A mediados de enero, un grupo de médicos y estudiantes de Medicina argentinos decidieron dar por terminado un experimento que ponía en riesgo su vida: estaban a más de 5300 metros de altura y 20 grados bajo cero, y a merced de la furia del Aconcagua que -en un hecho inusual para la época- los recibía con violentas tormentas y mal clima.
"En situaciones como ésa, la combinación de falta de tiempo y obstinación por llegar a la cumbre a como dé lugar puede ser fatal", dice Hernán Pinto, uno de los 19 voluntarios, hombres y mujeres, que el 6 del mes último se lanzaban a la conquista de la montaña más alta de los Andes con un objetivo científico: analizar los síntomas y signos que revelan la aparición del mal agudo de montaña, una patología que se presenta a medida que los parámetros fisiológicos del organismo humano se desequilibran por los efectos de la altura.
El estudio, realizado por la Sociedad Argentina de Medicina de Montaña, estudió las diferencias fisiológicas que producen dos técnicas típicas, el ascenso escalonado (subir y aclimatarse antes de seguir ascendiendo) y el ascenso en serrucho (ascender y descender de acuerdo con un plan previamente trazado), e intentó relacionar parámetros subjetivos, como el dolor de cabeza, con otros objetivos, como la saturación de oxígeno en la sangre.
Camino a la cumbre
"Correlacionamos el score autorreferencial que se conoce actualmente con mediciones clínicas, como la frecuencia cardíaca", explica Carlos Pesce, deportólogo de la sociedad.
El Aconcagua es una de las montañas más concurridas del mundo. Atrae anualmente a alrededor de 4000 personas y, por sus características topográficas, tiene una alta incidencia de esta patología.
"Allí, el mal agudo de montaña es particularmente más frecuente porque lo que se llama ruta normal no presenta mayores dificultades técnicas -dice Pinto-. Puede hacerse caminando y ascender muy rápido, por lo que en muchos casos la aclimatación es insuficiente o inadecuada."
Un estudio realizado en 2001 sobre casi mil andinistas reveló que por lo menos el 40% de los que desafían el Aconcagua sufre mal de montaña, caracterizado, entre otros síntomas, por dolores de cabeza, náuseas, falta de apetito, inestabilidad y fatiga excesiva. Su aparición depende de un balance entre la velocidad con que uno se expone a la altura y la altura que alcanza.
"Encuestar a los andinistas fue una tarea difícil -recuerda Pesce-, porque los esperábamos a la salida del puesto de guardaparques y llegaban muy cansados. La única expectativa que tenían era encontrarse con algo de comida, y con el chárter que los lleva a Puente del Inca a darse una ducha y a la civilización."
Según los investigadores, para el mal de montaña no hay diferencias significativas entre los sexos. Pero sí existiría una predisposición genética a la buena o mala respuesta a la altura. "Hay personas que se adaptan más fácilmente que otras -advierte el especialista-. Son antecedentes que hay que tomar muy en cuenta cuando alguien está planeando una ascensión."
El estudio 2002 demostró, por otro lado, que en principio no habría diferencias entre el ascenso escalonado y el ascenso en serrucho. Con respecto a las mediciones, los resultados preliminares sugieren que pueden utilizarse para comprobar la evolución individual a medida que se asciende.
"El principal remedio para curar las patologías relacionadas con la altura es... descender -dicen los médicos. Y recomiendan-: Por eso, lo fundamental es no arriesgarse, hacer una buena aclimatación en alturas intermedias e interrumpir el ascenso si se presentan síntomas. En momentos como ésos, la asociación de falta de tiempo, reticencia a dejar la expedición y orgullo personal pueden presentar un peligro que es mejor no correr."
Publicado el 27 de febrero de 2002
Medicina de alto vuelo: analizaron cómo responde el cuerpo en las alturas
Un equipo médico desafió el Aconcagua
Diecinueve voluntarios ascendieron hasta los 5300 metros para estudiar el mal de montaña. Eran hombres y mujeres, médicos y estudiantes avanzados de Medicina. Más del cuarenta por ciento de los andinistas que visitan esta montaña sufre la patología.
