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Publicado el 5 de julio de 2026

Revisión completa

Contracturas musculares en la lumbalgia: ¿qué son y cómo tratarlas?

Tradicionalmente, hablamos de “contracturas” como un problema muscular a resolver. Pero… ¿y si esa interpretación fuera incompleta? En este artículo proponemos repensar el síndrome de dolor miofascial (SDM) desde otro ángulo.

Autor/a: Dr. Mauro Guzzardo – Dr. Duilio Guzzardo

"Doctor... me quedé duro" 

Esta referencia coloquial a la pérdida súbita de la movilidad lumbar probablemente sea una de las frases más escuchadas por quienes atendemos pacientes con dolor lumbar. Acompañando esa sensación de rigidez o "envaramiento", el paciente refiere dolor localizado, dificultad para moverse y una marcada limitación funcional. Durante el examen físico encontramos músculos tensos, bandas palpables e hipersensibles y puntos cuya compresión reproduce exactamente el dolor que motivó la consulta. 

En realidad, lo que habitualmente llamamos "contractura" suele corresponder, al menos en muchos casos, al síndrome de dolor miofascial (SDM), una entidad clínica caracterizada por la presencia de puntos gatillo dentro de bandas tensas musculares, capaces de generar dolor local, dolor referido y limitación funcional. A pesar de ser una de las causas más frecuentes de dolor musculoesquelético, su fisiopatología continúa siendo motivo de debate. 

Durante las últimas décadas se han propuesto múltiples teorías para explicar el origen del SDM. Algunas atribuyen el problema a una alteración de la placa motora; otras, a una crisis energética muscular, alteraciones fasciales, irritación radicular o mecanismos de sensibilización central. Aunque todas aportan información valiosa, comparten una misma interpretación: consideran que el síndrome de dolor miofascial representa una alteración patológica del sistema musculoesquelético.

En este modelo clásico, el SDM se interpreta como una alteración muscular que perpetúa el dolor a través de un círculo vicioso dolor–síndrome de dolor miofascial–limitación del movimiento–dolor (Figura 1). Sin embargo, existe una pregunta que rara vez nos hacemos y que, quizás, podría modificar nuestra forma de interpretar, evaluar y tratar estos cuadros.

¿Por qué es tan frecuente que estos cuadros afecten la columna?

La lumbalgia constituye una de las principales causas de discapacidad en el mundo, y probablemente no sea una casualidad. 

La columna vertebral ocupa una posición única dentro del sistema musculoesquelético. Prácticamente todos los movimientos de los miembros superiores e inferiores requieren algún grado de estabilización previa del tronco. En otras palabras, la columna actúa como uno de los principales centros de gestión biomecánica del organismo, permitiendo transmitir y distribuir las cargas entre las extremidades. 

A ello se suma otro fenómeno característico de la vida moderna. La sedestación prolongada, el trabajo de oficina y otras actividades con posturas mantenidas someten durante horas a discos intervertebrales, ligamentos, cápsulas articulares y demás tejidos conectivos a cargas mecánicas sostenidas. Con el tiempo, estas estructuras pueden perder progresivamente parte de su capacidad para tolerar y distribuir las cargas. Como consecuencia, actividades cotidianas que antes eran bien toleradas pueden transformarse en situaciones de sobrecarga mecánica sobre los tejidos. 

¿Y si el músculo nos estuviera protegiendo cuando se "contractura"? 

Una de las consecuencias más evidentes del síndrome de dolor miofascial es que "invita" al paciente a dejar de realizar aquellos movimientos o actividades que aumentan el dolor. Habitualmente interpretamos este fenómeno como una consecuencia indeseable del cuadro. Pero también podríamos preguntarnos si esa limitación funcional forma parte de una estrategia biológica destinada a evitar que movimientos o posturas potencialmente peligrosas continúen produciendo daño. 

Desde el punto de vista clínico resulta llamativo que estos cuadros aparezcan o empeoren tras esfuerzos físicos, movimientos repetitivos o posturas sostenidas, es decir, situaciones que pueden sobrecargar y lesionar los tejidos.

“Tal vez la activación muscular no sea el problema inicial” 

“Tal vez sea el intento del organismo por resolverlo”

Esta fue precisamente la pregunta que dio origen a una revisión recientemente publicada en Therapeutic Advances in Musculoskeletal Disease, en la que proponemos reinterpretar el síndrome de dolor miofascial como una posible respuesta compensatoria y protectora frente a una amenaza mecánica, más que como una enfermedad primaria del músculo. 

Esta nueva propuesta reconoce el impacto funcional del síndrome de dolor miofascial, pero plantea que podría cumplir un rol protector, lo que modifica la interpretación fisiopatológica del cuadro y, como consecuencia, orienta su abordaje hacia el tratamiento no solo del síndrome, sino también de los factores biomecánicos que podrían haber desencadenado esa respuesta. 

Entonces, ¿por qué podrían aparecer las contracturas musculares en la columna? 

Cuando uno o más segmentos vertebrales ven superada su capacidad para gestionar las cargas —ya sea por un exceso de demanda mecánica o por una disminución de su capacidad funcional— aumenta el riesgo de sobrecarga de sus estructuras. 

Nuestra hipótesis plantea que una de las estrategias del sistema musculoesquelético frente a esta situación podría consistir en aumentar la tensión de determinados músculos mediante la formación de bandas tensas y puntos gatillo. 

Desde esta perspectiva, las "contracturas" dejarían de interpretarse exclusivamente como una alteración muscular para entenderse como una posible respuesta compensatoria frente a una situación de sobrecarga mecánica. 

