Dr. Fernando Burgos: “Cuando la ciencia no ocupa las redes, el espacio lo gana la desinformación”
El médico pediatra y comunicador analiza cómo cambiaron los motivos de consulta, el peso creciente de la salud mental y los desafíos que plantean las vacunas y las neurodivergencias. Una conversación sobre evidencia, escucha y el futuro de la práctica profesional.
Durante su formación en La Plata, uno de sus maestros, Jorge Strassera, le transmitió una enseñanza atribuida a William Osler: las cuatro H —humanidad, humildad, humor y honestidad—. Esa referencia todavía acompaña su trabajo y orienta una pediatría atenta a cada paciente y al contexto en el que vive.
En una enriquecedora charla con IntraMed, realizada en vísperas de los Congresos y Eventos SAP 2026, Burgos examina cómo responde la especialidad cuando el síntoma físico es apenas una parte del problema. También reflexiona sobre las capacidades que necesitarán quienes atiendan a las próximas generaciones.
¿Por qué elegiste la pediatría y cómo definirías tu manera de ejercerla?
Elegí Medicina porque desde muy chico entendí que relacionarse humanamente con otras personas supone el encuentro de dos vulnerabilidades. Durante mi formación en la Universidad Nacional de La Plata, un paciente mayor me contó su historia de vida. Después, un médico me señaló que le había dedicado demasiado tiempo porque había muchos otros esperando. En ese momento empecé a pensar que el tiempo efectivo también es una herramienta de la consulta.
Más adelante me formé como pediatra en el Hospital de Niños Sor María Ludovica. Era una medicina muy técnica, en la que muchas veces se identificaba al paciente por el número de cama o de cuna. Yo necesitaba saber cómo se llamaba ese niño y cómo se llamaba su madre. Esa inquietud fue definiendo mi camino.
Con los años desarrollé una mirada ampliada de la pediatría, centrada en el paciente y su familia. La consulta permite hablar de vínculos de apego, nutrición, inmunizaciones y desarrollo, pero sin olvidar que enfrente hay un niño, una madre, una familia o un adolescente con necesidades particulares. El conocimiento es indispensable, aunque la relación humana sigue siendo insustituible.
¿Qué cambios observás en los motivos de consulta y qué necesita aprender o reaprender el pediatra?
La pandemia actuó como un estresor que afectó los pulmones, el corazón y otros aspectos biológicos, pero también impactó profundamente sobre las emociones. Hoy los médicos necesitamos habilidades comunicacionales para reconocerlas y acompañarlas. Podemos incorporar conocimientos de psicología y neurociencias porque tanto nosotros como los pacientes tenemos sesgos emocionales.
Hace poco recibí a una madre con su bebé. Por supuesto que miré al niño, pero primero le pregunté a ella cómo se sentía. Me respondió que era el primer médico que le hacía esa pregunta. No le pregunté inicialmente por su presión ni por las características del parto, sino por su estado emocional.
Los problemas laborales y socioeconómicos de las familias repercuten en los chicos. En la etapa escolar aparece el acoso y, durante la adolescencia, se suman el uso excesivo de pantallas, el juego en línea, la soledad, los consumos y la pérdida de espacios de diálogo dentro del hogar. Muchas consultas que comienzan por una palpitación o por el acné revelan tristeza, depresión, autolesiones o riesgo suicida.
El pediatra debe mirar al paciente a los ojos, ofrecerle tiempo y hacer preguntas directas cuando corresponde. Necesita conocer las enfermedades, revisar bien y sostener la semiología, pero también comprender el apego, la salud mental y los trastornos del neurodesarrollo. La computadora sirve para registrar la historia clínica; no reemplaza el contacto con la persona.
¿Qué responsabilidad tiene el médico cuando comunica fuera del consultorio?
Vivimos en un escenario de omnicanalidad. Los médicos somos efectores de salud, pero también comunicadores, y cada canal exige responsabilidad. Comunicar en una red social es un trabajo: requiere evidencia, tiempo y una definición clara de quién está del otro lado.
