Arrasado por quince años de guerra civil, Mozambique enfrenta hoy una amenaza aún mayor, que no sabe de treguas ni de banderas blancas: el sida. Se estima que el 16% de su población adulta es portadora del HIV y que cada año nacen 25.000 chicos que han contraído la infección dentro del vientre materno.
Hacia ese devastado país partió, a principios de mayo, Brenda Dalton. Esta enfermera de 29 años, que normalmente se desempeña en el Hospital Italiano, integra un proyecto de lucha contra el sida que lleva adelante en Mozambique la Comunidad de Sant’Egidio, un movimiento de laicos comprometido con la solidaridad con los más pobres.
Durante 25 días Brenda participó de la atención médica de adultos y chicos portadores de HIV, como también de la asistencia sanitaria de los habitantes de aldeas alejadas de los centros urbanos, que carecen de médicos.
“Recibí la invitación (a participar del proyecto) con mucha alegría y con muchas ganas de ir a trabajar a Mozambique”, asegura Brenda, ya de regreso en Buenos Aires.
Resignación y resurrección
“Hace 16 años que formo parte de la Comunidad de Sant’Egidio”, cuenta Brenda. Esta comunidad está profundamente vinculada con el devenir de ese país, ya que en 1992 sus integrantes participaron como mediadores del proceso de paz que dio por terminada la guerra civil.
Una vez finalizada, la guerra cedió su lugar al sida, una afección que contó con un contexto sociocultural inmejorable para su diseminación. “Antes de que la comunidad comenzara a trabajar en sida, en Mozambique no se creía que se pudiera hacer algo para mejorar la calidad de vida de los pacientes con HIV –explica Brenda–. Sin acceso a los tratamientos, que eran muy costosos para el gobierno, que además desconocía su utilidad, los enfermos simplemente se resignaban a morir.”
Proveer las terapias antirretrovirales en forma gratuita es uno de los pilares de este proyecto de lucha contra el sida en Mozambique. “Era impresionante ver cómo los pacientes al tiempo de tomar los medicamentos se levantaban de la cama y volvían a sus actividades cotidianas; era como una resurrección.”
La salud de quienes reciben los medicamentos es evaluada periódicamente por asistentes locales entrenados por médicos de la comunidad. Las tareas de formación profesional también abarcaron a un grupo de médicos y a uno de bioquímicos mozambiqueños.
“Estos se formaron en Italia y ahora están trabajando en un laboratorio de biología molecular que montó la comunidad en Maputo (la capital) –prosigue Brenda–; éste es el primer laboratorio público que realiza análisis de HIV en Mozambique.”
En un centro de salud cercano a Maputo, Brenda participó de una de las facetas fundamentales del programa: el control médico de mujeres embarazadas HIV positivo, para evitar que transmitieran el virus a sus hijos.
“Esta parte del programa empezó hace algo más de un mes, y ya son varias las embarazadas diagnosticadas que están tomando la medicación –dice–. En junio nacerá el primero de estos chicos, probablemente sin HIV gracias al trabajo de la comunidad.”
“Poder estar allí para trabajar y ayudar a esta gente fue muy importante para mí como experiencia personal –confiesa Brenda–. Espero poder volver pronto.”