El cuerpo confirma a la mente
Me recibí de médico en diciembre de 1981 y juré el 24 de marzo de 1982 —¡qué fecha! Por eso no me la olvido más— “por Dios o por todo aquello que uno considere como más sagrado”.
Si bien ya había comenzado a ejercer dos años antes como practicante en el Hospital de Morón, y después de pasar por varias instituciones —alguna vez les contaré cómo el sistema de salud nacional desaprovechó la ocasión de adquirir nuevos conocimientos— 1992 me encuentra en la sala de obstetricia del Htal. Piñero, a cargo de los cursos de Parto sin Temor, como se llamaban en aquella época.
Mis pacientes eran predominantemente chicas jóvenes —incluso adolescentes— pertenecientes a las que hoy llamaríamos “poblaciones vulnerables”, a las que había que explicarles qué sucedía en sus cuerpos y dentro de sus panzas durante el embarazo. Necesitaba herramientas para poder explicarles el asunto lo más fácilmente posible. En un pequeño suelto en el Clarín —que en aquella época no sólo se podía leer sino que te lo pasaban por debajo de la puerta de tu casa— descubrí que había un curso de Periodismo Científico. Los horarios me coincidían, estaba a tiro de subte y lo podía pagar. Así es como ingresé a lo que —después lo supe— era el mejor curso de toda la Argentina, qué digo, de toda Latinoamérica: el curso del Dr. Enrique Belocopitow de la Fundación Campomar, hoy Instituto Leloir.
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