidad de lo vulnerable, la dignidad de lo real. La cirugía plástica no debería imitar modelos de belleza: debería reconciliar al ser humano con su propio reflejo.
Tal vez mi práctica sea atípica, pero no quiero que sea excepcional. Sueño con formar generaciones que vuelvan a poner el alma en las manos. Que recuerden que cada paciente confía en nosotros no solo su cuerpo, sino su historia, su identidad, su deseo de existir. No hay cirugía más bella que aquella que devuelve dignidad.
El bisturí no solo abre piel. Abre conciencia. Y en ese acto silencioso, donde el cuerpo y el alma se rozan, empieza la verdadera medicina.
Dra. Celina Verónica Kishi Sutto. Instituto Jalisciense de Cirugía Reconstructiva “Dr. José Guerrerosantos”. Universidad de Guadalajara, México. icr.ensenanza@ssj.gob.mx
ORCID iD: https://orcid.org/0009-0009-0835-4819
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