Juan Pablo Casas
Sara Slipchinsky (59) atiende el celular en pleno supermercado de Toronto, Canadá. Está visitando a su hijo Gustavo. El menor, Javier, vive con ella en Buenos Aires. Después se irá a Nueva York, también de paseo. Sin embargo, lleva en sus bolsos los catálogos de sus últimas obras (fotos, objetos de arte, gráficas) para probar suerte en distintas galerías. Desde hace cinco años desarrolló su vocación como artista: cursos, talleres, seminarios y conferencias le fueron ganando lugar a su trabajo como psicoanalista: "Sólo atiendo mi consultorio, mis pacientes. No más hospitales ni clases en la UBA. Ese tiempo ahora se lo dedico a mi otra carrera".
La pregunta ¿qué querés ser cuando seas grande? ya no tiene sentido hacérsela sólo a los nenes. En los últimos tiempos también se le debe plantear a alguien de 50 años, como Sara. Porque ante la expansión de la longevidad, los especialistas afirman que cada vez son más las personas que "viven una segunda vida". Son los casos de gente que a esa edad cambia de profesión, estudia una segunda carrera con intenciones de ejercerla, desarrolla alguna vocación postergada por las obligaciones laborales o directamente concreta el viejo sueño de escapar de la agobiante rutina de las grandes ciudades y radicarse en los pequeños pueblos trabajando de algo totalmente distinto a lo que hacían.
"En los últimos años aumentó la cantidad de personas que llegan a los 60 ó 65 y se sienten capacitadas para seguir trabajando. O se dan cuenta de que tienen cuerda para más. Esto es, encarar nuevos proyectos o concretar viejas ilusiones en torno a sus trabajos, vocaciones o, incluso, familias", reconoce el médico Noé Vinocur, secretario de la Sociedad Argentina de Gerontología y Geriatría (SAGG). Los especialistas remarcan: el gran desafío de la medicina del siglo XXI es lograr que la longevidad conquistada se disfrute más tiempo lejos del geriátrico u hospitales.
Las estadísticas marcan la expansión del fenómeno. Tic. Tic. Cada dos segundos, una persona en el mundo cumple 50 años. Tac. Tac. Tac. Cada tres segundos una persona cumple 60. Los científicos estiman que en 2050 entre el 20 y el 25% de la población mundial tendrá más de 60 años. La generación del "baby boom" —los nacidos entre 1946 y 1964, precisan los expertos— le marca al planeta una nueva manera de envejecer, muy distinta a la de sus padres y diametralmente opuesta a la de sus abuelos.
Como la de Sara y su relación con el arte. Sus trabajos pueden verse en www.saraslipchinsky.com. "Al principio mis hijos pensaron que era un hobbie, pero cuando expuse y finalmente vendí un par de obras me tomaron en serio", cuenta entre risas. Junto con otros colegas expuso en ArteBA, Expotrastiendas, México, Panamá, Rumania, Austria y Brasil. Y hay puntas para montar muestras en Guatemala y otras partes de América. "Entrar al mundillo del arte me renovó muchísimo. Hay un plus de alegría y entusiasmo en todo lo que hago. Siento que me hace bien: conocer otros ámbitos, personas, ciudades, culturas", resalta Slipchinsky, quien primero fue maestra jardinera, después psicóloga y finalmente psicoanalista experta en niñez y familia.
Mientras en el INDEC siguen marcando los 64 años como el límite de la vida activa de un hombre (¡60 es el de las mujeres!), los especialistas se animan a hablar de una "cuarta edad", aunque no se ponen de acuerdo dónde termina la segunda y empieza la tercera. Y advierten que en la Argentina, por condiciones culturales, sociales y económicas de la región, existe un dispar proceso de envejecimiento.
"El fenómeno también tiene otro costado. La gran tasa de desempleo en la franja de los 45 a 60 años. Pensemos en una persona de esa edad, lúcida, activa, bien físicamente, pero en retiro laboral por el empuje de colegas más jóvenes. ¿Qué hace con todo el tiempo libre que le queda por delante?", se pregunta Vinocur.
Estudiar, por ejemplo. Lo resalta un sondeo hecho por Clarín entre distintas universidades nacionales: en promedio, uno de cada cinco alumnos tiene más de 40 años. En la de San Martín la tasa es del 18%, del 21% en la de Tres de Febrero y trepa al 23% en la de Lanús. Allí, hace un año abrieron el Area de Adulto Mayor, para atender las necesidades de gran parte de sus estudiantes. El fenómeno, aunque en menor medida, también se siente en las privadas. La Universidad de Morón (UM), por caso, tiene casi un 7% de alumnos mayores. En algunas de ellas las cifras de alumnos veteranos se duplican en los posgrados y en los cursos de extensión, una manera de profesionalizar un viejo hobbie.
"Las artes plásticas siempre fueron una vocación para mí. Nunca hice talleres hasta que en 1998, después de quedar viuda, los retomé. Y ahí explotó del todo", dice Slipchinsky, quien no piensa dejar su trabajo en el consultorio: "El psicoanálisis también es una pata importante de mi vida y no lo voy a dejar. Me gusta lo que hago y trataré de seguir hasta que me dé el cuero".
