Art & Culture

/ Published on January 13, 2006

El ingreso del padre en el reino de la mujer.

¿Qué nos hace padres? I parte

Un recorrido por diversos puntos de vista sobre un tema en permanente redefinición.

Author: IntraMed

Index
1. Paternidad: en busca de una nueva identidad.
2. Desde las hormonas a las sociedades.

La experiencia única e intransferible de la paternidad ha adquirido sólo recientemente unas características tales que la obligan al autoanálisis permanente y al incesante escrutinio de sus nuevas modalidades. En un intento, a menudo exasperado, la condición de padre reclama definiciones sobre las que fundar su nueva identidad.

Arrojado por las circunstancias históricas a una condición marginal o periférica, alejada de la supuesta “naturaleza” restringida a la maternidad, el padre contemporáneo asiste al descubrimiento imprevisto de su capacidad de acompañar a sus hijos.

No son pocos los mitos que, una vez más, atribuyeron a circunstancias naturales y dadas, lo que no era más que la suma de biología y cultura.

Aquel patrimonio excluyente de la mujer, estas inhabilidades intrínsecas del varón, resultaron ser menos inevitables de lo que varios siglos de familia nuclear creían confirmar. Una paternidad a la medida de las condiciones económicas y sociales cayó en la ilusión de definirse por parámetros que desconocían aquellas dimensiones. Atribuyendo al instinto, a la naturaleza, a la biología, a la divinidad, cuando no a motivos aún menos creíbles, las capacidades de amar, proteger, entender, acompañar a los hijos, los hombres adecuaron su rol familiar a una funcionalidad a la medida de un proyecto social y una estrategia productiva. Con la disolución de estas modalidades y la incorporación imperiosa de la mujer al trabajo - y nuevamente por condicionantes estructurales - el padre descubre sus capacidades para la crianza y la asistencia familiar.

La naturaleza del vínculo masculino con los hijos transcurre por sus propios andariveles. Lejos de construirse a semejanza del clásico modelo maternal, encuentra una especificidad propia que ni compite, ni emula el rol de la mujer.

Incluso durante el período del vínculo excluyente madre-hijo de los primeros meses es posible construir espacios que fundamenten el futuro de la relación paternal.

El contacto más intimo con los hijos le revela al varón el “lado oscuro” de su identidad tradicional. No sólo percibe su aptitud en ámbitos de los que se encontraba segregado, sino que encuentra en ello un motivo novedoso y placentero del reencuentro con su propia condición masculina. No debería resultar sorprendente que esta situación haya generado grietas, temores, incertidumbres y hasta conflictos respecto del lugar que la sociedad le reservaba.

No ha caído simplemente el rígido estatuto masculino, un aspecto mucho menos mencionado hace su aparición en el complejo universo de las relaciones entre los géneros. Esa misteriosa capacidad de engendrar, de criar y comprender atribuida al exclusivo patrimonio de la mujer comienza a amanecer en el confundido corazón de los varones. Es curioso que raramente se mencione que estos rasgos de lo femenino, este secreto pacto con la naturaleza que el hombre atribuyó a la mujer, constituyó uno de los ejes fundacionales de la atracción e incluso del amor en la pareja. Tal vez sea la resistencia a abandonar esta suposición lo que explique la injustificada dificultad de ciertos hombres a reconocer sus propia habilidad parental y a sostener una creencia que los hechos no cesan de desmentir.

Hoy se han abierto las puertas de la sensibilidad masculina para que aquel misterioso torbellino de emociones que un hijo despierta ingrese sin restricciones al alma de sus padres. Hoy la ruda piel masculina ha abierto sus poros al irresistible estremecimiento del contacto con sus hijos. Ahora si, despojados de una parálisis y una afasia centenarias, el macho humano extiende sus brazos a la cría y comprende la brutal restricción del lenguaje para expresar la contundencia de todo lo que siente. 

Nuevos escenarios de la paternidad:

En una época de fragilidad de las relaciones, en la era del “amor líquido” de Zymunt Bauman resulta cada vez más frecuente la existencia de padres divorciados, familias reconformadas, parejas homosexuales y otras modalidades familiares. Más allá del clásico y terrible problema del padre ausente o “prófugo” con toda su carga de aberración e inmoralidad, estas condiciones familiares han generado nuevos escenarios para la paternidad.

Ya no se resigna el contacto con los hijos con la “naturalidad” de otros momentos, hoy los padres divorciados reclaman con convicción su lugar en la relación con sus hijos. Ya no es la convivencia bajo un mismo techo la única geografía posible para la tarea del padre. Ya no son únicamente motivos legales o económicos los que relacionan al padre no conviviente con sus hijos sino una profunda necesidad de sostener un contacto sin el que, muchas veces, la continuidad de la vida se les hace auténticamente impensable.

La condición económica, la marginación y el estigma de la miseria conforman también escenarios para una paternidad emergente. Incluso en los sectores más desfavorecidos de la sociedad se producen redefiniciones y fracturas de los modelos tradicionales.
La paternidad, como casi todas las funciones humanas, encuentra en las condiciones de la existencia material de las personas determinantes poderosos de su forma de ser. Más allá de las supuestas esencias y los universales todo acto humano se conforma en el doloroso proceso de adaptación o rechazo del mundo en el que habita.

¿Qué condición comparten los padres provenientes de culturas y clases tan diferentes?

¿De qué modo la cultura y la tradición conforman la función paternal?

¿Cuál es la frontera de los condicionantes biológicos del vínculo y el comienzo de los determinantes sociales?

