Crónica de un trasplante pulmonar | 28 OCT 12

La madrugada en la que la vida le ganó a la muerte

Una cronista asiste en vivo a una dramática operación de trasplante de pulmón en la Fundación Favoloro.

Por Loreley Gaffoglio
Foto: Santiago Filipuzzi

Atravieso la ciudad a las dos y media de la madrugada rumbo al barrio de Congreso. En las calles veo chicas en shorts sobre tacos que no pueden gobernar; adolescentes sorbiendo del pico de mentirosas botellas de gaseosa. Un colectivo, con pasajeros dentro, vulnera en seguidilla la luz roja. Dos hombres discuten a los gritos y los autos detrás de mí circulan a una velocidad que da vértigo. Media hora antes, sentía la placidez de mi cama. Hasta que recibí la llamada.

Ahora voy en un taxi, serena y despabilada. Mi destino este "sábado" febril, convertido en domingo, Día de la Madre, será el quirófano para trasplantes del Hospital Universitario de la Fundación Favaloro (FF). La algarabía callejera se me perfila como un desatino. Pero enseguida esa sensación muta por otra. Cuando llego a la FF y atravieso la entrada silenciosa y desierta, tengo la certeza de que la realidad es como una cebolla: una capa tapa y envuelve a la otra. Y así, unos salen; otros duermen, y otros permanecen alertas. Unos gozan; otros sufren, y otros pocos asumen el compromiso de intentar curar. En ese reparto de roles, siento admiración por aquellos a quienes he venido a observar. Porque yo he venido a ver cómo se vence a la muerte. Cómo se le arrebata, al menos, una partida.

Seré testigo de una proeza: la de ver a un adiestrado equipo médico hacerle un enroque de vida a la propia muerte. Desde la intimidad del quirófano, presenciaré un trasplante de pulmón, uno de los órganos, hoy con 140 personas en espera, más difíciles de reutilizar dado el daño que les produce el contacto con la muerte: sólo el 8% sirve para ser trasplantado. De allí que más de la mitad de los que lo necesitan fallecerá en la espera. Y de allí también la exigencia de la pericia del cirujano que lo extraiga.

Yo me he preparado para ser, al menos hoy, fuerte. Y ese entrenamiento mental resultó un espejo de mi propia pequeñez. De la mía y de la de tantos otros insuflados de importancia. Sólo después de ver lo que vi, entenderé lo que es la sincronización perfecta entre personas e instituciones, el compromiso auténtico, la humildad del que es grande, y la destreza adquirida en la acción de uno de los equipos médicos más calificados del país.

Liderado por el cirujano torácico, Dr. Alejandro Bertolotti, ese equipo humano de la FF es responsable del 70% del promedio de 30 trasplantes pulmonares que se realizan por año en el país. Son una rareza en comparación con los 800 trasplantes renales anuales, los 400 hepáticos y los 100 de corazón. Pero todos luchan contra un denominador común: la escasez de donantes. Esa cruel asimetría de la que da cuenta el Incucai en tiempo real: 7200 pacientes en lista de espera de órganos y tan sólo 550 donantes en lo que va del año.

Desde hace cinco semanas que José Luis Páez engrosa la lista de Emergencia Nacional del Incucai para un pulmón. Maestro quesero, de 46 años, fue despedido de su trabajo en Santa Fe cuando enfermó de hipertensión pulmonar y sus licencias se prolongaban sin dejar réditos. La causa de su afección se desconoce. Sólo se sabe que su enfermedad se desató como un ciclón. Se lo medicó para estimular el flujo arterial y que la sangre oxigenada pudiera llegar a sus pulmones. Debió ser internado en tres oportunidades. Hasta que un día no pudo respirar más y su corazón comenzó a claudicar. Confinado a un respirador, masticando la zozobra de asumirse en la recta final, un halo de esperanza apareció el sábado, a las cinco de la tarde, cuando surgió un donante. ¿Podría ser trasplantado?

Minutos después, yo había recibido la primera llamada de Bertolotti.  "El procedimiento ya está en marcha", me anunció. "El doctor Luis Coletti, con el resto del segundo equipo, viajan para realizar la ablación. Si el órgano sirve, podríamos comenzar el trasplante cerca de las 3 AM. Pero eso no lo sabré hasta la medianoche", me informó, y cortó.

El resto del día la tensión fue difícil de sobrellevar. Si ése era mi estado, ¿cuál sería el de Páez y su familia? "Estaba tranquilo y en paz. «Va a salir todo bien», me repetía", me confiará su esposa, Liliana, mucho después. Aunque en la incertidumbre de sus 40 días de espera, Páez había experimentado todos los estados de ánimo. Había pasado de la esperanza y los rezos al llanto, la resignación y la entrega. La depresión propia de quien se enfrenta a la muerte.

 

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