El trauma de la deportación: "los pacientes no fingen" | 05 FEB 18

De la muerte por vudú a la extraña enfermedad de los refugiados suecos

El entorno cultural y social puede convertir situaciones de estrés en problemas físicos graves
Autor/a: DANIEL MEDIAVILLA Materia / El País, Madrid

En 1942, el científico estadounidense Walter Cannon escribió sobre un fenómenoque parecía paranormal. Varios antropólogos habían descrito en culturas primitivas de América, África o Nueva Zelanda lo que bautizaba como muertes por vudú. Entre los tupinambá de Brasil, Gabriel Soares de Sousa, ya en el siglo XVI, contaba haber visto morir a hombres que habían sido condenados por un “hombre medicina” con reputación de tener poderes sobrenaturales. En Nueva Zelanda, una mujer maorí que cometió el error de comer una fruta tomada de un lugar prohibido acabó convencida de haber profanado la santidad de un espíritu que la mataría. En menos de un día, había fallecido.

Un tercer caso recogido en la crónica de Cannon hablaba también de un proceso de curación. La historia se la había contado por carta S. M. Lambert, un médico que trabajaba para la Fundación Rockefeller con aborígenes australianos. Lambert le relataba a Cannon que había visto varias muertes por miedo, pero que en una ocasión fue testigo de una recuperación sorprendente. En una misión en Mona Mona, en Queensland del norte, había muchos nativos conversos, pero en las afueras de la misión vivía un grupo de individuos que mantenían sus creencias ancestrales. Entre ellos se encontraba Nebo, un brujo famoso en la región.

Lambert llegó a la misión porque Rob, el principal ayudante del responsable de lugar, se encontraba mal. El médico no fue capaz de encontrar fiebre, dolor u otras señales de enfermedad, pero resultaba evidente que Rob estaba muy enfermo y extremadamente débil. El misionero le contó a Lambert que Nebo había apuntado a su ayudante con un hueso y que le había convencido de que estaba condenado a muerte.

Desde el siglo XVI se han recogido relatos de personas que morían de miedo a brujerías

Con estas noticias, el médico y el misionero fueron en busca de Nebo y le amenazaron con restringir su suministro de comida y expulsarle de la zona junto a los suyos si le sucedía algo a Rob. Nebo cedió a las presiones y les acompañó junto a el enfermo. Una vez allí, se inclinó sobre él y le dijo que todo había sido un malentendido, una broma, y que ni siquiera le había apuntado con un hueso como creía. Según Lambert, el alivio fue casi instantáneo y esa misma tarde el ayudante del misionero estaba de nuevo trabajando con su vigor habitual.

Cannon relacionaba estos fenómenos con respuestas fisiológicas ante el miedo, como la contracción de los vasos sanguíneos o la liberación de adrenalina. Una cascada de reacciones diseñadas para hacernos sobrevivir ante una amenaza, acababa provocando arritmias cardiacas y un colapso vascular que causaba la muerte. El investigador no hablaba de la respuesta hormonal ante el estrés porque esos mecanismos no se conocían bien en la década de 1940, pero lo que se sabe ahora sobre la liberación masiva de neurotransmisores como la adrenalina y otras hormonas ante el miedo ayudaría a explicar cómo un gran terror puede provocar pérdida de apetito, debilidad, arritmias e incluso la muerte.

El fenómeno que le parecía tan lejano para “la gente civilizada” a Cannon, en el que las creencias de una persona y su entorno social pueden hacerla enfermar, sucede en la actualidad. En China y el sudeste asiático, por ejemplo, se conoce como Koro un síndrome cultural que hace pensar a los hombres que la sufren que sus genitales se están contrayendo y van a desaparecer, pese a que no exista evidencia alguna de que suceda en realidad. Pero este tipo de fenómenos se produce también en un país tan civilizado como Suecia.

Allí, entre refugiados procedentes en su mayoría de las antiguas repúblicas soviéticas y de la antigua Yugoslavia se han registrado desde 1998 más de mil casos de lo que se ha calificado como una histeria epidémica. Niños y adolescentes de estas familias, muchos bien adaptados a la sociedad sueca, quedan sumidos en un estado de apatía profunda cuando son informados de que les han negado el permiso de asilo a sus padres y deben regresar a sus países. Poco a poco, se recluyen, dejan de comunicarse con otras personas, no comen, no beben, se vuelven incontinentes y acaban entubados, sin reaccionar siquiera ante estímulos dolorosos. En una mayoría de los casos, la recuperación llega cuando las autoridades suecas conceden a la familia el derecho de asilo, pero en ese proceso un paciente puede permanecer catatónico durante años.

 

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