Aunque entienden que representa un fenómeno de clase (de sectores medios a altos), los expertos celebran esta nueva forma de envejecimiento. "Las personas que encaran proyectos a esta edad se muestran más activas y saludables. En realidad, más que envejecer, rejuvenecen. Es mentira que la vida empieza a los 40. A los 50 ó 60 también se puede arrancar", concluye Vinocur.
La mezcla ideal
Sergio Danishewsky
sdanishewsky@clarin.com
Que quedan energías como para empezar de nuevo pasados los 50 es innegable. Lo aseguran los estudiosos y lo ilustran los ejemplos de estas páginas. Pero lo corroboraría de todos modos la percepción y la experiencia personal, con sus indicadores caseros: si nos detenemos a observar cómo juegan nuestros padres con nuestros hijos, por ejemplo. Cómo los viejos van otra vez a la escuela y aprenden de los pibes y de los nuevos métodos. Y, ya sin intermediarios, cómo el tiempo los hace sabios para ser pacientes con la soberbia de sus hijos. La longevidad creciente está alumbrando una combinación inmejorable: la que resulta de mezclar la energía intacta con la experiencia que dan los años. Como para no tener ganas de volver a empezar.
Vivir más y tener plata, la clave del milagro alemán
Andan en bicicleta, chatean en los foros de Internet, organizan caminatas por toda Europa o se inscriben en una universidad. En Alemania, los de más de 50 no sólo se ven y se sienten jóvenes, sino que consumen con avidez nuevas tendencias y servicios.
Tanto es así que hace 15 días se abrió en el oeste del país un instituto terciario exclusivo para los que ya pasaron los 50. El "Centro Europeo para Estudios Universitarios en la Tercera Edad" ofrece un carrera de formación general en el balneario de Bad Meinberg, en Renania-Westfalia. Los estudiantes asisten a clases dos veces por semana y el resto de los días pueden estudiar a distancia o hacer curas de talasoterapia, darse masajes, nadar o descansar en los numerosos hoteles cercanos dedicados a la salud. En 2007 arrancará la carrera de "senior consultant", destinada a que los mayores aprendan a volcar su experiencia laboral y vital a nuevos proyectos empresarios.
La "universidad para ancianos" surgió a partir de la cada vez mayor presencia de jubilados en las universidades. Aunque muchas veces sólo pueden asistir como oyentes, se calcula que unos 20 mil estudiantes alemanes tienen más de 60 años y casi la mitad de ellos tiene incluso más de 70.
"La creciente esperanza de vida y el buen poder adquisitivo de los mayores de 60 hará que jueguen un papel cada vez más importante en nuestra sociedad", explicó Peter Markus, coordinador de una academia de la iglesia protestante, en declaraciones al canal DZF. De ahí que también la industria electrónica quiera captar con nuevos productos a este numeroso y pudiente grupo (los mayores de 60 constituyen el 21% de la población alemana). Los celulares con teclas grandes y vistosas o los sistemas de navegación (GPS) "fáciles de manejar" son sólo algunos ejemplos de productos destinados especialmente a los mayores.
En Internet, además, cada vez hay más páginas y foros para ellos. Por caso, en www.ahano.de pueden buscar un puesto para colaborar ad honorem en un club infantil, cuidar chiquitos como "abuelos postizos", encontrar un compañero sentimental de más de 55 o pedir consejos sobre viajes y salud.
Conviene mantener vivas las ilusiones
Juan Hitzig
Esp. en gerontología
El siglo XX fue de constantes revoluciones: algunas notorias, otras más silenciosas. Uno de sus aspectos cruciales resultó el estallido de la longevidad. En apenas 40 años, la expectativa de vida aumentó unos 20. Es un fenómeno único en la historia: nunca hubo tanta gente a las puertas de la vejez. La generación del "baby boom" hoy cumple entre 50 y 60.
Hay que entender este proceso como algo global. En esa etapa de la vida, actualmente, existen transformaciones de todo tipo: en la sexualidad, en las relaciones familiares y laborales, en el consumo y hasta en el aspecto biológico. El proceso de envejecimiento de los "babies boom" no es el mismo que el de sus padres y abuelos. Tener 60 años en 2006 no es lo mismo que en 1976. Ellos marcan una nueva forma de envejecer.
Si bien la población mundial cada vez es más vieja, el proceso de envejecimiento no resulta parejo. En los países desarrollados estas transformaciones son menos violentas. Allí son más ricos y longevos. En los menos desarrollados, como la Argentina, la problemática es otra. Somos longevos, pero pobres.
Por eso también resulta imprescindible alertar a la gente de que cada vez resulta más importante un envejecimiento saludable, autónomo e independiente. Una cosa es la expectativa de vida. Y otra, la expectativa de vida saludable (EVS). En la Argentina, la primera ronda los 75 años. La segunda marca 68 (nuestro país está en el 40«ø de EVS; Japón es 1º). Esto significa que a partir de los 69 se empezarán a sentir los "achaques". En cualquier especie animal el estado de vejez apenas alcanza el 2% de una vida.