El destinatario puede ser un colega, una sociedad científica o una persona sin formación sanitaria. Por eso debemos transformar información compleja en un lenguaje claro, sencillo y espontáneo, sin actuar un personaje. También podemos mostrar nuestros intereses y nuestra dimensión humana. En mi caso, comparto contenidos sobre pediatría, vacunas o microbiota, pero también mi vínculo con la música y la cocina.
No me preocupa únicamente cuántos “me gusta” obtiene una publicación, sino llegar a quienes pueden aprovecharla. Los algoritmos suelen priorizar los mensajes de impacto y las emociones, aunque carezcan de sustento. Así se favorecen la infodemia y la desinformación, mientras la ciencia, que tiene otros tiempos, llega más lentamente.
Los profesionales debemos ocupar esos espacios con información responsable y comprensible. Una publicación nunca reemplaza la consulta con el médico de cabecera, pero puede orientar, prevenir y facilitar el diálogo. Las redes constituyen un recurso muy valioso si aprendemos a seleccionar y comunicar bien sus contenidos.
En vísperas de los Congresos y Eventos SAP 2026, ¿qué temas deberían ocupar la agenda científica y profesional?
Los congresos de pediatría ambulatoria incluyen los temas clásicos: infecciones respiratorias, trastornos digestivos, neurodesarrollo y seguimiento integral de los pacientes. Sin embargo, hoy la información está disponible en múltiples plataformas. El valor de encontrarnos también reside en escuchar cómo trabajan otros colegas y compartir experiencias de la práctica.
Necesitamos enseñar a utilizar la inteligencia artificial. El profesional que sepa incorporarla contará con una herramienta diferencial, pero no debe perder la humanidad. Delante suyo seguirá teniendo a una persona, no a un robot.
También es importante sumar habilidades comunicacionales y recursos para el bienestar de los equipos. En encuentros recientes se incorporaron pausas activas, musicoterapia, meditación y yoga. Estos espacios ayudan a disminuir la sobrecarga para luego retomar la actividad académica.
La comunicación atraviesa toda la medicina. Podemos escribir un gran artículo o desarrollar un proyecto valioso, pero, si no sabemos explicarlo y hacerlo visible, su alcance será limitado. Los congresos deben combinar actualizaciones clínicas con herramientas para conversar con los colegas, los pacientes y la comunidad.
Las coberturas de vacunación no alcanzan los niveles necesarios. ¿Cuánto responde a la desinformación y cuánto a las barreras del sistema sanitario?
La reticencia frente a las vacunas es un comportamiento humano, no simplemente el rechazo de una indicación. Hay personas que aceptan algunas vacunas y dudan de otras. Los grupos antivacunas son minoritarios, pero producen mucho ruido y consiguen desplazar mensajes relevantes.
Uno de los problemas es la baja percepción del riesgo. No administramos solamente una vacuna contra la meningitis: protegemos a una persona frente a una enfermedad capaz de provocar secuelas neurológicas o la muerte en pocas horas. La inmunización contra el sarampión tampoco evita apenas una erupción cutánea. Quienes vimos morir niños por esa enfermedad comprendemos el riesgo de otra manera.
Necesitamos recuperar la confianza mediante mensajes claros, sencillos y respaldados por evidencia. Pero la comunicación explica solo una parte del problema. También existen barreras geográficas, dificultades en la distribución, falta de insumos y oportunidades perdidas dentro de los servicios. En ocasiones, un niño llega al vacunatorio y no recibe las dosis que le corresponden por desconocimiento de las recomendaciones vigentes. Quizás tarde años en volver.
La capacitación de los equipos favorece el acceso. Debemos revisar el calendario en cada encuentro, explicar qué enfermedad previene cada inmunización y salir de los establecimientos cuando sea necesario. Vacunar en escuelas, barrios y hogares permite alcanzar a quienes quedan fuera del sistema. La vacunación no es únicamente una decisión individual: es un acto solidario y una responsabilidad colectiva.
