Noticias médicas
Publicado el 30 de junio de 2008
Nature Medicine
Un fármaco anticanceroso para reducir las secuelas del ictus
La terapia contra el infarto cerebral sólo es útil si se da dentro de las tres primeras horas. Administrar antes el antitumoral Imatinib podría aumentar ese límite y beneficiar a más pacientes.
NEUROLOGÍA
ISABEL PERANCHO
Un paciente es atendido en la unidad de ictus de un hospital español. / EL MUNDO
Y todo gracias a otro medicamento, un popular anticanceroso, el Glivec (imatinib), que se emplea en cierto tipo de leucemia y en otros tumores. El trabajo que publica el último Nature Medicine revela cómo administrar este antitumoral antes de dar el trombolítico tPA (acrónimo en inglés de activador del plasminógeno tisular), el fármaco que elimina el coágulo cerebral, incrementa el límite temporal en que este último es eficaz.
El interés del hallazgo es tal que los autores del trabajo, dos equipos de la Universidad de Michigan (Estados Unidos) y del Instituto Karolinska, en Estocolmo (Suecia), ya están preparando un ensayo en humanos para confirmar los resultados observados en los animales.
El motivo es que el 80% de los 15 millones de infartos cerebrales que se producen cada año en el mundo obedece a lo que se conoce como ictus isquémico, el causado por un trombo cuando ocluye un vaso sanguíneo. El único tratamiento para desbloquearlo y reducir las secuelas neurológicas es el tPA, pero apenas una minoría de los candidatos llega al hospital a tiempo de recibirlo.
El problema es que su utilidad se limita a las tres primeras horas tras el accidente. Transcurrido ese plazo, puede causar más daño que beneficio, ya que se asocia a un riesgo elevado de hemorragia.
Los mencionados equipos científicos han desentrañado la causa última de esta dualidad del tPA mediante experimentos celulares y moleculares. Además de su efecto fibrinolítico, este producto pone en marcha, de forma independiente, otro mecanismo de acción a nivel celular que afecta a la permeabilidad de la barrera hematoencefálica, una especie de frontera entre los vasos sanguíneos y el sistema nervioso central, que impide el paso de muchas sustancias tóxicas permitiendo, en cambio, el de nutrientes y oxígeno.
Al parecer, el riesgo de hemorragia asociado al tPA es debido a que activa a otra proteína, denominada PDGF-CC (un factor de crecimiento derivado de plaquetas), que tiene la capacidad de alterar la integridad de la citada barrera haciéndola más porosa y permeable.
Pero la mejor noticia es que la acción de este último enzima depende, a su vez, de que se una a un receptor específico que puede bloquearse, lo que permitiría al tPA hacer su trabajo trombolítico durante un tiempo más prolongado sin el riesgo de despertar al PDGF latente en el cerebro y de causar, por tanto, un sangrado. Y el producto capaz de cortar este proceso no es otro que el antitumoral Glivec, del que ya se sabía que actuaba sobre ese mismo receptor del PDGF.
Para confirmar su teoría, los científicos compararon a dos poblaciones de ratones a los que se les indujo un infarto cerebral. A unos se les dio imatinib después del ictus. El volumen de la lesión se redujo un 34%, lo que sugiere que interferir en la cascada del PDGF puede mejorar el pronóstico del infarto.
Pero con el fin de comprobar si el anticanceroso podría reducir también las complicaciones asociadas al uso tardío del tPA, se lo dieron a otros ratones una hora después del accidente y esperaron otras cinco para administrar el trombolítico. El riesgo de hemorragia se redujo un 50% entre los animales que tomaron Glivec en comparación con los que no lo recibieron. Los resultados, aún preliminares, marcan el camino para el desarrollo de una terapia combinada que podría ser útil para ampliar la ventana de tres horas para el uso de la terapia trombolítica, reduciendo a la vez las potenciales complicaciones hemorrágicas.
Tratamiento cerebrovascular combinado
La pregunta de si Glivec puede prolongar también en humanos el efecto beneficioso del tPA reduciendo su potencial hemorrágico recibirá respuesta en unos meses. El Hospital Karolinska ya tiene previsto poner en marcha un ensayo controlado que evaluará la seguridad y la viabilidad del uso de imatinib, sólo o en combinación con el trombolítico, en pacientes de ictus. Dos de las dudas son qué dosis y qué pauta de tratamiento se debe usar, ya que su aplicación antitumoral puede diferir de la cerebrovascular: se sabe que Glivec no cruza muy eficazmente la barrera hematoencefálica, aunque sí está presente en el sistema nervioso central cuando se administra por vía oral.