El hombre es un producto biológico de sus proyectos, ilusiones y sueños. Manteniéndolos vivos a los 50 y 60, la gente no hace otra cosa que mejorar su aspecto biológico y asegurarse vivir más tiempo y mejor.
De los números a la psicología
Casi 35 años después de haberse recibido de contador público en la UBA, Ricardo Groisman (62) está por terminar la carrera de Psicología en la Universidad de Palermo. "Me falta la tesis", aclara. Y enseguida detalla: "Será en psicocardiología. Hice una residencia en esa área en el hospital de Vicente López y ahora voy como voluntario".
Un día, en los turbulentos meses de la crisis de 2001 y 2002, Ricardo dejó de sentirse Superman. "Yo corría maratones y todo, pero por un tema de salud que supe encarar a tiempo, sentí una sensación de vulnerabilidad. Además, percibí lo efímero de lo económico. Me di cuenta de que un ciclo de mi vida había llegado a su fin: siempre trabajé full time en distintas empresas. La psicología era una asignatura pendiente. Siempre hice terapia y el tema me interesaba. Así que me animé a estudiar", cuenta Groisman, recibido en 1988 de psicólogo social en la escuela de Pichon Riviere. Le gusta resaltar el apoyo de su mujer "Peypi" y de sus hijos, Valeria, Pablo y David: "Muchos fines de semana me la pasaba estudiando o armando informes y supieron darme fuerzas y aliento".
Durante tres años y medio, Groisman cursó todos los días a la par de alumnos más jóvenes y con menos obligaciones que él. "Fue muy estimulante compartir esa experiencia con chicos que podrían ser mis hijos. O el intercambio con los docentes. Estudiar las distintas escuelas de pensamiento psicoanalítico. Conocí otra gente, otras realidades o inquietudes, profundicé conocimientos y amplié mi visión. No sólo del mundo, también de mí mismo. Me revitalizó".
Abuelo de Violeta (un año y 11 meses) y Vicente (cinco meses), hoy reparte su tiempo entre un estudio económico financiero —"Part time, más que nada como consultor", aclara— y las prácticas en el hospital.
Groisman tiene sueños y proyectos dentro de la psicología, la que piensa relacionar y enriquecer con su vieja profesión: "Seguir haciendo cursos. No para buscar más títulos o posgrados. El tema me interesa y quiero conocerlo a fondo. Pretendo ejercer como psicólogo en hospitales y tener mi consultorio".
"Buscábamos tranquilidad"
Cansado de las condiciones de vida en Buenos Aires y de las largas jornadas laborales como ingeniero en una multinacional que producía gases industriales, Ricardo Tejedor (47) largó todo: "Con mi mujer, Ana María, siempre priorizamos la calidad de vida. Tiempos más tranquilos, sin la paranoia de la inseguridad. Así que finalmente concretamos el sueño de irnos. Ahora estamos tratando de estabilizarnos".
Para la familia (dos hijas: Ayelén, 16, y Malén, 14) el cambio resultó drástico: desde 2004 viven en San Martín de los Andes, una ciudad de casi 20 mil habitantes rodeada de montaña y a orillas del lago Lácar, en plena Patagonia. Estaban entre este lugar y Bariloche. Al final, se privilegió la "vida de pueblo" que tiene la aldea.
De la ingeniería no quedaron ni rastros. "Con un socio compramos una hostería. Y hace poco, con la ayuda de mi suegro, invertí en una chocolatería. El turismo es un boom, pero no todo el año: un mes en invierno y, con suerte, dos meses en verano", remarca Ricardo, dueño de "La Fontaine" —una hostería tres estrellas— y del local "Abolengo", en la calle principal de la ciudad.
"Muchas personas vienen a San Martín y dicen lo lindo que sería vivir en este entorno, pero hay que animarse. A nosotros nos costó mucho. Hasta el último día lo pensamos. Atrás dejábamos trabajos seguros y muchos afectos. Cuesta, todavía cuesta adaptarse. Mi hija mayor sufre horrores, porque la arrancamos de sus amigos de toda la vida. La menor, en cambio, se adaptó enseguida. La historia dirá si nos equivocamos. Yo creo que no. Las cosas van saliendo bien", explica Tejedor. El viaje al Sur no sólo fue geográfico. También sirvió para conocerse mejor como persona.
Ricardo todavía no se acostumbra a su nueva profesión. "Antes, al trabajar en relación de dependencia, tenía mi sueldo a fin de mes. Ahora el mango entra con los turistas. Hay que cuidarlo de otra manera. Antes protestaba contra la relación de dependencia y ahora parece que la extraño", sonríe. Tejedor se reconoce "inconformista". Y un tipo inquieto: "Lo rutinario me mata. La chocolatería surgió así, porque en la hostería me aburría. Todo el tiempo busco nuevos proyectos".