Podrían cumplir una doble función. Por un lado, el dolor induciría al paciente a limitar aquellos movimientos o posturas potencialmente lesivos. Por otro, el aumento de la tensión muscular reduciría el rango de movimiento e incrementaría transitoriamente la estabilidad del segmento comprometido. 

En otras palabras, el síndrome miofascial no aparecería simplemente porque el músculo está enfermo o porque realizó un esfuerzo excesivo. Podría representar el mecanismo mediante el cual el sistema musculoesquelético intenta proteger una columna cuya capacidad funcional para gestionar las cargas se encuentra disminuida. 

¿Qué cambiaría en nuestra forma de tratar a estos pacientes? 

La inclusión de esta nueva interpretación fisiopatológica podría cambiar nuestro abordaje terapéutico, ya que el objetivo del tratamiento dejaría de ser únicamente desactivar la respuesta muscular y pasaría también por corregir las alteraciones biomecánicas que desencadenan y perpetúan esa respuesta muscular. 

Pensar la secuencia: 

Sobrecarga mecánica → deterioro del tejido conectivo → alteración funcional → respuesta muscular compensatoria, tiene importantes implicancias clínicas. 

Las intervenciones destinadas exclusivamente a disminuir la contractura —como el calor, los masajes, los estiramientos, la compresión de puntos gatillo, la punción seca o los relajantes musculares— probablemente proporcionen un alivio parcial o transitorio si no se acompañan de medidas dirigidas a corregir la sobrecarga mecánica y el deterioro funcional que originó la respuesta. 

Incluso, en determinadas circunstancias, eliminar completamente este mecanismo de protección sin corregir las causas podría favorecer una nueva sobrecarga cuando el paciente retoma su actividad habitual. Es una situación que muchos clínicos reconocen fácilmente: 

"Me sentí mejor después del tratamiento, pero apenas volví a hacer un esfuerzo, el dolor regresó con mayor intensidad" 

Esto no significa que desactivar un punto gatillo deje de ser útil. Continúa siendo una herramienta importante para disminuir el dolor y facilitar el movimiento. Sin embargo, el resultado difícilmente será duradero si no identificamos y corregimos el mecanismo que desencadenó esa respuesta. De esta manera, corregir los factores biomecánicos que desencadenan y perpetúan esa respuesta muscular podría ser un elemento clave para obtener resultados más completos y duraderos.

Reducir las sobrecargas posturales mediante estrategias como las pausas activas, recuperar el control motor mediante ejercicios de estabilización lumbopélvica y mejorar progresivamente la funcionalidad mediante entrenamiento de fuerza y movilidad espinal podrían representar estrategias dirigidas no solo a aliviar el dolor, sino también a disminuir los factores biomecánicos asociados a la aparición y persistencia de esta respuesta muscular. 

No es raro escuchar pacientes que, luego de un programa adecuado de rehabilitación, comentan: 

"Doctor, desde que empecé a fortalecer la espalda, moverme más y dejar de pasar tantas horas sentado, casi no vuelvo a tener esas contracturas" 

Surge entonces otra pregunta interesante: Si las contracturas fueran simplemente una respuesta patológica frente al movimiento o al esfuerzo, ¿por qué tantos pacientes mejoran con ejercicios que, en esencia, implican generar cargas progresivas sobre el sistema musculoesquelético? 

Como ocurre con toda nueva hipótesis, esta propuesta requiere ser validada mediante estudios clínicos y experimentales. No pretende reemplazar los modelos actuales, sino ofrecer un marco conceptual diferente que permita integrar observaciones clínicas que, hasta el momento, permanecen insuficientemente explicadas. 

Quizás, la pregunta ya no deba ser únicamente cómo eliminar una contractura, sino por qué aparece esta respuesta muscular y qué condiciones biomecánicas favorecen su desarrollo y persistencia. 

Quizás el futuro del tratamiento del síndrome de dolor miofascial no consista simplemente en buscar métodos cada vez más eficaces para eliminar los puntos gatillo, sino en comprender primero qué función podrían estar cumpliendo y complementar su tratamiento con intervenciones dirigidas a corregir las alteraciones biomecánicas que favorecen su aparición y persistencia. 

Responder esa pregunta podría modificar profundamente la forma en que entendemos el síndrome de dolor miofascial y, en consecuencia, la manera en que tratamos a nuestros pacientes. La Figura 3 sintetiza las principales implicancias terapéuticas de esta propuesta. Desde esta perspectiva, el tratamiento del síndrome de dolor miofascial deja de limitarse a la desactivación de los puntos gatillo para integrarse con intervenciones orientadas a corregir las alteraciones biomecánicas y funcionales que favorecen su aparición y persistencia, sin descuidar el abordaje del dolor y la discapacidad cuando estos ya se han establecido. 

 

Por el gran interés de esta temática en la práctica diaria, nos complace anunciar la segunda edición del curso Abordaje integral del dolor lumbar a cargo del experto Dr. Mauro Guzzardo y el equipo EFID. Con los siguientes temas:

📌 Módulo 1 – Bases y fundamentos
Clase complementaria: Enfoque funcional del sistema osteomioneuroarticular (SOMNA)

📌 Módulo 2 – Semiología
Clase complementaria: Dolor Lumbosacro.

📌 Módulo 3 – Lumbalgia mecánica. Enfoque del EFID
Clase complementaria: Rehabilitación del paciente con dolor musculoesquelético.

Podrá acceder a través de la sección de la oferta académica del Campus Virtual de IntraMed. Se requiere inscripción previa. Puede inscribirse haciendo clic aquí.