El de la soledad, en los grandes conglomerados urbanos, no es un problema novedoso. Lo novedoso, en cambio, para mitigar el dolor de sentirse solo, son los paliativos ideados por la tecnología, y ya no por la farmacología o las ofertas remozadas de la vieja prostitución. Ahora, para buscar desahogo y consuelo ante los pesares que impone el aislamiento, es posible añadir, a esos medios tradicionales, otros hasta hoy inéditos, como por ejemplo la compañía de un robot o de una máquina capaz de "dialogar" sobre lo que se desee, así como también la de un ser virtual que, encarnado en una fotografía de tamaño natural, satisfaga con su "presencia" las más variadas necesidades.
Nunca han dejado de ser notorias las disparidades y aun las contradicciones entre el desarrollo objetivo y el empantanamiento de la subjetividad en sus eternos conflictos. Después de todo, si Sófocles sigue resultándonos tan actual es porque seguimos siendo muy antiguos. Sin embargo, en ninguna otra centuria como en la que acaba de pasar se hizo tan evidente ni resultó tan decepcionante el abismo abierto entre las posibilidades alentadas por el desarrollo científico y tecnológico y la ineptitud para encauzar su orientación y sus resultados en favor de la convivencia solidaria. Si el progreso ayudó a vivir, también ayudó a matar. Contra todas las expectativas del espíritu positivista, ni la guerra ni los mecanismos inconscientes que dan sustento a sus causas manifiestas han podido ser doblegados por el avance del saber.
El desencanto moral y afectivo del hombre con el hombre, lejos de verse
revertido por el progreso creciente, se fue acentuando. Donde debía privar la cercanía, cundieron la desconfianza y el aislamiento. Pero si la soledad de tantos ya no encuentra el camino que conduzca a un semejante, encuentra en cambio a no pocos entusiastas de los buenos negocios, persuadidos de que la soledad constituye un mercado de formidables perspectivas económicas.
Digamos que el dolor tenido por incurable puede transformarse en una fuente más que rentable. Según este criterio, si se hace difícil contar con una sociedad más humana, acaso lo sea menos contar con una sociedad más eficiente en la explotación comercial del padecimiento. En otros términos: con un nuevo y próspero mercado, el de los solos, cuyo aislamiento, no pudiendo ser contrarrestado por seres reales, podría serlo por seres virtuales. Así, al menos, lo han comprobado los promotores de este flamante abanico de alternativas tecnológicas cuya ventaja consiste en brindar compañía a quienes no pueden encontrarla, sin que los usuarios deban exponerse a ninguno de los trastornos que normalmente ocasiona el contacto real con otro.
Los japoneses han ideado un robot llamado Ifbot, de creciente demanda
comercial. Su finalidad es permitir que los ancianos afectivamente
carenciados tengan con quien conversar. Seguro de haber contribuido a
resolver un problema de larga data, el señor Tsunenori Kato, pujante
ejecutivo de la empresa productora de Ifbot, sentenció hace poco: "Hablar es muy importante para evitar la senilidad. Con este robot, la gente mayor, que a menudo está sola, puede estimular su cerebro y sentirse como si estuviera hablando con sus nietos".
De igual modo, han empezado a venderse en el Japón una almohadas llamadas "brazo de novio" (o de novia), confeccionadas con forma de torso masculino y femenino, sin cabeza y con un brazo musculoso o no, según el caso, que rellenados de gomaespuma remedan en parte los célebres muñecos inflables de un pasado reciente y ofrecen la posibilidad de sentirse abrazado al acostarse. Y ello sin riesgo de tener que enfrentar las incomodidades ulteriores a las que puede dar lugar una cama compartida o la siempre imprevisible compañía de otra persona.
Detrás de toda esta parafernalia tecnológica que, con sus variantes, ha
empezado a cundir también en los Estados Unidos y Alemania, no se puede dejar de advertir una profunda desorientación personal. Junto a ella y complementándola, es evidente una implacable voracidad comercial. Ambas impiden enfrentar con lucidez y sentido ético los grandes conflictos que plantea una cultura decidida a fortalecer su desarrollo material a expensas de una subjetividad cada vez más empobrecida.
Por Santiago Kovadloff