¿Cuáles son los errores más frecuentes al abordar el autismo y el TDAH? ¿Qué debería incluir una evaluación rigurosa?
Lo primero es decirlo con claridad: las vacunas no causan autismo. Esa asociación surgió de una publicación fraudulenta de 1998, posteriormente retirada, pero su efecto todavía persiste. Incluso hay personas y profesionales que explotan ese temor con fines comerciales.
El autismo es una condición del neurodesarrollo con una base biológica compleja y diferentes formas de presentación. Por eso hablamos de espectro. Tener autismo o un trastorno por déficit de atención e hiperactividad no impide desarrollar una vida plena.
El pediatra debe reconocer tempranamente posibles señales: dificultades en el contacto visual, alteraciones del tono, demoras en el lenguaje o conductas repetitivas, entre otras. Ningún indicador aislado define el diagnóstico. Es necesario conocer los antecedentes, observar la evolución, conversar con la familia y la escuela y, cuando corresponde, solicitar una evaluación especializada. Herramientas como ADOS pueden formar parte del proceso, pero no reemplazan la valoración clínica integral.
Comunicar también exige cuidado. No se trata de alarmar ni de cerrar una puerta con una etiqueta diagnóstica, sino de abrir oportunidades mediante apoyos oportunos. El acompañamiento debe articular al pediatra, los terapeutas, la institución educativa y la familia.
También debemos proteger a las familias frente a pruebas sin validación, suplementos presentados como soluciones universales o dietas restrictivas sin indicación. Cada niño es único. El objetivo no consiste en uniformar conductas, sino en reconocer sus necesidades y favorecer su desarrollo y autonomía.
La microbiota ocupa cada vez más espacio en las publicaciones, las consultas y el mercado. ¿Dónde existe evidencia aplicable?
La microbiota puede entenderse como un ecosistema que participa en múltiples procesos biológicos. Su interacción con el sistema inmunitario y con el eje intestino-cerebro abrió numerosas líneas de investigación. También permitió diferenciar los probióticos, microorganismos que pueden aportar beneficios; los prebióticos, que favorecen el crecimiento de determinadas bacterias, y los posbióticos, compuestos producidos por esos microorganismos.
El punto central es que los efectos de los probióticos dependen de la cepa y de la indicación. No alcanza con que un producto diga “contiene probióticos”. La cepa debe haber sido estudiada en seres humanos y contar con resultados clínicos para la situación en la que se pretende utilizarla.
Existen investigaciones sobre cepas específicas en algunos trastornos digestivos funcionales, determinadas diarreas, cólico del lactante y situaciones particulares de la prematurez. Sin embargo, no hay un probiótico que sirva para todos. En prematuros y pacientes inmunocomprometidos, además, la indicación requiere especial cautela.
El entusiasmo comercial suele avanzar más rápido que los datos. Hoy encontramos probióticos en alimentos, cremas y hasta champús, como si su sola presencia garantizara un beneficio. Antes de indicarlos debemos identificar la cepa, revisar la evidencia y establecer qué resultado esperamos obtener.
En los primeros meses de vida, la lactancia humana cumple un papel fundamental. Aporta oligosacáridos, lactoferrina, inmunoglobulinas y microorganismos que contribuyen a la maduración inmunológica y de la microbiota. Cuando no es posible sostenerla, existen fórmulas con componentes específicos, aunque ninguna reproduce por completo la complejidad de la leche humana.
¿Por qué elegir hoy la pediatría y qué clase de profesionales necesitarán las próximas generaciones?
Cuando pregunto a los estudiantes quién quiere ser pediatra, lamentablemente pocos levantan la mano. Es una especialidad exigente y la consulta pediátrica está devaluada en muchos ámbitos. Sin embargo, trabajar en aquello que a uno le gusta es un privilegio. El éxito no se mide solamente por los ingresos, sino también por la posibilidad de sentirse realizado y reconocido por los pacientes y los colegas.
