Neurología | 11 ABR 11

Cerebro y mente en el siglo XXI

Sin duda, hemos avanzado en la comprensión del sistema nervioso, sin embargo seguimos tratando de comprender cómo surge la mente de ese tejido suave y se convierte en un poema o en una sinfonía.
INDICE:  1. Desarrollo | 2. Desarrollo
Desarrollo

Introducción

En este siglo XXI difícilmente nos sorprendemos cuando una persona que sufre de una enfermedad neurológica, como la epilepsia del lóbulo temporal, toma un medicamento para controlar sus crisis y las alteraciones sensoriales que las preceden. Entendemos que de alguna manera esa medicina modula la función de las células nerviosas, responsables de alucinaciones visuales y emociones abruptas e intensas no relacionadas con lo que ocurre en ese momento y de los trastornos de la memoria que puede acarrear el ataque epiléptico.

Asimismo, cuando una persona presenta trastornos del movimiento, o del habla después de un trauma craneoencefálico, entendemos que algo pasó en su cerebro y que algunas partes dejaron de cumplir sus funciones.  Cuando una mujer después de dar a luz, presenta cambios de humor y llora en lugar de reír, comprendemos que hay cambios hormonales que subyacen a esta situación. Más o menos lo mismo pensamos cuando un adolescente se comporta de manera errática y observamos cambios en su personalidad de un momento a otro, aunque estos cambios nos parecen más difíciles de entender.  Nos es más difícil aún comprender lo que sucede cuando una persona empieza a presentar signos obsesivos, cuando se lava las manos infinidad de veces y revisa una y otra vez si cerró bien la puerta.  Nos parece extraño cuando dos hermanos que han vivido en la misma familia por años, resultan con personalidades casi opuestas, cuando uno es creativo y soñador y el otro es pragmático y obsesivo. Nos sorprendemos cuando en una clase entendemos todo lo que dijo el profesor, mientras que en otro momento ni siquiera escuchamos lo que dice a pesar de hacer un esfuerzo consciente por prestar atención.  Admiramos a aquéllos que tienen una memoria prodigiosa, que pueden escribir de tal manera que nos volvemos personajes de su narrativa; a los que pueden componer música que nos conmueve profundamente, y a aquéllos que se enfrentan a situaciones de peligro con serenidad.

Todos estos fenómenos tan variados tienen su origen y explicación en el funcionamiento de un órgano que los sacerdotes egipcios, hace miles de años descartaban cuando preparaban a un difunto para su viaje al otro mundo, mientras que al corazón lo dejaban con el cuerpo pues era éste el que definiría el destino final del difunto, el paraíso o la aniquilación.  Algunos de los fenómenos que mencioné se pueden explicar como fruto de la disfunción cerebral y de la muerte neuronal, aunque esto se comprende mejor en el caso de una enfermedad neurológica que de una enfermedad psiquiátrica. Las enfermedades psiquiátricas en muchos casos se conciben como desajustes de la función cerebral, sin implicar necesariamente la pérdida de células.  Es todavía más difícil entender cómo el funcionamiento cerebral da lugar a las diferencias de personalidad, los cambios de humor y de capacidad en un mismo individuo; la habilidad de comprender el estado de ánimo del otro aún antes de que nos dirija la palabra y ajustar entonces la manera en la que nos aproximamos a él, y la capacidad de ser conscientes de que estamos conscientes.  Aunque no comprendemos estos fenómenos en su totalidad, hoy en día creemos que hay un sustrato biológico que los hace posibles, sin embargo no siempre fue así.

La posición del cerebro en la Filosofía

Por miles de años el ser humano creyó que el cerebro era simplemente una concha hueca, rellena de flema y túneles por los que viajaban espíritus sibilantes responsables de los pensamientos y la conducta del individuo, mientras el corazón era considerado el asiento del alma, aquello que piensa, siente y le da calor al cuerpo.  Hace 2500 años un filósofo griego llamado Alcmaeon levantó su mirada del corazón hacia la cabeza declarando que todos los sentidos están conectados con el cerebro. Esto marcó un hito en la historia de la ciencia.