Publicado el 30 de junio de 2008
Nature Medicine
Un fármaco anticanceroso para reducir las secuelas del ictus
La terapia contra el infarto cerebral sólo es útil si se da dentro de las tres primeras horas. Administrar antes el antitumoral Imatinib podría aumentar ese límite y beneficiar a más pacientes.
Un paciente es atendido en la unidad de ictus de un hospital español. / EL MUNDO
Y todo gracias a otro medicamento, un popular anticanceroso, el Glivec (imatinib), que se emplea en cierto tipo de leucemia y en otros tumores. El trabajo que publica el último Nature Medicine revela cómo administrar este antitumoral antes de dar el trombolítico tPA (acrónimo en inglés de activador del plasminógeno tisular), el fármaco que elimina el coágulo cerebral, incrementa el límite temporal en que este último es eficaz.
El interés del hallazgo es tal que los autores del trabajo, dos equipos de la Universidad de Michigan (Estados Unidos) y del Instituto Karolinska, en Estocolmo (Suecia), ya están preparando un ensayo en humanos para confirmar los resultados observados en los animales.
El motivo es que el 80% de los 15 millones de infartos cerebrales que se producen cada año en el mundo obedece a lo que se conoce como ictus isquémico, el causado por un trombo cuando ocluye un vaso sanguíneo. El único tratamiento para desbloquearlo y reducir las secuelas neurológicas es el tPA, pero apenas una minoría de los candidatos llega al hospital a tiempo de recibirlo.
El problema es que su utilidad se limita a las tres primeras horas tras el accidente. Transcurrido ese plazo, puede causar más daño que beneficio, ya que se asocia a un riesgo elevado de hemorragia.
Los mencionados equipos científicos han desentrañado la causa última de esta dualidad del tPA mediante experimentos celulares y moleculares. Además de su efecto fibrinolítico, este producto pone en marcha, de forma independiente, otro mecanismo de acción a nivel celular que afecta a la permeabilidad de la barrera hematoencefálica, una especie de frontera entre los vasos sanguíneos y el sistema nervioso central, que impide el paso de muchas sustancias tóxicas permitiendo, en cambio, el de nutrientes y oxígeno.
Al parecer, el riesgo de hemorragia asociado al tPA es debido a que activa a otra proteína, denominada PDGF-CC (un factor de crecimiento derivado de plaquetas), que tiene la capacidad de alterar la integridad de la citada barrera haciéndola más porosa y permeable.
Pero la mejor noticia es que la acción de este último enzima depende, a su vez, de que se una a un receptor específico que puede bloquearse, lo que permitiría al tPA hacer su trabajo trombolítico durante un tiempo más prolongado sin el riesgo de despertar al PDGF latente en el cerebro y de causar, por tanto, un sangrado. Y el producto capaz de cortar este proceso no es otro que el antitumoral Glivec, del que ya se sabía que actuaba sobre ese mismo receptor del PDGF.
Para confirmar su teoría, los científicos compararon a dos poblaciones de ratones a los que se les indujo un infarto cerebral. A unos se les dio imatinib después del ictus. El volumen de la lesión se redujo un 34%, lo que sugiere que interferir en la cascada del PDGF puede mejorar el pronóstico del infarto.
Pero con el fin de comprobar si el anticanceroso podría reducir también las complicaciones asociadas al uso tardío del tPA, se lo dieron a otros ratones una hora después del accidente y esperaron otras cinco para administrar el trombolítico. El riesgo de hemorragia se redujo un 50% entre los animales que tomaron Glivec en comparación con los que no lo recibieron. Los resultados, aún preliminares, marcan el camino para el desarrollo de una terapia combinada que podría ser útil para ampliar la ventana de tres horas para el uso de la terapia trombolítica, reduciendo a la vez las potenciales complicaciones hemorrágicas.
Tratamiento cerebrovascular combinado
La pregunta de si Glivec puede prolongar también en humanos el efecto beneficioso del tPA reduciendo su potencial hemorrágico recibirá respuesta en unos meses. El Hospital Karolinska ya tiene previsto poner en marcha un ensayo controlado que evaluará la seguridad y la viabilidad del uso de imatinib, sólo o en combinación con el trombolítico, en pacientes de ictus. Dos de las dudas son qué dosis y qué pauta de tratamiento se debe usar, ya que su aplicación antitumoral puede diferir de la cerebrovascular: se sabe que Glivec no cruza muy eficazmente la barrera hematoencefálica, aunque sí está presente en el sistema nervioso central cuando se administra por vía oral.