En 1982, Thomas Cech y su equipo demostraron que la molécula de ácido ribonucleico, ARN, no sólo era transmisor pasivo de información genética, sino que también podía tener un rol activo en el metabolismo celular. Esto desafiaba la creencia de que las reacciones biológicas sólo son catalizadas por proteínas. Además, el hallazgo de este doble papel (transportar información y catalizar reacciones) permitió postular una hipótesis sobre el origen de la vida.
La primera molécula viviente debía tener la capacidad de reproducirse. El ADN tiene esa capacidad, pero necesita enzimas para duplicarse. Y las enzimas, que son proteínas, requieren del ADN para ser fabricadas. Precisamente, a partir de los trabajos de Cech, se sabe que el ARN puede hacer las dos cosas. Es decir, se resolvió el problema del huevo y la gallina. Entonces, una molécula de ARN pudo haber sido el primer sistema vivo que se reprodujo a sí mismo.
Cech, que por esos trabajos recibió el Premio Nobel en 1989 y actualmente es presidente del Instituto Médico Howard Hughes, estuvo recientemente en el aula magna de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, donde dio una conferencia ante un nutrido público de estudiantes después de haber recibido el doctorado honoris causa de la UBA. "A veces ustedes creen que hay una línea recta entre la idea y el descubrimiento -les dijo-. Es raro que sea así. En nuestro caso el camino implicó una gran cuota de incertidumbre y de lo que denominamos serendipia, suerte o casualidad, y lo mismo sucede con el trabajo de muchos científicos."
-Doctor Cech, ¿por qué decidió dedicarse a la ciencia?
-Lo decidí cuando tenía diez años. Siempre disfruté interrogando a la naturaleza, tratando de explicarla. Creo que ese afán por comprender era innato. La geología y la astronomía eran mis ciencias favoritas.
-En su opinión, ¿cuáles son las cualidades de un buen investigador?
-La curiosidad, la creatividad, la habilidad para trabajar duramente y en forma organizada. Eso hace a un buen científico, pero no a un gran científico. Para serlo, es necesario poder ver aquello que otras personas no ven. La verdad es que no sé dónde está la clave.
-¿Estará en la creatividad, como en la literatura y el arte?
-Tal vez. Una vez asistí a una reunión donde la mitad eran científicos, y la otra mitad, artistas. Cada vez que los científicos describían en qué consistía la creatividad, los artistas señalaban que, en su caso, era lo mismo. Creo que hay mucho en común entre un científico y un artista.
-¿Cuál es el rol de la serendipia, es decir, la capacidad de descubrir algo por casualidad?
-Siempre juega un rol. Cuando uno se enfrenta con un fenómeno extraño, allí está la serendipia, porque hay que decidir si descartarlo o intentar entenderlo. No siempre se toma la decisión adecuada. Si uno toma el camino errado, pierde tiempo y destroza su carrera. Pero si se toma el camino adecuado, uno puede encontrar algo realmente especial.
-¿Tiene alguna opinión sobre la ciencia en la Argentina?
-En el Instituto Howard Hughes damos apoyo a científicos de todo el mundo y se observa que la Argentina hace muy buena ciencia por la calidad de sus científicos. Muchos de ellos están aquí en Buenos Aires, en la UBA y en el Instituto Leloir, y en Rosario. Pienso que la Argentina tiene un lugar de liderazgo en América del Sur.
-¿Cómo se logra que los jóvenes se inclinen más por la ciencia?
-Me han comentado que aquí muchas empresas tienen problemas para hallar jóvenes bien formados en química o en biotecnología. Creo que deberían venir a la Universidad a mostrar que pueden ofrecer puestos bien pagos y contarles a los jóvenes cómo es el trabajo y que vale la pena dedicarse a estas tareas.
-¿Ejerció influencia en sus hijos en cuanto a sus carreras?
-Tengo dos hijas. Una estudia geología, y la otra, Jennifer, estudia biología. Traté de no influir, pero tal vez lo hice. Simplemente quería que fueran felices, y uno puede ser feliz haciendo aquello que le apasiona. La clave es encontrar la pasión de cada uno.
-Usted parece haber revelado parte del secreto de la vida. ¿Está claro ahora el origen?
-No, es una hipótesis razonable, pero es difícil determinar si es verdad o no. Tenemos fósiles de criaturas marinas muy tempranas. Podemos conocer cómo era la vida hace 200 o 500 millones de años. Pero no sabemos cómo era hace tres mil millones, porque no hay fósiles de esos eventos tan tempranos. A los científicos no nos gusta la palabra nunca, pero, en este caso, creo que podemos decir que nunca podremos confirmarlo. Centro de Divulgación Científica, Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, UBA
Por Susana Gallardo
Para LA NACION