A quienes dudan les recomiendo acercarse a un hospital pediátrico, entrar en contacto con los chicos y tratar de imaginarse dentro de un consultorio, conversando con una familia. Si pueden visualizarse en ese lugar, probablemente la vocación ya esté presente.
La pediatría permite acompañar desde la consulta prenatal hasta la adolescencia, y muchas veces el vínculo continúa durante la adultez. Todos los pacientes importan: el que tiene una otitis, el que consulta por dolor de garganta, el que atraviesa una enfermedad oncológica o la familia que recibe inesperadamente el diagnóstico de una condición genética.
Los nuevos profesionales disponen de herramientas extraordinarias y reciben información desde múltiples fuentes. Tendrán que estudiar, aprender a utilizarlas y conservar una mirada amplia, compasiva y rigurosa. Frente a ellos seguirá habiendo una madre o un padre con miedo, un bebé, un niño o un adolescente que necesita ser comprendido.
Los médicos del presente y del futuro deberán ser profundamente humanos y utilizar la tecnología para fortalecer esa humanidad. A las cuatro H que aprendí de mis maestros sumaría las E del encuentro, la empatía, la escucha y la evidencia. Esos principios permiten sostener una medicina científicamente sólida sin perder de vista a la persona.
*Dr Fernando Burgos. Médico pediatra. Jefe del Área de Pediatría Ambulatoria del Hospital Universitario Austral. Coordinador de la Clínica Interdisciplinaria de Síndrome de Down del Hospital Universitario Austral. Miembro del Departamento Científico de Fundación Vacunar. Miembro de la Sociedad Latinoamericana de Infectología Pediátrica (SLIPE). Presidente de la Subcomisión de Medios y Comunicación de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP). Miembro de la Sociedad Iberoamericana de Microbiota, Probióticos y Prebióticos. Comunicador científico, con especial interés en comunicación en salud, prevención e inmunizaciones. Docente de la Universidad Austral. Docente de la Diplomatura de Vacunología de Fundación Vacunar e Instituto CEMIC.
Publicado el 14 de septiembre de 2026
Infancia y adolescencia
Dr. Fernando Burgos: “Cuando la ciencia no ocupa las redes, el espacio lo gana la desinformación”
El médico pediatra y comunicador analiza cómo cambiaron los motivos de consulta, el peso creciente de la salud mental y los desafíos que plantean las vacunas y las neurodivergencias. Una conversación sobre evidencia, escucha y el futuro de la práctica profesional.
Fuente: IntraMed Dr. Esteban Crosio
Durante su formación en La Plata, uno de sus maestros, Jorge Strassera, le transmitió una enseñanza atribuida a William Osler: las cuatro H —humanidad, humildad, humor y honestidad—. Esa referencia todavía acompaña su trabajo y orienta una pediatría atenta a cada paciente y al contexto en el que vive.
En una enriquecedora charla con IntraMed, realizada en vísperas de los Congresos y Eventos SAP 2026, Burgos examina cómo responde la especialidad cuando el síntoma físico es apenas una parte del problema. También reflexiona sobre las capacidades que necesitarán quienes atiendan a las próximas generaciones.
¿Por qué elegiste la pediatría y cómo definirías tu manera de ejercerla?
Elegí Medicina porque desde muy chico entendí que relacionarse humanamente con otras personas supone el encuentro de dos vulnerabilidades. Durante mi formación en la Universidad Nacional de La Plata, un paciente mayor me contó su historia de vida. Después, un médico me señaló que le había dedicado demasiado tiempo porque había muchos otros esperando. En ese momento empecé a pensar que el tiempo efectivo también es una herramienta de la consulta.
Más adelante me formé como pediatra en el Hospital de Niños Sor María Ludovica. Era una medicina muy técnica, en la que muchas veces se identificaba al paciente por el número de cama o de cuna. Yo necesitaba saber cómo se llamaba ese niño y cómo se llamaba su madre. Esa inquietud fue definiendo mi camino.
