Se trata de Ana, de 49 años y divorciada desde hace mucho tiempo. La primera vez que asistió al consultorio fue hace cinco años, cuando su hijo mayor recién terminó la licenciatura con mención honorífica. El problema fue que desde la salida de la universidad se la pasaba en su recámara sin salir, sin bañarse, sólo hablaba con ella y se peleaba con el hermano, dos años menor que él, por la atención de la madre. Ninguno de los dos ayudaba a Ana ni al mantenimiento ni al cuidado de la casa. Ella, desesperada, acude a consulta al sentir una gran carga por el peso económico y la falta de apoyo de ambos siendo ya adultos; entonces se inicia una terapia de familia para definir roles y responsabilidades, sin embargo, en la entrevista individual con el hijo mayor se detecta alteración en la ideación y en la ubicación temporo- espacial, por lo que se le recomienda asistir a consulta psiquiátrica. Se logra llegar a algunos acuerdos respecto a los límites intrafamiliares y a otros con la familia de origen de ella, ya que tenía una relación de sobreinvolucramiento con la hija y los nietos.
Braulio, el hijo mayor, había iniciado tratamiento psiquiátrico, dado que se le diagnosticó esquizofrenia. Durante algunas sesiones se trabajó en el conocimiento de la enfermedad y las repercusiones familiares; después de ocho meses de terapia deciden no continuar puesto que notaron cambios favorables en la relación que consideraron suficientes. Braulio empezó a realizar ciertas modificaciones en su comportamiento, como buscar un lugar donde trabajar. La relación con la madre y el hermano mejoró. No supe de ellos hasta hace doce meses cuando, al revisar mi agenda, me di cuenta que Ana había sacado una cita. Me alegré al pensar que seguramente estarían mejor o por lo menos seguirían con los acuerdos. Pero mi sorpresa fue enorme al ver a Ana y Juan, el hijo menor, vestidos de negro, con lentes oscuros y acongojados. Al pasar al consultorio pregunté: ¿qué pasó?
Ana, llorosa, me comentó que hace un año Juan se fue a vivir al extranjero y que al regresar a su casa –hace tres días– saludó a Braulio, quien volvió a la conducta anterior de no salir de su recámara. Más tarde, a Ana le llamó la atención no haber visto a Braulio responder el saludo de Juan, por lo que subió a la recámara pensando que estaría dormido. Tocó la puerta y al no recibir respuesta, empezó a preocuparse. Volvió a tocar la puerta y Braulio no contestó, por lo que decidió ir por las llaves de la recámara y entrar. Cuál sería su sorpresa al encontrar a su hijo muerto, con un disparo en la boca. Al verlo, salió de la recámara y cerró la puerta. En ese momento recibió una llamada de Juan, quien le comentó que había estado inquieto todo el día, por lo que preguntó si estaban bien. Ella respondió que todo estaba bien, que acababa de llegar y que en ese momento iba a planchar. Juan le dice: ¡pero si tú nunca planchas! Y ella responde: ¡pero en este momento hay que poner todo en orden y voy a planchar! Tras colgar el teléfono, Juan se queda preocupado y habla con los abuelos, les transmite su inquietud y les pide que vayan a ver a su madre. Ellos deciden ir a la casa de Ana. Después de tocar la puerta durante cinco minutos, Ana abre, tiene la ropa llena de sangre, está despeinada, ida. Ella los saluda y les dice que está muy ocupada arreglando y planchando toda la ropa de Braulio porque la va a necesitar. Los abuelos suben las escaleras y encuentran el burro de planchar, la plancha conectada y toda la ropa de Braulio tirada en el piso, ensangrentada. Después entran a la recámara de él y ven a su nieto muerto.