Un informe de Chequeado que testeó a 1.478 argentinos con titulares de salud verdaderos y falsos. Sorprende: el error más frecuente no fue creer en las mentiras, sino rechazar la información verdadera. El problema no es solo que entre basura, sino que le cerramos la puerta a lo cierto.
Pensemos en un detector de humo. Una cosa es distinguir humo de vapor (discriminación) y otra es qué tan rápido suena la alarma (umbral: crédulo o escéptico). Desconfiar de todo no significa saber discernir.
Así, el estudio reveló dos perfiles vulnerables opuestos:
• El susceptible crédulo (12,7%): No discrimina bien y acepta todo. Lo mueve una creencia activa (ej. prejuicios antivacunas). Su vulnerabilidad tiene contenido.
• El susceptible escéptico (9,6%): Tampoco discrimina, pero rechaza todo por default. Su sesgo nace de un vacío: la falta de alfabetización en salud. Desconfía porque no sabe cómo manejarse en el sistema.
Frente a ellos, el discriminador calibrado (12%) distingue bien y no tiene sesgos. Este perfil no depende de la edad o clase social, sino de la educación y la confianza en la ciencia.
La lección práctica es clara: no sirve una única estrategia de comunicación. Al crédulo hay que desarmarle sus creencias falsas; al escéptico hay que darle herramientas y reconstruir su confianza institucional.
Cierro con una pregunta: cuando hoy pedimos "ser más críticos", ¿estamos entrenando el discernimiento o solo disfrazando la sospecha constante?