Con los años desarrollé una mirada ampliada de la pediatría, centrada en el paciente y su familia. La consulta permite hablar de vínculos de apego, nutrición, inmunizaciones y desarrollo, pero sin olvidar que enfrente hay un niño, una madre, una familia o un adolescente con necesidades particulares. El conocimiento es indispensable, aunque la relación humana sigue siendo insustituible.
¿Qué cambios observás en los motivos de consulta y qué necesita aprender o reaprender el pediatra?
La pandemia actuó como un estresor que afectó los pulmones, el corazón y otros aspectos biológicos, pero también impactó profundamente sobre las emociones. Hoy los médicos necesitamos habilidades comunicacionales para reconocerlas y acompañarlas. Podemos incorporar conocimientos de psicología y neurociencias porque tanto nosotros como los pacientes tenemos sesgos emocionales.
Hace poco recibí a una madre con su bebé. Por supuesto que miré al niño, pero primero le pregunté a ella cómo se sentía. Me respondió que era el primer médico que le hacía esa pregunta. No le pregunté inicialmente por su presión ni por las características del parto, sino por su estado emocional.
Los problemas laborales y socioeconómicos de las familias repercuten en los chicos. En la etapa escolar aparece el acoso y, durante la adolescencia, se suman el uso excesivo de pantallas, el juego en línea, la soledad, los consumos y la pérdida de espacios de diálogo dentro del hogar. Muchas consultas que comienzan por una palpitación o por el acné revelan tristeza, depresión, autolesiones o riesgo suicida.
El pediatra debe mirar al paciente a los ojos, ofrecerle tiempo y hacer preguntas directas cuando corresponde. Necesita conocer las enfermedades, revisar bien y sostener la semiología, pero también comprender el apego, la salud mental y los trastornos del neurodesarrollo. La computadora sirve para registrar la historia clínica; no reemplaza el contacto con la persona.
¿Qué responsabilidad tiene el médico cuando comunica fuera del consultorio?
Vivimos en un escenario de omnicanalidad. Los médicos somos efectores de salud, pero también comunicadores, y cada canal exige responsabilidad. Comunicar en una red social es un trabajo: requiere evidencia, tiempo y una definición clara de quién está del otro lado.
El destinatario puede ser un colega, una sociedad científica o una persona sin formación sanitaria. Por eso debemos transformar información compleja en un lenguaje claro, sencillo y espontáneo, sin actuar un personaje. También podemos mostrar nuestros intereses y nuestra dimensión humana. En mi caso, comparto contenidos sobre pediatría, vacunas o microbiota, pero también mi vínculo con la música y la cocina.
No me preocupa únicamente cuántos “me gusta” obtiene una publicación, sino llegar a quienes pueden aprovecharla. Los algoritmos suelen priorizar los mensajes de impacto y las emociones, aunque carezcan de sustento. Así se favorecen la infodemia y la desinformación, mientras la ciencia, que tiene otros tiempos, llega más lentamente.
Los profesionales debemos ocupar esos espacios con información responsable y comprensible. Una publicación nunca reemplaza la consulta con el médico de cabecera, pero puede orientar, prevenir y facilitar el diálogo. Las redes constituyen un recurso muy valioso si aprendemos a seleccionar y comunicar bien sus contenidos.
En vísperas de los Congresos y Eventos SAP 2026, ¿qué temas deberían ocupar la agenda científica y profesional?
Los congresos de pediatría ambulatoria incluyen los temas clásicos: infecciones respiratorias, trastornos digestivos, neurodesarrollo y seguimiento integral de los pacientes. Sin embargo, hoy la información está disponible en múltiples plataformas. El valor de encontrarnos también reside en escuchar cómo trabajan otros colegas y compartir experiencias de la práctica.
Necesitamos enseñar a utilizar la inteligencia artificial. El profesional que sepa incorporarla contará con una herramienta diferencial, pero no debe perder la humanidad. Delante suyo seguirá teniendo a una persona, no a un robot.
También es importante sumar habilidades comunicacionales y recursos para el bienestar de los equipos. En encuentros recientes se incorporaron pausas activas, musicoterapia, meditación y yoga. Estos espacios ayudan a disminuir la sobrecarga para luego retomar la actividad académica.