Fuente: La Nación
A mediados de enero, un grupo de médicos y estudiantes de Medicina argentinos decidieron dar por terminado un experimento que ponía en riesgo su vida: estaban a más de 5300 metros de altura y 20 grados bajo cero, y a merced de la furia del Aconcagua que -en un hecho inusual para la época- los recibía con violentas tormentas y mal clima.
"En situaciones como ésa, la combinación de falta de tiempo y obstinación por llegar a la cumbre a como dé lugar puede ser fatal", dice Hernán Pinto, uno de los 19 voluntarios, hombres y mujeres, que el 6 del mes último se lanzaban a la conquista de la montaña más alta de los Andes con un objetivo científico: analizar los síntomas y signos que revelan la aparición del mal agudo de montaña, una patología que se presenta a medida que los parámetros fisiológicos del organismo humano se desequilibran por los efectos de la altura.
El estudio, realizado por la Sociedad Argentina de Medicina de Montaña, estudió las diferencias fisiológicas que producen dos técnicas típicas, el ascenso escalonado (subir y aclimatarse antes de seguir ascendiendo) y el ascenso en serrucho (ascender y descender de acuerdo con un plan previamente trazado), e intentó relacionar parámetros subjetivos, como el dolor de cabeza, con otros objetivos, como la saturación de oxígeno en la sangre.
Camino a la cumbre
"Correlacionamos el score autorreferencial que se conoce actualmente con mediciones clínicas, como la frecuencia cardíaca", explica Carlos Pesce, deportólogo de la sociedad.
El Aconcagua es una de las montañas más concurridas del mundo. Atrae anualmente a alrededor de 4000 personas y, por sus características topográficas, tiene una alta incidencia de esta patología.
"Allí, el mal agudo de montaña es particularmente más frecuente porque lo que se llama ruta normal no presenta mayores dificultades técnicas -dice Pinto-. Puede hacerse caminando y ascender muy rápido, por lo que en muchos casos la aclimatación es insuficiente o inadecuada."
Un estudio realizado en 2001 sobre casi mil andinistas reveló que por lo menos el 40% de los que desafían el Aconcagua sufre mal de montaña, caracterizado, entre otros síntomas, por dolores de cabeza, náuseas, falta de apetito, inestabilidad y fatiga excesiva. Su aparición depende de un balance entre la velocidad con que uno se expone a la altura y la altura que alcanza.
"Encuestar a los andinistas fue una tarea difícil -recuerda Pesce-, porque los esperábamos a la salida del puesto de guardaparques y llegaban muy cansados. La única expectativa que tenían era encontrarse con algo de comida, y con el chárter que los lleva a Puente del Inca a darse una ducha y a la civilización."
Según los investigadores, para el mal de montaña no hay diferencias significativas entre los sexos. Pero sí existiría una predisposición genética a la buena o mala respuesta a la altura. "Hay personas que se adaptan más fácilmente que otras -advierte el especialista-. Son antecedentes que hay que tomar muy en cuenta cuando alguien está planeando una ascensión."
El estudio 2002 demostró, por otro lado, que en principio no habría diferencias entre el ascenso escalonado y el ascenso en serrucho. Con respecto a las mediciones, los resultados preliminares sugieren que pueden utilizarse para comprobar la evolución individual a medida que se asciende.
"El principal remedio para curar las patologías relacionadas con la altura es... descender -dicen los médicos. Y recomiendan-: Por eso, lo fundamental es no arriesgarse, hacer una buena aclimatación en alturas intermedias e interrumpir el ascenso si se presentan síntomas. En momentos como ésos, la asociación de falta de tiempo, reticencia a dejar la expedición y orgullo personal pueden presentar un peligro que es mejor no correr."