Medical News

/ Published on January 25, 2026

Defensas alteradas

Chile: riesgos de las altas temperaturas para personas con enfermedades crónicas

Advertencias de un experto chileno, en el marco de la ola de calor que sufrió su país en la primera quincena de enero.

Fuente: IntraMed

“Las altas temperaturas no le dan un respiro a Santiago ni a la zona central”. Así arrancaba una noticia publicada por el diario La Tercera el 12 de enero. Dos días antes, la Dirección Meteorológica de Chile (DMC) había emitido un comunicado donde destacaba que estaban en vigencia “un AVISO (código A7-5/2026) por altas temperaturas máximas y una ALERTA (código AA4-2/ 2026) por altas temperaturas extremas”, y resaltaba el riesgo de “posibles afectaciones a la salud de la población, especialmente a personas mayores, niños, enfermos crónicos y trabajadores expuestos al sol”. Pero eso no fue todo; poco después, a la lo crítico de la temperatura “natural”, se sumaron incendios forestales que arrasaron unas 30.000 hectáreas, según un informe de ReliefWeb, el principal servicio de información humanitaria de las Naciones Unidas -, y que llevaron a que el Gobierno declarara  el estado de catástrofe en Biobío y La Araucania. La esta situación es muy grave de por sí: el mismo informe señala que el 19 de enero, cuando se pronosticaban temperaturas superiores a los 36° C, ya se habían confirmado 19 muertes y más de 1530 personas damnificadas}; y este contexto -como veremos- además agrava los problemas de quienes viven con enfermedades crónicas…

El panorama

En términos generales (aunque muchas veces “miramos para otro lado”), son conocidos los riesgos que provocan las altas temperaturas en la población general: se sabe que la insolación y la deshidratación son cuestiones que debemos prevenir. Pero –destaca Juan Videla, catedrático de la Universidad Andrés Bello, de Chile-, en las personas que viven con enfermedades crónicas, como diabetes, insuficiencia cardíaca, enfermedad renal crónica y algunas patologías respiratorias las defensas habituales contra el calor están alteradas. Y las respiratorias se agravan si además hay humo: “En general, en las zonas secas el verano también agrava la función respiratoria: el aire caliente arrastra más polvo y alérgenos; y en temporadas de incendios, el material particulado empeora síntomas de asma y EPOC”, advierte. “Las personas con enfermedades pulmonares lo notan al instante: aumentan la sensación de falta de aire y las exacerbaciones”, agrega Videla (que es licenciado en Enfermería  por la Universidad de Antofagasta, y magister en Salud Mental por la Universidad Miguel Hernández-Elche, de España, entre otros títulos) en una publicación de la universidad de la que es docente

 Ahora bien: si solo tomamos como variable el calor –explica- lo que ocurre en las personas con diabetes, insuficiencia cardíaca o enfermedad renal es que “la termorregulación falla: se suda menos, el corazón se acelera y los riñones pierden capacidad de conservar líquidos. Ese cóctel puede derivar en deshidratación, sobrecarga cardíaca y desequilibrio metabólico. Y hay varios motivos para ello, desde lo fisiológico a lo relacionado con los efectos de la medicación.  Por de pronto, señala que “diuréticos, antidepresivos, antihipertensivos e insulina u otros hipoglicemiantes pueden potenciar el riesgo de crisis de salud bajo calor extremo. Pero  -advierte- no se trata de suspender por cuenta propia, sino de consultar al equipo tratante: puede ser necesario un reajuste temporal de dosis”.

Y en particular, destaca:

·         En personas con diabetes, las altas temperaturas favorecen la deshidratación, lo que puede aumentar los niveles de glucosa en sangre. Sin embargo, también puede producirse hipoglucemia si se reduce la ingesta de líquidos o alimentos -por temor a la retención hídrica o por disminución del apetito en días de calor- mientras se mantiene la administración de insulina. “Las hipoglucemias severas se vuelven más frecuentes en jornadas con temperaturas superiores  35 °C”, señala.

·         En personas con  problemas cardíacos, la pérdida de agua por sudoración reduce el volumen plasmático, lo que incrementa su viscosidad de la sangre (hemoconcentración). Al mismo tiempo, la vasodilatación cutánea, con la que se logra disipar el calor, disminuye el volumen circulante efectivo y el retorno venoso. Estos cambios pueden provocar hipotensión, menor irrigación de órganos vitales y mayor riesgo de trombosis. “Si el corazón ya está exigido y encima baja el volumen efectivo de sangre, el trabajo cardíaco se dispara y los riñones pueden resentirse –advierte-. Muchos adultos mayores llegan ‘de repente’ con disnea, edema o mareos, sin asociarlo al calor”.  

Recomendaciones generales

“El mensaje es simple: el verano no es una pausa para las enfermedades crónicas. Es una temporada que demanda planificación: revisar tratamientos, ordenar la hidratación y reconocer alertas. Si sube la temperatura, sube la atención”, destaca el experto, y sugiere:

·         Hidratación programada: beber agua a intervalos regulares, y evitar bebidas azucaradas o con alcohol.

·         Control matinal de peso: “un aumento de ~2 kg en 48 horas sugiere retención de líquidos”, señala.

·         Ambiente fresco: idealmente bajo 26 °C, con ventilación cruzada, cortinas térmicas y uso prudente de aire acondicionado.

·         Planificar comidas: no saltar tiempos de alimentación; preferir platos ligeros, con proteínas magras y verduras; y ajustar insulina/medicación según pauta médica.

·         Evitar la exposición al sol en horas de mayor radiación (12:00–17:00), usar ropa liviana, sombrero y fotoprotector.

·         Monitorear signos de alarma: confusión, palpitaciones, disnea, edema súbito, hipoglucemia (temblores, sudor frío) o hiperglucemia (sed intensa, cansancio)