Noticias médicas

/ Publicado el 12 de septiembre de 2006

Tribuna, Rosa Montero

Ya no sabemos qué inventar contra la muerte

Desde siempre, la humanidad viene construyendo ritos y argucias necrofílicas para vencer lo único que es realmente invencible.

Rosa Montero

La muerte nos obsesiona. A lo largo de la historia, las sociedades han creado complicadísimos ritos de muerte, para vencer a la invencible e intentar gobernar lo ingobernable.

Y así se han construido pirámides, mausoleos de mármol deslumbrante, criptas, ciudadelas funerarias. Se han tallado esculturas yacentes, se han vaciado cuerpos y momificado las efímeras carnes. Se han robado corazones, dientes, mechones de pelo, reliquias rememorativas del difunto. Hacemos lo posible y lo imposible por trascender nuestra propia muerte. Y hay que reconocer que nuestros esfuerzos sirven más bien de poco.

Hay una periodista española especializada en temas funerarios. Tal vez sea la única en el mundo, y la verdad es que lo hace maravillosamente bien. Se llama Nieves Conconstrina y ha sacado un par de libros en la pequeña editorial La Hoja del Monte. Los dos se titulan Polvo eres…, y el primero, publicado el año pasado, habla de las muertes de reyes y papas. Ahora acaba de sacar un volumen aún más sustancioso que cuenta siniestras y delirantes historias en torno al fallecimiento de famosos filósofos, escritores, músicos y pintores.

Y así, por ejemplo, resulta que nada más morir Napoleón le cortaron el pene. El famoso pingajillo tuvo una larga y ajetreada vida separado de su dueño, pasando de mano en mano hasta que terminó, cosa tremenda, en un catálogo de venta por correo (¿se imaginan?), en donde un urólogo norteamericano lo adquirió en 1977 por 3.800 dólares.

A Einstein le sacaron el cerebro para estudiarlo, y a Descartes le cortaron la cabeza, que apareció años después en Suecia en una subasta. Parece increíble que se subasten trozos humanos, pero es así, y lo más alucinante es que la gente los compra.

Al famoso Marcuse, que murió en 1979, lo olvidaron, convertido en cenizas, en la estantería de una funeraria de Estados Unidos. Resulta que su mujer falleció antes de que pudieran enterrarlo, y se ve que el filósofo tenía pocos amigos, porque la urna no fue reclamada por nadie. Languideció en el almacén durante 24 años, hasta que en 2001 su nieto recibió un e-mail de un estudioso que quería saber dónde estaba la tumba de su abuelo. Investigando, dieron con las cenizas arrumbadas.

En general, los restos de los tipos ilustres se pierden con una facilidad pasmosa, por muy rimbombante que haya sido el entierro. Por ejemplo, hemos perdido los cuerpos de Lope de Vega, de Quevedo, de Velázquez. La facilidad para extraviar difuntos no es sólo una cuestión hispana.

Tampoco se sabe, por ejemplo, qué demonios ha pasado con el cadáver de Mozart, aunque anda dando tumbos por ahí una supuesta calavera suya que no parece muy fiable. Nunca hubiera imaginado, antes de leer los libros de Concostrina, el enorme trajín necrofílico que nos traemos en todas partes del mundo con los muertos.

Pero la historia más alucinante de este segundo tomo de cadáveres es la de Paganini (1748-1840), el violinista más genial de todos los tiempos, porque era capaz de tocar 1008 notas por minuto, cosa que nadie más ha conseguido. De hecho era tan rápido que la gente creía que estaba endemoniado. Cuando murió, a los 57 años, la Iglesia Católica se negó a enterrarlo, con el argumento de que era satánico. Sus amigos, desesperados, escondieron su cuerpo y lo metieron en una cuba de aceite para conservarlo. Al fin, en 1876, el Papa Pío Nono permitió que los restos fueran enterrados.

Así de irracionales nos ponemos cuando nos aproximamos a la oscuridad temible de la muerte.

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