La comunicación atraviesa toda la medicina. Podemos escribir un gran artículo o desarrollar un proyecto valioso, pero, si no sabemos explicarlo y hacerlo visible, su alcance será limitado. Los congresos deben combinar actualizaciones clínicas con herramientas para conversar con los colegas, los pacientes y la comunidad.
Las coberturas de vacunación no alcanzan los niveles necesarios. ¿Cuánto responde a la desinformación y cuánto a las barreras del sistema sanitario?
La reticencia frente a las vacunas es un comportamiento humano, no simplemente el rechazo de una indicación. Hay personas que aceptan algunas vacunas y dudan de otras. Los grupos antivacunas son minoritarios, pero producen mucho ruido y consiguen desplazar mensajes relevantes.
Uno de los problemas es la baja percepción del riesgo. No administramos solamente una vacuna contra la meningitis: protegemos a una persona frente a una enfermedad capaz de provocar secuelas neurológicas o la muerte en pocas horas. La inmunización contra el sarampión tampoco evita apenas una erupción cutánea. Quienes vimos morir niños por esa enfermedad comprendemos el riesgo de otra manera.
Necesitamos recuperar la confianza mediante mensajes claros, sencillos y respaldados por evidencia. Pero la comunicación explica solo una parte del problema. También existen barreras geográficas, dificultades en la distribución, falta de insumos y oportunidades perdidas dentro de los servicios. En ocasiones, un niño llega al vacunatorio y no recibe las dosis que le corresponden por desconocimiento de las recomendaciones vigentes. Quizás tarde años en volver.
La capacitación de los equipos favorece el acceso. Debemos revisar el calendario en cada encuentro, explicar qué enfermedad previene cada inmunización y salir de los establecimientos cuando sea necesario. Vacunar en escuelas, barrios y hogares permite alcanzar a quienes quedan fuera del sistema. La vacunación no es únicamente una decisión individual: es un acto solidario y una responsabilidad colectiva.
¿Cuáles son los errores más frecuentes al abordar el autismo y el TDAH? ¿Qué debería incluir una evaluación rigurosa?
Lo primero es decirlo con claridad: las vacunas no causan autismo. Esa asociación surgió de una publicación fraudulenta de 1998, posteriormente retirada, pero su efecto todavía persiste. Incluso hay personas y profesionales que explotan ese temor con fines comerciales.
El autismo es una condición del neurodesarrollo con una base biológica compleja y diferentes formas de presentación. Por eso hablamos de espectro. Tener autismo o un trastorno por déficit de atención e hiperactividad no impide desarrollar una vida plena.
El pediatra debe reconocer tempranamente posibles señales: dificultades en el contacto visual, alteraciones del tono, demoras en el lenguaje o conductas repetitivas, entre otras. Ningún indicador aislado define el diagnóstico. Es necesario conocer los antecedentes, observar la evolución, conversar con la familia y la escuela y, cuando corresponde, solicitar una evaluación especializada. Herramientas como ADOS pueden formar parte del proceso, pero no reemplazan la valoración clínica integral.
Comunicar también exige cuidado. No se trata de alarmar ni de cerrar una puerta con una etiqueta diagnóstica, sino de abrir oportunidades mediante apoyos oportunos. El acompañamiento debe articular al pediatra, los terapeutas, la institución educativa y la familia.
También debemos proteger a las familias frente a pruebas sin validación, suplementos presentados como soluciones universales o dietas restrictivas sin indicación. Cada niño es único. El objetivo no consiste en uniformar conductas, sino en reconocer sus necesidades y favorecer su desarrollo y autonomía.
La microbiota ocupa cada vez más espacio en las publicaciones, las consultas y el mercado. ¿Dónde existe evidencia aplicable?
