Por el Dr. Rubén Mayer | 04 NOV 13

La comunicación médica en sus diferentes contextos

Dar malas noticias, comunicar riesgos, manejar la incertidumbre. Entrenamiento en habilidades comunicacionales, una cuenta pendiente en la educación médica.
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Autor/a: Dr. Rubén Mayer 

Algunas interpretaciones sobre el significado metafórico de la Torre de Babel recurren a teorías según las cuales la palabra Babel proviene del hebreo, idioma en el que palabras similares significan balbuceo, confundir o confusión al expresar algo. El relato bíblico da cuenta que, al tomar conocimiento de las intenciones ocultas detrás de la construcción de la torre, Dios supo muy bien que la mejor manera de frustrar el objetivo era lograr que todos pudieran hablar pero ninguno pudiera entender.

Saber hablar pero no ser entendido no sirve de mucho. Hablar sin saber escuchar, tampoco. 

El médico, para llevar adelante su objetivo de construir un vínculo con el paciente, debe poder hacer ambas cosas: escuchar y saber escuchar  lo que el paciente dice y  lo que está oculto detrás de sus pensamientos, emociones y decisiones; así como saber expresarse y tener facilidad para expresar conceptos, decisiones, diagnósticos y pronósticos.

Como el ambiente que debe crear para facilitar una comunicación abierta debe necesariamente ser cálido, debe también poder expresar afecto, verbal y no verbalmente.

En una parodia de esas formas de comunicar deliberadamente despojadas de toda consideración y compasión -en ocasiones directamente una suerte de “encarnizamiento verbal”- el Dr. House dice cosas como: “Yo soy responsable por lo que digo, no por lo que usted entienda” o también que  “Para tratar enfermedades somos médicos. Tratar pacientes es el inconveniente de la profesión”. Aunque hay veces da la sensación que son expresiones más tomadas de la realidad que inventadas para la ficción, son torpezas que nosotros en el mundo real no podemos ni debiéramos cometer.

Los médicos, a pesar que diferimos en el modo de conocer a los pacientes y en los aspectos que nos proponemos conocer y los que decidimos minimizar o ignorar, todos sin excepción manejamos algún patrón de comunicación, más o menos definido, de uso diario, que es suficiente para resolver una buena parte de las consultas, especialmente aquellas en las que los pensamientos, afectos y comportamientos del paciente no son muy relevantes.

Otras veces, cuando la situación es compleja y exige otras capacidades, no siempre nos sentimos tan cómodos. Esa carencia lamentablemente nos priva de una herramienta generadora de una de las más grandes satisfacciones de la práctica médica: la de resolver o aliviar una situación simplemente mediante el uso de la palabra.

Sin embargo, y a pesar de algunas limitaciones evidentes, en general los médicos nos consideramos buenos comunicadores por lo que el adquirir habilidades comunicacionales no figura en la lista de prioridades de nuestra agenda profesional. Tampoco, hay que decirlo, en la de la formación médica. El tiempo cada vez mayor que insume estar actualizado en “información científica” y el tiempo cada vez menor de la consulta, tampoco colaboran en ese sentido.

¿Cómo comprobar la efectividad de la comunicación sin preguntarles a los pacientes?

 

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