No tiene sentido enojarse con la muerte. Es absurdo. La naturaleza es ciega a las pasiones humanas. Pero aún así, esta tarde, muchos argentinos hemos tenido el secreto deseo de retorcerle el pescuezo. La tentación de patearle los tobillos. Él se hubiera reído mucho de tanta reverencia a lo que -de todos modos- resulta inevitable. La formalidad impuesta y la pomposidad exasperada le causaban una gracia incontenible.
Roberto Fontanarrosa ha muerto: ¿Qué se lleva la muerte?
Tal vez a nosotros mismos vistos por su mirada inteligente y mordaz. El resto, eso, no se lo llevará nadie. Estará allí para siempre y, sospecho, que comenzará a crecer, incluso en direcciones de las que el "Negro" se hubiera burlado.
Ojalá los inevitables homenajes lo mantengan a salvo de las estatuas de bronce. Estoy seguro de que la memoria viril del rosarino se resistirá a convertirse en monumento mortuorio. En todo caso, siempre estarán allí sus amigos del Bar el Cairo y los muchachos del "Gigante de Arroyito" para rescatarlo de las galerías de próceres de mármol donde él nunca hubiese querido estar.
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