Es difícil interpretar correctamente estas palabras hoy en día, pues los griegos no sabían que existían los nervios, ya que raramente hacían necropsias y es posible que Alcmaeon como otros griegos en la antigüedad concibiera al cuerpo como lleno de canales y túneles por los que viajaban espíritus aéreos. El aire junto con el fuego, la tierra y el agua eran considerados los cuatro elementos del cosmos. Sin embargo sus ideas le dieron forma a la medicina griega de la antigüedad.  Además de los espíritus, los médicos creían en ese entonces que el cuerpo estaba lleno de combinaciones de elementos, los llamados humores, la bilis amarilla, la bilis negra, la sangre y la flema, cada uno de ellos con cualidades de humedad y temperatura. Hipócrates creía que la buena salud era cuestión de balancear estos humores. Si el cerebro, hecho sobre todo de flema, se volvía muy húmedo, podía darse lugar a la epilepsia. Si la flema se movía del cerebro a otras partes del cuerpo, la persona podía enfermar de tuberculosis u otra enfermedad.

Platón fue uno de los discípulos más distinguidos de Alcmaeon. Él le dio al cerebro un lugar central en el cosmos.  En su diálogo Timeo, Platón describe al cosmos como algo viviente, creado por un artesano divino, completo con su propia alma inmortal. Los seres humanos habrían sido diseñados como el cosmos, en miniatura, con un alma inmortal cubierta por un cuerpo mortal hecho a partir de los cuatro elementos. Los dioses empezaron su trabajo creando la cabeza, que hicieron esférica como el cosmos. La semilla divina se plantó en el cerebro, desde donde podía percibir el mundo a través de los ojos, los oídos y después razonar acerca de él. Este razonamiento era la misión divina del alma humana. Sería capaz de reproducir la armonía y la belleza del cosmos en sus propios pensamientos. En este diálogo Platón creó una anatomía espiritual, poniendo al cerebro en su ápice lo que influiría sobre el pensamiento occidental a través del tiempo y hasta el Renacimiento. Sin embargo, estas ideas de Platón no tuvieron la fuerza para cambiar la visión dominante de su época que consideraba al corazón como lo más importante. De hecho uno de los alumnos más conocidos de Platón, Aristóteles, puso al corazón en el centro de su filosofía.

Para Aristóteles el cerebro no cuadraba con su concepción del alma. Para él el alma era la forma de las cosas vivientes, como la forma de una casa emerge cuando las piedras se combinan de cierta manera, y esta forma desaparece si las piedras se separan. El alma, como la forma de la casa, estaba en todos lados y en ninguno en particular. Además, como las criaturas son diferentes, tienen distinta forma. Debía haber diferentes tipos de almas. Para clasificarlas, Aristóteles se convirtió en el primer biólogo: disecó de todo desde erizos de mar hasta elefantes, aunque no rompió el tabú de no hacer disecciones de cuerpos humanos. Clasificó  a las especies según las facultades de sus almas, de inferiores a superiores. Las plantas estaban en el primer escalón, ya que tenían solamente almas vegetativas que no hacían más que permitir el crecimiento, la reparación y la reproducción. Los animales eran superiores porque tenían facultades sensoriales: podían ver, oír, gustar y sentir, podían volar, nadar o deslizarse. Los seres humanos estaban solos en el ápice del mundo natural, con un alma equipada con facultades que incluían la razón y la voluntad, lo que hoy en día llamaríamos una mente.

Para Aristóteles, aunque el alma estaba en todos lados y en ninguno a la vez, partes específicas del cuerpo llevaban a cabo sus funciones y consideraba que el cerebro no podía ser el asiento del alma, ya que a partir de sus disecciones había observado que aún animales con pequeños cerebros podían percibir el mundo y actuar en consecuencia.  El cerebro como tal no le parecía a Aristóteles nada impresionante. Él que no contaba con medios de fijación para el tejido cerebral, habría observado una natilla informe, difícilmente la fuente de la razón y la voluntad. El corazón, al contrario, le parecía un lugar mucho más lógico para las facultades del alma racional. Están en el centro del cuerpo y era el órgano que Aristóteles había visto que primero tomaba forma en el embrión. Aristóteles veía una conexión entre el calor y la inteligencia.  Consideraba que a través de los vasos sanguíneos el corazón podía gobernar todas las sensaciones, movimientos y emociones. Al cerebro lo consideraba como un sistema de enfriamiento.

