Los datos de Onusida son más que claros: más de la mitad de las personas que viven con VIH en el mundo (concretamente, el 53 %) son mujeres o niñas, según las “Últimas estadísticas sobre el estado de la epidemia de sida”, pero epidemiológicamente no se le toma el peso a la cuestión (y generalmente, en lo individual, tampoco). Así las cosas, la frase resonó con fuerza: “Las mujeres cis no son consideradas población clave”, dijo, con todas las letras, la doctora Ana Amuchástegui, psicóloga por la Universidad Autónoma Metropolitana, experta en Estudios sobre Sexualidad, Género, Salud y Derechos Humanos de la Universidad de Columbia, integrante del primer panel del Latina Forum del XXII Simposio Científico Regional de Fundación Huésped, cuyo sugerente título fue “El VIH tiene cara de mujer”.
Su mirada, explicó allí y luego en charla con IntraMed, parte de principios de la biopolítica, entre otros, el de “la vida como un bien que se administra en el ámbito público”. De hecho, es un tema que viene trabajando hace tiempo y puede leerse en profundidad, por ejemplo, en un trabajo publicado en 2022 con Angélica Aremy Evangelista García, doctora en Ciencias Sociales y Humanísticas por la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas. Allí realizan un profundo análisis de la situación a partir de un estudio de caso en el que la teoría feminista permitió aproximarse de un modo novedoso a los condicionantes sociales que dificultaban –y siguen dificultando– el acceso de mujeres con VIH/sida del estado de Chiapas a la atención especializada.
“La investigación social cualitativa acerca de mujeres cisgénero y VIH/sida en México ha sido escasa, en comparación con lo publicado acerca de las llamadas poblaciones clave, principalmente hombres gais, mujeres trans y hombres que tienen sexo con hombres”, señala el texto. Y esto que ocurre en México sucede en todas partes del mundo.
¿Cuál es la razón? Una de las “diapos” de su presentación en el Simposio, titulada “Género y administración de la Vida: biopolítica en la epidemia del VIH en México”, pegó fuerte: señalaba que en 2015 el 87 % de mujeres cisgénero con VIH de la Ciudad de México habían adquirido la infección durante el sexo sin protección con sus parejas masculinas estables. Cifras más actuales, publicadas en el sitio del Gobierno de México, señalan que en el país ese porcentaje ya era de 90 en diciembre de 2023… Para ese mismo año, según datos del Centro Nacional para la Prevención y el Control del VIH/Sida (Censida), una de cada cinco personas seropositivas eran mujeres.
“¿Hasta dónde el paradigma de las ‘poblaciones claves’ sigue vigente?”, se preguntó nuestra experta, y explicó, sobre la base del concepto de “razón de masculinidad” (RM), cómo se fue modificando la pandemia de VIH.
A nivel planetario, en la década de 1980, poco después del hallazgo de lo que se describió por primera vez como “extraña neumonía” en hombres homosexuales y fue llamado luego sida, la población clave estaba formada fundamentalmente por hombres que tienen sexo con hombres (HSH), lo que –digámoslo de paso– dio origen al terrible apelativo de “peste rosa” acuñado por medios mexicanos. Sigamos. Durante esa década la RM era muy alta: llegaba hasta a 10:1 en algunos países occidentales. Concretamente, en México –nos informó nuestra especialista–, la RM era en 1985 de 10:4. Pero para 1990 la trasmisión heterosexual se fue generalizado, y en lugares como África subsahariana y partes del Caribe y de Asia, la RM bajó drásticamente; en algunos casos se invirtió.
Actualmente, en América latina la transmisión del VIH sigue siendo más frecuente entre HSH, pero la RM es bastante más pareja. Las cifras que nos compartió Amuchástegui muestran que en México la relación es de 4,5:1. Pero hay variaciones: en Ciudad de México, es de 9:1, y en el sur del país, de 3:1. “Y en estados como Oaxaca o Chiapas casi se puede hablar de paridad; por eso es clave hacer un análisis estructural del comportamiento de la epidemia”, agregó.
¿Qué tienen de especial las mujeres cisgénero? |
En realidad, muchas cosas; pero dependen de un montón de variables, por ejemplo, de dónde ellas viven. Y por eso vamos a centrarnos en América latina, y más concretamente en México, que es “el laboratorio” de Amuchástegui.
“Biopolíticamente, el orden de género es el eje para la gobernanza; el sujeto de derecho no es la mujer, sino su capacidad reproductiva”, señaló. “De hecho –destacó–, en México la única política de Estado relacionada con mujeres cisgénero respecto de VIH es la de transmisión vertical; lo que se protege es el feto, no la mujer”, agregó, y señaló que eso tiene muchas consecuencias; por ejemplo, que las campañas de prevención no suelen estar pensadas para ellas.
