Este libro
(y esta colección)
Haced como si no lo supiera y explicádmelo
Moliére, El burgués gentilhombre (1670)
Hubo un tiempo en que los más destacados científicos no sólo hacían complicados cálculos y experimentos, sino que también los contaban, en forma de charlas, diálogos, folletos. En la Inglaterra victoriana, por ejemplo, los investigadores de mayor renombre dictaban conferencias sobre la ciencia en las cosas de todos los días, destinadas al gran público, que asistía entusiasmado y salía discutiendo alegremente acerca de los más diversos temas científicos y técnicos de la época.
Si alguna ciencia está realmente metida en nuestra vida cotidiana, seguramente sea la física, que no se anda con chiquitas: su objeto de estudio es ni más ni menos que la naturaleza. El resto de los científicos solemos mirar a los físicos con cierta inconfesable envidia, porque nos da la sensación de que ellos realmente entienden de qué se trata, mientras que nosotros, oh mortales, debemos contentarnos con saber un poquito de asuntos demasiado específicos. Y este maravilloso libro sobre la física en la vida cotidiana viene justamente a eso, a contarnos un poco de qué se tratan los fenómenos que nos rodean, como si se tratara de anteojos que convierten a nuestros ojos en signos de pregunta permanentes, con ganas de entender y experimentar. No por nada el autor es, además de físico y profesor universitario, un curioso insaciable del mundo que lo rodea, al que a veces, para comprenderlo un poco más, le canta acompañado de su infaltable guitarra.
Entre los antecedentes de esta tarea tenemos que mencionar los fantásticos libros de Yacov Isidorovich Perelman (1882-1942), como sus “Física Recreativa”, “A las estrellas en cohete” o “¿Sabe usted física?”, que formaron parte de una serie de libros soviéticos que, más allá de estar llena de hérrrroes del trrrrabajo social y de científicos galardonados con alguna estrella roja del Kremlin, son la tradición más simpática que tenemos en divulgación científica. Perelman no se contentó con sus libros: fundó también la primera revista soviética de difusión de las ciencias (En el taller de la naturaleza) y un museo de ciencias – que hoy llamaríamos interactivo – en Leningrado, además de participar en el proyecto del primer cohete de la Unión de todos los Soviets. En su “Física recreativa”, Perelman procuraba “convencer al lector de que el contenido de la física elemental es mucho más rico de lo que a veces se imagina”, “enseñarle a pensar con espíritu” y “crear en su mente numerosas asociaciones de conocimiento físico relacionados con los fenómenos más diversos de la vida cotidiana”.
No cabe duda de que Alberto Rojo podría hacer propios esos objetivos; no sólo eso, sino que con este libro lo consigue con creces. Nos pasea de la mano de la física por lo que se ve, lo que se oculta, lo que anda y lo que se frena, lo que flota, lo que suena, lo que se atrae, lo frío y lo caliente… en fin, nos pasea por el mundo de todos los días, armado de preguntas y de experimentos a los que no podemos dejar de probar.
Bienvenidos, entonces, al mundo de Alberto Isidorovich Rojo, un país de maravillas en el que todo puede suceder… y sucede (no sólo eso: hasta lo comprendemos).
Esta colección de divulgación científica está escrita por científicos que creen que ya es hora de asomar la cabeza por fuera del laboratorio y contar las maravillas, grandezas y miserias de la profesión. Porque de eso se trata: de contar, de compartir un saber que, si sigue encerrado, puede volverse inútil.
Ciencia que ladra... no muerde, sólo da señales de que cabalga.
Diego Golombek
Director de la colección

Lo que se ve y lo que se oculta
Los rayos de luz
Dice Pablo Neruda: “Estoy muerto, estoy asesinado, estoy naciendo con la
primavera, …, porque ha salido el sol”. Esta referencia a la luz es un ejemplo aislado en
una lista innumerable de alusiones poéticas, filosóficas y religiosas al acto de ver, de
percibir rayos de luz emitidos y reflejados por objetos tan próximos como el faro de un
auto o el espejo del baño y tan remotos como la luna o las estrellas. A su vez, la historia de
las teorías sobre los diversos fenómenos visuales, como el azul del cielo, el arco iris, el halo
de la luna, los espejismos o el rojo de un hierro caliente abarca miles de años. Pitágoras,
filósofo griego del siglo VI a. de C., sugirió que la luz está hecha de rayos que actúan como
tentáculos que se propagan en línea recta desde el ojo hasta el objeto, y la sensación de verse produce cuando el rayo toca al objeto. Si bien esta idea suena exótica, si invertimos la dirección de propagación de estos rayos obtenemos la descripción básica que aceptamos hoy. Digamos entonces que la luz está hecha de rayos que se propagan en línea recta. Esta descripción es válida en muchísimos casos y nos ayudará a entender fenómenos visuales de nuestra vida diaria. Pero antes de embarcarnos en un tour de fenómenos ópticos es oportuno aclarar que los rayos son sólo parte de una descripción más abarcadora de la luz.
Eso no quiere decir que hablar de rayos de luz sea incorrecto, sino que se trata de una
descripción incompleta. Sin embargo, resulta útil y válida en muchos casos, del mismo
modo que, por ejemplo, los distintos mapas de una ciudad, el del tendido eléctrico, el de las calles, el de los subterráneos, el de los distritos y barrios nos dan información sintética de distintos elementos de interés; todos son, a su manera, correctos y complementarios aunque ninguno dé una descripción completa de la ciudad. La historia de la ciencia es la historia de la búsqueda de mapas de la realidad, de ese vasto y complejo mecanismo que es el universo. En este caso nos ocuparemos de los rayos de luz, un concepto que, como uno de los mapas de la ciudad, nos guiará por algunos de los fenómenos visuales de nuestra experiencia diaria.
* Acceda a un fragmento más extenso del libro haciendo click aquí