Después de la muerte de Aristóteles, unos 300 años antes de Cristo, Herófilo y Erasístrato descubrieron el sistema nervioso y pusieron en duda las ideas de Aristóteles. Pasaron cuatrocientos años antes de que surgiera otra persona con habilidades semejantes a la de Herófilo y Erasístrato. Esa persona fue Galeno, un joven doctor nacido en Pérgamo, en lo que hoy es Turquía, de padres griegos y bajo el imperio romano. Empezó a estudiar medicina desde los dieciséis años, viajó a Alejandría para estudiar a los antiguos médicos griegos. No podía hacer necropsias, pues a los romanos les horrorizaban todavía más que  a los griegos. Sin embargo era médico de gladiadores. Al curarlos y tratarlos podía entrever la anatomía humana. Hacía sin embargo disecciones de animales, uno al día. A los treinta años había creado una nueva visión del cuerpo, sintetizando la visión de Platón y Aristóteles con la medicina de Hipócrates y sus propias observaciones. El resultado era deslumbrante y al regresar a Roma se volvió médico de los emperadores.

Galeno entendió el cerebro mucho mejor que cualquier otra persona de la antigüedad, pero no era un neurocientífico moderno vestido de toga. Para él, el cerebro no era más que una bomba: la inteligencia estaba alojada en los espacios huecos del cerebro, los ventrículos. La inteligencia no era única de los humanos. La compartían el sol, la luna y las estrellas. De hecho, para él estos cuerpos celestes eran mucho más puros que los nuestros. Su inteligencia debía ser superior, capaz de llegar a la tierra e influir sobre los asuntos de los seres humanos. Para Galeno, los espíritus animales que viajaban dentro de nosotros, eran pequeños remolinos en un océano de propósito, inteligencia y alma.

A la muerte de Galeno, su medicina fue absorbida por la doctrina del Cristianismo. El alma inmortal no tenía una dimensión física, pero los padres de la Iglesia pusieron sus atributos en los ventrículos vacíos de la cabeza, donde no podían ser corrompidos por la carne débil y mortal. Atribuyeron las sensaciones al ventrículo frontal; el entendimiento, al intermedio, y  la memoria, al posterior. Sin embargo algunos filósofos en Roma no aceptaban las ideas de Galeno y preferían la visión aristotélica, por lo que el corazón se volvió no sólo el asiento de las pasiones, sino también el sito de la conciencia moral, un órgano con poderes de percepción más allá de los sentidos. Después de la caída de Roma en 476, la Iglesia perdió contacto con sus orígenes griegos. Fue hasta el siglo 12 que los europeos redescubrieron la filosofía griega a través de sus contactos con los árabes. Tomó tiempo para que Europa volviera a encontrarse con personajes como Aristóteles y Galeno. Los fragmentos de sus trabajos habían sido traducidos al árabe y después al latín, acarreando errores en el proceso.

En el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino retomó las ideas aristotélicas y estableció una nueva tradición intelectual: la filosofía natural. Para él el alma humana no era simplemente la forma del cuerpo humano, sino también una sustancia espiritual, que sobrevive a la muerte.  Puso las facultades del alma, como la memoria  y la imaginación, en los ventrículos cerebrales. Pero aseveró que ningún órgano físico podría producir la auto-consciencia, ni algún pensamiento humano. Esta filosofía dominó en este siglo cuando se iniciaron las universidades. A pesar de que se empezaron a hacer disecciones de cuerpos humanos, los anatomistas no hacían observaciones nuevas, sino que se limitaban a leer los escritos de Galeno y maravillarse de la forma en la que el cuerpo está organizado y ensamblado, con las facultades del alma alojadas en los tres centros del cuerpo: el hígado, el corazón y la cabeza.

En 1537, un anatomista de veintitrés años reconoció que Galeno no era perfecto. Se llamaba Andrés Vesalio, profesor en la Universidad de Padua, Vesalio se bajaba de su cátedra para mostrar a sus estudiantes los detalles finos de la anatomía de los cadáveres humanos. Empezó haciendo bosquejos para enseñarles a sus estudiantes, quienes le insistieron para que les hiciera más dibujos. Así, Vesalio creó enormes diagramas mucho mejores que los que había hasta entonces. Su fama aumentó conforme crecían las copias pirata de sus dibujos en toda Europa. Vesalio se dio cuenta que había algo equivocado en el trabajo de Galeno, dado que éste nunca disecó un cadáver humano: las descripciones de los órganos pertenecían a otros animales. Los riñones eran de un puerco y el cerebro de una cabra o una vaca. Así, Vesalio encontró 200 piezas de anatomía animal en el ser humano de Galeno.  Sin embargo, Vesalio encontró resistencia a sus nuevas nociones. Para los estudiosos de aquella época, la autoridad de Galeno era superior a sus propios ojos y se negaban a ver.

 

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