“En la gran mayoría de las mujeres cisgénero la infección sucede en un contexto de heterosexualidad reproductiva, que implica condiciones de desigualdad que son particulares de estas mujeres”, añadió, y explicó que esas condiciones son resultado de un entramado social cuyas normas de masculinidad normalizan la infidelidad, combinada con una práctica sexual sin protección, por considerar el matrimonio un espacio “seguro” (cuando la realidad es una monogamia unilateral en el 85 % de los casos). “A ello se suma la supervivencia del mandato del débito conyugal y de relaciones de subordinación frente al marido; distribución inequitativa de trabajo de cuidados… y el secreto y el estigma en torno de la bisexualidad masculina”, agregó. Combo explosivo…
El panorama no es bueno, pero lo peor es que en general no se tiene en cuenta -y no solo en México- a la hora de diseñar políticas públicas. “Mujeres, niños y niñas no son considerades población clave ni en términos de prevalencia, ni de la respuesta”, advirtió Amuchástegui, y señaló una gran diferencia con los grupos que sí integran “poblaciones clave”.
Resaltó que entre los varones gay existió, desde los albores de la epidemia, una organización previa por lo que ella llama “legitimidad de práctica e identidad sexual”, que les permitió organizarse por sus derechos. En cambio, entre las mujeres con VIH –explicó– “no hay organización previa en torno de práctica o identidad alguna, y les es ajeno el lenguaje de derechos”.
“Entonces, a pesar de que la experiencia del acompañamiento se ha tornado esencial para la incorporación a los servicios de salud y adherencia al tratamiento antirretroviral de personas que han sido diagnosticadas con VIH, las mujeres con VIH en general no se organizan en México, pues sus condiciones a adquirir la infección no incluyen conocerse entre sí, ni tener redes en las cuales la información sobre VIH circule”, agergó. “De esa manera, la organización de las mujeres ha resultado sumamente difícil, y los inconvenientes son muchos; por un lado, desafortunadamente el gobierno federal suspendió la convocatoria para la participación de organizaciones de la sociedad civil en acciones de prevención. Además, se han reducido considerablemente los fondos para investigación de mujeres y VIH en las financiadoras internacionales”, añadió.
Urge tomar acción |
A la hora de pensar la prevención, la realidad es preocupante, pues son indispensables (en México y en toda América latina) dos términos de una ecuación: personal de salud que conozca la situación y plantee la oferta a la población específica, y la participación activa de las personas en riesgo. Nuestra experta compartió con IntraMed datos de una investigación de dos colegas, Alicia Piñeirúa Menéndez (infectóloga, Maestra en Salud Pública e Investigadora Asociada en el equipo de Economía de la Salud del Instituto Nacional de Salud Pública) y Ubaldo Ramos Alamillo (subdirector Médico de la Clínica Especializada Condesa, de la Ciudad de México). El trabajo, titulado “El personal médico y la visibilidad de las mujeres en la epidemia del VIH en México”, destaca “la imposibilidad por parte del personal de salud de identificar a las mujeres monógamas en unión conyugal como poblaciones en riesgo de adquirir infección por VIH. Estas ideas preconcebidas (…) persisten independientemente del conocimiento científico que los trabajadores de la salud puedan tener. (…) El mayor conocimiento acerca de la infección no modifica necesariamente la percepción social de los médicos respecto de aquellos que se encuentran ‘en riesgo’ de adquirir la infección”.
“En el fondo, hoy es difícil tener claro cuánto sabe el personal de salud en México al respecto, pero la poca investigación disponible muestra mucha dificultad para reconocer el riesgo de las mujeres unidas (es decir, una pareja monogámica estable); por ese motivo, es fundamental y urgente formar al personal de salud en los aspectos sociales de la epidemia”, resaltó Amuchástegui.
“Por otro lado, es también urgente que regresemos a campañas dirigidas al público en general, y que estas tomen en cuenta el orden de género y la heterosexualidad como parte de la epidemia”, agregó. En esa población heterosexual, el pivote para impedir la propagación del virus en las mujeres cis son sus parejas, y según datos de 2025 proporcionados por WifiTalents Market Inteligence, solo el 28 % de los hombres sexualmente activos en América Latina y el Caribe reportaron el uso sistemático del condón. Ello implica –señaló Amuchástegui– que se hace necesario construir estrategias para que los hombres heterosexuales sepan que es clave el uso de profilaxis preexposición (PREP).
Si el uso del condón, que todo el mundo conoce, se hace cuesta arriba, ¿qué esperanzas tenemos de que generalice la PREP?, le preguntamos. Ellas las tiene: “Justamente, estamos iniciando en Chiapas una pequeña exploración de la aceptabilidad del PREP en hombres unidos, en alianza con grupos de alcohólicos anónimos”, nos respondió a esa pregunta.
Es un pequeño paso, que ojalá se transforme en camino. En México y en toda América latina… la cuestión es empezar a trabajar con nuevos paradigmas.