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El reciclaje contemporáneo del discurso estoico no se limita a repetir su función anestésica: la agrava al convertir el sufrimiento en recurso explotable. La industria de la autoayuda, el coaching y ciertas corrientes pseudoterapéuticas que se quieren hacer pasar por psicología han transformado la vulnerabilidad en mercancía, ofreciendo serenidad como producto y resignación como estilo de vida.
• El malestar se instrumentaliza como oportunidad de mercado: se vende la aceptación de la injusticia como “bienestar emocional”.
• La indefensión se estetiza: se presenta como virtud la capacidad de resistir, de estar marginado, vivir en indefensión y, además, no permitir al contexto político la intervención, legitimando la subordinación bajo el disfraz de sabiduría.
• El sufrimiento se recicla en narrativas aspiracionales, donde la precariedad se convierte en “minimalismo” y la resignación en ese puto y asquiento concepto de resiliencia, convertido en mandato cultural que exige adaptación pasiva frente a la violencia estructural.
Este proceso constituye una forma de violencia simbólica más sofisticada: no solo invisibiliza el conflicto estructural, sino que lo explota económicamente. La vulneración se convierte en capital cultural y la indefensión en recurso productivo. El peligro es doble: se perpetúa la obediencia y, al mismo tiempo, se mercantiliza la experiencia del dolor, despojándola de su potencia política.
Carlos Leonardo Montoya
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