Entre el laboratorio y la cama del paciente | 27 MAR 22

Los Eurekas de Van Rood

Jon fue visionario y pionero en el descubrimiento del complejo mayor de histocompatibilidad, pero al mismo tiempo un médico que invariablemente abordaba las temáticas desde la perspectiva del paciente
Autor/a: Oscar Bottasso-IDICER (UNR-CONICET) Rosario, Argentina Fotografía: By Rob C. Croes - GaHetNa (Nationaal Archief NL) 929-4671, CC0,

Me he beneficiado mucho de los fenómenos inexplicables que observé al tratar a los pacientes. Johannes Josep van Rood

La historia de las ciencias biomédicas abunda en ejemplos donde esa jugosa interacción entre clínica y mesada conforman la argamasa para cimentar un conocimiento que finalmente halla un espacio en la praxis profesional. Un ejemplo palmario de ese derrotero fue el protagonizado por el gran “Jon” van Rood, médico graduado por la Universidad de Leiden en 1950 donde prácticamente llevó a cabo toda su carrera.

Tras una pasantía de dos años en el Hospital Presbiteriano de Nueva York, en 1952 regresa a su ciudad, para abocarse a la Medicina Interna bajo la tutela del Prof. Mulder, con cierta atracción por la Hematología. Fue así como, en 1957, lo designan jefe del Banco de Sangre, según Jon porque un médico joven e inexperto no sería lesivo en un lugar de poca preeminencia. Lo secundaban la Dra. van Leeuwen, dotada de un talento natural para el trabajo con los tubos y el Dr. Eernisse, a cargo de la parte de glóbulos rojos y plaquetas. Un trío afecto a grandes empresas, con un cabecilla muy proclive a pensar por fuera de lo establecido, sumado a la colaboración con el Laboratorio Central de la Cruz Roja en Ámsterdam que les facilitó incorporar la prueba de Coombs para estudiar la sensibilización hacia grupos sanguíneos. El Banco había ampliado su capacidad operativa debido a la creación del departamento de cirugía cardíaca y la consiguiente mayor demanda de sangre.

A poco de andar, el interés de los aloanticuerpos también se hizo extensivo a la serie blanca, a partir de una observación del día a día; específicamente una paciente que concurría todos los meses para recibir transfusiones a raíz de una anemia ocasionada por exposición a gases tóxicos, durante la guerra. Cada transfusión iba seguida de una reacción no hemolítica con hipotensión, náuseas y escalofríos.

El laboratorio de Amsterdam confirmó algo ya advertido por ellos: la existencia de aglutininas contra glóbulos blancos extraídos de donantes sanos. Avanzando en la prueba de concepto, dicha hiperreactividad dejó de ser observable si previamente se extraían los leucocitos del material a transfundir. Aquel hallazgo no sólo posibilitó que la inmunohematología consiguiera una mejor grada en la cávea de la medicina, sino que también promovió la ejecución de investigaciones orientadas a ganar más conocimiento sobre tales anticuerpos.

Tiempo después la actividad asistencial aportó el dato que terminaría de redondear la idea. Corría el mes de abril de 1958, cuando una madre de cuatro hijos, quien había dado a luz a mellizos experimentó un sangrado posparto demandante de una transfusión. Al cabo de pocas horas la mamá presentó escalofríos, náuseas e hipotensión muy compatible con esa conocida reacción transfusional. La paciente efectivamente poseía leucoaglutininas, pero llamativamente no registraba el antecedente de transfusiones previas. Si esta no era la causa de la sensibilización, por qué no suponer entonces que los embarazos estuvieran involucrados en su génesis.

Hipótesis en mano, era cuestión de ponerse a indagar con los sueros de madres. Así sobrevinieron investigaciones pioneras de esa naciente inmunogenética que con el tiempo lograría su mayoría de edad. Por cierto, aquella mujer poseía anticuerpos dirigidos a los glóbulos blancos del donante y también de su marido. Jon publicó los hallazgos de esos estudios en Nature, y en 1962 obtuvo su título de Doctor en Medicina cum laude. La tesis fue reimpresa en varias oportunidades, y figura entre los artículos que hacen a la historia del área disciplinar.

Los resultados fueron igualmente presentados en Roma durante una reunión sobre Hematología y Transfusión celebrada en 1958. Visto a la distancia se trató de un estudio que sentó las bases para el descubrimiento de los antígenos leucocitarios humanos (Human Leukocyte Antigens -HLA-, en lo particular lo que después se denominaría HLA-Bw4 y -Bw6). Otros dos grupos, uno liderado por Jean Dausset (París, Francia) y Rose Payne (Stanford, EE. UU.), también venían trabajando en la misma temática.

La necesidad de avanzar en forma conjunta, lo llevó a organizar el primer Taller de Histocompatibilidad que tuvo a lugar en Leiden en 1965, el cual sirvió para establecer el intercambio de sueros y datos provenientes entre los distintos laboratorios. Todo apuntaba a que la mayoría de estos antígenos debían pertenecer a un complejo sistema genético. Dichos antígenos HLA hasta podrían estar implicados con el rechazo de trasplante. Es más, una combinación óptima entre donante y receptor podía favorecer una mejor la aceptación del mismo.[1] Los experimentos de Peter Medawar daban pistas de cómo proseguir. Según los estudios de este británico ante un intercambio de un trozo de piel entre dos conejos, el injerto era rechazado después de 10 días, en tanto que si se repetía dicho procedimiento el fenómeno ya era visible al 5to día.

En una experiencia posterior el conejo receptor era ahora inyectado por vía intradérmica (id) con leucocitos provenientes del donante, y tras ello procedía a injertar un trozo de piel del mismo conejo, con una similar aceleración del rechazo. Si estos leucocitos eran tan sensibilizantes como el injerto, habrían de acarrear pues los mismos antígenos de trasplante. Formulado el supuesto, era fundamental reconocer los antígenos de trasplante en este tipo de células, y a la vez determinar si la coincidencia antigénica mejoraba la aceptación del injerto. Con los marcos regulatorios de aquel entonces y en base a una técnica quirúrgica mejorada, los mentores de la idea, van Rood en primera fila, habrían de ser los voluntarios, aunque también se sumaron otros colegas del hospital.

El protocolo consistía en la inyección id de 2 x 108 leucocitos incompatibles con el receptor para un solo antígeno (B7), y dos semanas después, aplicaban un injerto de piel de dos donantes no emparentados, uno B7- y el otro B7+. La supervivencia del injerto de piel fue de 11 y 6 días respectivamente, dejando en claro que los antígenos HLA tenían que ver con este fenómeno.

La clínica que nunca descansa trajo consigo otra situación embarazosa, pero en esta oportunidad la disponibilidad de mejores herramientas tecnológicas sirvió para brindar una respuesta un tanto más efectiva y movilizadora a la vez. Se trataba de una paciente que sangraba profusamente, debido a una anemia aplásica ocasionada por cloranfenicol.

 

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