La microbiota puede entenderse como un ecosistema que participa en múltiples procesos biológicos. Su interacción con el sistema inmunitario y con el eje intestino-cerebro abrió numerosas líneas de investigación. También permitió diferenciar los probióticos, microorganismos que pueden aportar beneficios; los prebióticos, que favorecen el crecimiento de determinadas bacterias, y los posbióticos, compuestos producidos por esos microorganismos.
El punto central es que los efectos de los probióticos dependen de la cepa y de la indicación. No alcanza con que un producto diga “contiene probióticos”. La cepa debe haber sido estudiada en seres humanos y contar con resultados clínicos para la situación en la que se pretende utilizarla.
Existen investigaciones sobre cepas específicas en algunos trastornos digestivos funcionales, determinadas diarreas, cólico del lactante y situaciones particulares de la prematurez. Sin embargo, no hay un probiótico que sirva para todos. En prematuros y pacientes inmunocomprometidos, además, la indicación requiere especial cautela.
El entusiasmo comercial suele avanzar más rápido que los datos. Hoy encontramos probióticos en alimentos, cremas y hasta champús, como si su sola presencia garantizara un beneficio. Antes de indicarlos debemos identificar la cepa, revisar la evidencia y establecer qué resultado esperamos obtener.
En los primeros meses de vida, la lactancia humana cumple un papel fundamental. Aporta oligosacáridos, lactoferrina, inmunoglobulinas y microorganismos que contribuyen a la maduración inmunológica y de la microbiota. Cuando no es posible sostenerla, existen fórmulas con componentes específicos, aunque ninguna reproduce por completo la complejidad de la leche humana.
¿Por qué elegir hoy la pediatría y qué clase de profesionales necesitarán las próximas generaciones?
Cuando pregunto a los estudiantes quién quiere ser pediatra, lamentablemente pocos levantan la mano. Es una especialidad exigente y la consulta pediátrica está devaluada en muchos ámbitos. Sin embargo, trabajar en aquello que a uno le gusta es un privilegio. El éxito no se mide solamente por los ingresos, sino también por la posibilidad de sentirse realizado y reconocido por los pacientes y los colegas.
A quienes dudan les recomiendo acercarse a un hospital pediátrico, entrar en contacto con los chicos y tratar de imaginarse dentro de un consultorio, conversando con una familia. Si pueden visualizarse en ese lugar, probablemente la vocación ya esté presente.
La pediatría permite acompañar desde la consulta prenatal hasta la adolescencia, y muchas veces el vínculo continúa durante la adultez. Todos los pacientes importan: el que tiene una otitis, el que consulta por dolor de garganta, el que atraviesa una enfermedad oncológica o la familia que recibe inesperadamente el diagnóstico de una condición genética.
Los nuevos profesionales disponen de herramientas extraordinarias y reciben información desde múltiples fuentes. Tendrán que estudiar, aprender a utilizarlas y conservar una mirada amplia, compasiva y rigurosa. Frente a ellos seguirá habiendo una madre o un padre con miedo, un bebé, un niño o un adolescente que necesita ser comprendido.
Los médicos del presente y del futuro deberán ser profundamente humanos y utilizar la tecnología para fortalecer esa humanidad. A las cuatro H que aprendí de mis maestros sumaría las E del encuentro, la empatía, la escucha y la evidencia. Esos principios permiten sostener una medicina científicamente sólida sin perder de vista a la persona.
*Dr Fernando Burgos. Médico pediatra. Jefe del Área de Pediatría Ambulatoria del Hospital Universitario Austral. Coordinador de la Clínica Interdisciplinaria de Síndrome de Down del Hospital Universitario Austral. Miembro del Departamento Científico de Fundación Vacunar. Miembro de la Sociedad Latinoamericana de Infectología Pediátrica (SLIPE). Presidente de la Subcomisión de Medios y Comunicación de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP). Miembro de la Sociedad Iberoamericana de Microbiota, Probióticos y Prebióticos. Comunicador científico, con especial interés en comunicación en salud, prevención e inmunizaciones. Docente de la Universidad Austral. Docente de la Diplomatura de Vacunología de Fundación Vacunar e Instituto CEMIC.