Si se repasa la Historia, se encuentra la primera referencia de contracepción en el libro del Génesis, y desde ahí un largo camino hasta que en la legendaria China se ideó el primer procedimiento contraceptivo por vía oral. Ya en el Imperio Romano aparece el primer médico ginecólogo del que se tienen referencias escritas, Sorano de Éfeso. De esta manera, se puede hacer un completo repaso histórico de la anticoncepción hasta los métodos artificiales de nuestro tiempo.
La manifestación escrita más antigua sobre un método de contracepción procede ni más ni menos que del Génesis (38: 8-10) y hace referencia al mandato que recibió Onán de procrear en su cuñada viuda, para asegurar de esta forma la sucesión de la tribu, mandato que él desobedeció al practicar con ella el método anticonceptivo más espontáneo y antiguo que existe, el coitus interruptus. Lo que no deja de tener tintes curiosamente cómicos es que el patronímico de Onán, que protagonizó, como queda dicho, el más famoso "coitus interruptus" bíblico, ha sido utilizado a lo largo de la Historia para denominar al onanismo, práctica sexual que nada tiene que ver, con la que, según el Génesis, practicaba Onán.
En los papiros de Kakun (1850 a.C.) y de Ebers (1550 a.C.) se mencionan algunos procedimientos anticonceptivos. Todos ellos consisten en sustancias que introducidas en la vagina de las bellas egipcias intentaban lograr el efecto deseado, bien por sí mismas, como es el caso de la miel, que actuaba como contraceptivo de barrera al impedir el avance de los aventureros espermatozoides, o la col, brea, pulpa de dátiles; bien por verdadero efecto espermicida, cuando la espiga de acacia al fermentar con la miel forma ácido láctico, ácido que está presente en algunos anticonceptivos actuales.
Tampoco faltaba la colaboración de prácticas ahuyentadoras de los malos espíritus, cuyo papel en la reproducción de la especie humana no nos relata ninguno de aquellos papiros. Entre estas prácticas espantadoras de demonios hay una, ciertamente eficaz, no tanto por su poder ahuyentador como por su efecto antilibidinoso y por tanto disuasorio de todo cortejo sexual. Cuéntase que aquellas jóvenes y resignadas mujeres introducían por vía vaginal excremento de cocodrilo, material muy acreditado por aquel entonces como anticonceptivo.
Pero no satisfechas las egipcias con aquellas, escatológicas experiencias que siempre impedían o alteraban el feliz ayuntamiento, y necesitando un procedimiento anticonceptivo eficaz y bien aceptado, pronto se inventó el que, andando lo tiempos, sería el más famoso y utilizado método: el preservativo. Y no teniendo mejor material a mano, los egipcios lo elaboraban con tripas de carnero. No se tiene noticia alguna de la aceptación del método por parte de aquellos jóvenes que, por otra parte, estaban obligados a colocarse aquel ovino artilugio cuando acudían a los burdeles, que en aquellas témporas no contaban con las actuales connotaciones sociales, sino todo lo contrario, ya que eran instituciones legales, bien normalizadas y reglamentadas, verdaderas escuelas de aprendizaje y de educación sexual. Tampoco fueron excesivamente originales los médicos del rey Minos al recomendarle usar un preservativo fabricado con vejiga de cabra.
Mesopotamia, China y Roma
En Mesopotamia algunas prácticas sexuales poseían, como en otras civilizaciones, un carácter netamente religioso, como sucedía con las vírgenes adolescentes, que necesaria y obligatoriamente tenían que dejar de serlo en el propio templo al ser elegidas por un forastero. A las mustarrestus, sacerdotisas esterilizadas, las preparaban para evitar el embarazo, aplicándoles óvulos anticonceptivos a base de miel, semillas ácidas de celidonia o resina de abetos.
Sin embargo, en la legendaria China las cosas ocurrían de forma diferente. A pesar de que las noticias que llegaban de otras culturas daban prioridad a estos repulsivos métodos de barrera para controlar la natalidad, los chinos, mucho más prácticos, adelantándose a sus orientales tiempos, idearon un procedimiento contraceptivo por vía oral. Desconociendo entonces la existencia de las hormonas que regulan los ciclos biológicos de la mujer, y sin mejor base científica que sus propias creencias, propusieron a las casadas que quisieran limitar su descendencia, la ingestión de veinticuatro renacuajos vivos al principio de la primavera, método, que por tener efecto muy retardado, de muy lenta liberación debía ser repetido cada cinco años.
También fue una de las preocupaciones en la antigua Roma encontrar un sistema seguro que evitase las gestaciones no deseadas sin interferir en la placidez que suele acompañar a la actividad sexual. Allí en Roma, alcanzó, como se sabe, gran importancia el culto al placer y al cuerpo humano. Alguien pues tenía que prevenir las posibles consecuencias no deseadas, y fue Sorano de Éfeso a quien correspondió históricamente tan singular responsabilidad, convirtiéndose en el primer planificador familiar que conocemos, o uno de los primeros.
Sorano de Efeso, ginecólogo griego emigrado a Roma, recomendaba a las damas del Imperio, con objeto de expulsar espermatozoides de sus romanas vaginas, que después del coito tosieran repetidamente con vigor, saltaran con vitalidad y estornudaran con sonoridad. Nadie pudo saber si algún espermatozoide, agitado hasta enloquecer con estos aberrantes movimientos, abandonó su recién estrenado hábitat, pero sí es bien seguro que las romanas maldijeron al ginecólogo por impedirles gozar de la relajación que sigue habitualmente a la placidez sexual. Por eso -es de suponer- vino la degeneración del Imperio romano.
Muchos otros intentos para regular la natalidad por ingestión de productos de los reinos animal y vegetal se encuentran registrados en los libros de Historia de la Medicina. La mayoría no tienen nada de divertido, sobre todo para las mujeres que debían someterse a aquella, la mayoría de las veces, repugnante pitanza, como es el caso de las mencionadas chinas.
Es bien conocida la planta discórea que utilizaban las mujeres aztecas con éxito bien demostrado, debido sin duda a su contenido en estrógenos. En este mismo sentido, en algunas tribus primitivas del Ecuador se usa la raíz del ciprés, con no poca fortuna, debida a la acción de un hongo microscópico que parasita dicha raíz y cuyo mecanismo todavía no se ha acreditado. Y aún hay más: la propia Organización Mundial de la Salud estudia las propiedades anticonceptivas de un guisante verde que se cultiva en el legendario Tíbet, y cuyo crédito ha pasado del puro campo de lo popular y folclórico al de interés de la comunidad científica.