Escepticemia, por Gonzalo Casino | 08 AGO 11

Médicos afortunados

Sobre la medicina y el valor de la vida humana a la luz de John Berger.

A mediados de la década de 1960, el escritor y artista británico John Berger y el fotógrafo suizo Jean Mohr se adentraron en una aislada comunidad rural inglesa para convertirse en la sombra amiga de un médico de pueblo. Durante seis semanas, acompañaron a este médico general, John Sassall, en sus visitas a enfermos, en su consulta, en sus salidas intempestivas por alguna emergencia, en sus días y en sus noches. Alojados ambos en la casa de Sassall, vivieron de cerca las vicisitudes de un médico rural y compartieron con él sus momentos de reposo, sus inquietudes y su vida familiar.

El resultado de esta convivencia fue Un hombre afortunado (Alfaguara, 2008), un libro coral y multifacético, a caballo entre el relato y el estudio antropológico, entre el ensayo y la narración experimental, en el que texto y fotografías conforman un todo con una cuidada estructura narrativa. Las decenas de fotos que dan cuenta de la vida de Sassall y de sus pacientes, de sus curas y pequeñas intervenciones, del paisaje y del pisanaje del pueblo, aparecen en todas las ediciones en el lugar decidido por los autores para favorecer el diálogo entre imagen y palabra.

En cuanto al texto, sólo hay que decir que es sencillamente magistral: poético y analítico a la vez, reflexivo y conmovedor. Berger no se limita a retratar a un hombre singular, comprometido con su trabajo y con la dignidad humana, sino que ofrece unas muy lúcidas meditaciones sobre las relaciones médico-paciente, la enfermedad, la profesión médica y sus claroscuros.“Un hombre afortunado: todavía el libro más importante sobre medicina general jamás escrito” , titulaba el médico Gene Feder un comentario publicado en 2005 en el British Journal of General Practice.

Un hombre afortunado es quizá el mejor elixir para que muchos médicos recobren el entusiasmo por una profesión de la que el propio Berger escribe: “Es la más idealizada de toda las profesiones. Pero su idealización es abstracta. Es este ideal abstracto el que lleva a hacerse médicos a algunos jóvenes. Pero yo me atrevería a sugerir que una de las razones fundamentales de que tantos médicos terminen decepcionándose con la profesión y convirtiéndose en unos cínicos es precisamente que, pasado el primer momento de idealismo abstracto, no están seguros del valor de las vidas reales de los pacientes que tratan.  No se trata de que sean insensibles o inhumanos personalmente: se debe a que la sociedad en la que viven y aceptan es incapaz de saber cuánto vale una vida humana”. El valor de la vida humana y sus implicaciones individuales y sociales: he aquí uno de los hilos conductores y reflexivos del libro de Berger.

Años antes de que tomara cuerpo la medicina basada en la evidencia, el doctor Sassall, según cuenta Berger, ya creía más en la ciencia que en el arte de la medicina: “El que la gente diga que los médicos son artistas se debe casi siempre a las deficiencias de la sociedad. En una sociedad mejor, más justa, el médico sería más bien un científico puro”. Pero Sassall, dice Berger, “nunca separa una enfermedad de la personalidad general del paciente que la sufre: en este sentido es lo opuesto a un especialista”.

 

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