La obesidad ya no puede considerarse únicamente un factor de riesgo asociado al cáncer. La evidencia científica actual la reconoce como un actor biológico activo en la génesis y progresión tumoral.
Una reciente revisión publicada en JAMA Translational Science describe cómo el exceso de tejido adiposo participa directamente en múltiples procesos relacionados con el desarrollo del cáncer. Lejos de ser un depósito pasivo de energía, el tejido adiposo funciona como un órgano endocrino e inmunológico capaz de promover inflamación crónica, alteraciones hormonales, evasión inmunitaria y cambios metabólicos que favorecen el crecimiento tumoral.
Además, fenómenos como el estrés oxidativo, la inestabilidad genómica y las alteraciones del microbioma intestinal contribuyen a crear un entorno biológico propicio para la carcinogénesis.
Las implicaciones clínicas son significativas. Se estima que hasta el 10% de los casos de cáncer están relacionados con la obesidad, con un impacto particularmente relevante en tumores como el cáncer de endometrio y algunas neoplasias hepatobiliares.
Quizás el principal mensaje es que este conocimiento abre nuevas oportunidades de intervención. La pérdida de peso sostenida, los agonistas del receptor GLP-1 y la cirugía bariátrica han mostrado resultados prometedores en la reducción del riesgo de cáncer asociado a la obesidad.
Abordar este problema en Latinoamérica podría convertirse en una de las estrategias más costo-efectivas para disminuir la carga oncológica.