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La consulta que más postergamos suele ser la nuestra.
Los profesionales de la salud sabemos detectar ansiedad, depresión o burnout en otros, pero muchas veces ignoramos nuestras propias señales de alarma. Desde la formación médica aprendimos a resistir: dormir poco, no quejarnos, normalizar el agotamiento y convertir el sacrificio en una virtud.
Las cifras reflejan una crisis silenciosa. Según la OMS, entre 2020 y 2022 al menos una cuarta parte del personal sanitario presentó síntomas de ansiedad, depresión o agotamiento. Estudios recientes muestran que casi la mitad de los trabajadores de salud experimentan burnout, mientras la ansiedad y la depresión afectan a más de un tercio. Sin embargo, pedir ayuda sigue siendo un tabú dentro de la cultura médica, donde la vulnerabilidad suele interpretarse como debilidad.
El problema no impacta solo en quien lo padece: también afecta la empatía, la escucha y la calidad de atención. Un profesional agotado puede continuar trabajando, pero desconectado emocionalmente. Por eso, cuidar la salud mental no es un lujo, sino parte esencial de la ética del cuidado.
La solución requiere cambios personales e institucionales: acceso a terapia, espacios de apoyo entre colegas, políticas que favorezcan el descanso y una cultura que reconozca al médico como persona.
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