Contradiciendo antiguas definiciones los padres reconstruimos nuestra propia imagen a medida que el espejo de la existencia cotidiana nos devuelve lo que nunca imaginamos ver. Esta nueva geografía no se transita sin dificultad. Esta “terra nova” requiere aún de una cartografía precisa que sólo dibujamos a fuerza de equívocos y tropiezos. Simplemente tenemos la razonable certeza de que ese camino ya no tiene retorno y la secreta felicidad de que así sea.  

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Las perspectivas: cuando no todos piensan igual

IntraMed ofrece un recorrido por las perspectivas más diversas sobre el tema: Desde el feminismo hasta la paternidad estimulada por el Estado en Suecia pasando por las opiniones de la psicología sistémica o los dosajes de Testosterona.
Las culturas, las condiciones sociales, el desgarramiento de la miseria o el confort de las sociedades más desarrolladas imprimen a la experiencia de la paternidad sus propias definiciones.

La controversia acerca de la existencia de una condición transhistóica y transcultural o la configuración de modalidades impuestas por el “aquí y ahora” también afectan a este tema. Pasemos revista a las opiniones en busca a una improbable respuesta para esta inquietante pregunta: ¿Qué nos hace padres?

Paternidad responsable: ¿Un contrasentido?
 Olga Villalta* 
 
Nuestros abuelos y padres se consideraban responsables porque asumían la manutención y “reconocían” legalmente al fruto del ejercicio de su sexualidad. Era común en mi infancia escuchar que se tenía “hermanos de padre”, ya sea que hubieran nacido antes del matrimonio de nuestro padre con nuestra madre o en producto de una infidelidad. La crítica de la sociedad se minimizaba si el susodicho asumía la responsabilidad de mantener a la hija o hijo, resultado de sus amores o travesuras sexuales.

El fenómeno de la paternidad se puede ver desde diferentes ángulos, por ejemplo: antes de la década del 50 todavía las familias eran extensas, el hombre se sentía todo un DON porque era capaz de mantener a muchos hijos e hijas. Después vino la moda de la familia nuclear, que consistía en tener dos o tres hijos para poder educarlos mejor. Aparecieron los matrimonios “reciclados” o de segunda vuelta, en los nuevos matrimonios se juntaban los “míos”, “los tuyos” y se encargaban otros hijos para que fueran los “nuestros”.

Otro fenómeno curioso es la insistencia de los padres en bautizar al primogénito con su mismo nombre, lo que generaba la situación engorrosa de decir “Juan abuelo” “Juan hijo” y “Juan nieto”. Esta costumbre me parece que esconde la inseguridad del hombre sobre su paternidad y su deseo de verse trascendido en el hijo.

Pero hay un fenómeno que las feministas han insistido hasta el cansancio, la irresponsabilidad de los hombres respecto a la/os hija/os engendrados. Todas sabemos el alto índice de madres solteras a las que les toca sacar adelante a sus hijos solas. Muchos hombres, al saber que su novia, compañera o amiga está embarazada se esfuman, dejando así toda la responsabilidad a la mujer.

Para promover una paternidad responsable, a propuesta de diversos grupos de mujeres y avaladas por el marco de Convenciones Internacionales, en nuestros países se han creado leyes que permiten exigirles a los hombres que cumplan con la manutención de las hijas e hijos producto del establecimiento de relaciones de pareja. Aún no son suficientes los marcos legales, queda un saldo cultural que es preciso desdibujar, ya que es el escudo que protege a los hombres.

La curiosidad sobre si en algún momento de la historia ha existido una “paternidad responsable” me llevó a hurgar en libros y notas de cursos recibidos. Y he aquí lo que encontré de una conferencia de la historiadora costarricense Anna Arroba, que con gusto se las comparto.

El patriarcado existe desde hace 5.000 años, llevó 2.500 en establecerse. Antes del patriarcado existieron miles de años de sociedades matriarcales. Estas sociedades se organizaban social y culturalmente en torno del cuido de las madres y sus hijas e hijos. Eran sociedades matrifocales, que quiere decir que vivían con la madre y matrilineales: las herencias eran de la madre a hijas e hijos, se llevaba el nombre de la madre para identificarse

La cultura giraba en torno a la veneración de la vida y el cuerpo de las mujeres que tenía el don de traer nuevas vidas al mundo. Se comparaba el cuerpo de la mujer con la Madre Tierra. Pero la tierra era de todas y todas, no era propiedad privada

La religión se basaba en el cuerpo, la naturaleza, la vida y la sexualidad era una vía a la espiritualidad. Se simbolizaba lo femenino en figuras de diosas, y en dibujar el triángulo púbico, los senos como símbolos nutrientes. Las mujeres mayores eran las líderes de las comunidades, eran las sabias.

Durante miles de años no se sabía de la PATERNIDAD. No se relacionaba la relación sexual con los hombres, con la reproducción. Se pensaba que las mujeres quedaban embarazadas solas, que la sangre menstrual era la fuente, origen de cada ser humano. Que la sangre se coagulaba y se formaba el feto. Por eso se veneraba la sangre menstrual como dadora de vida, como milagrosa. En tiempos de siembra y cosecha se llevaba a una joven menstruante por los campos para darle fuerza y bendición a la reproducción.

La paternidad surge cuando los hombres descubrieron su capacidad para engendrar. Se dieron cuenta que las madres ancestrales habían llegado a ser deificadas por sus descendientes debido a su capacidad de concebir y dar vida, por lo tanto los nuevos patriarcas querían lo mismo, se dieron cuenta que esto les otorgaba poder. Inventaron la paternidad para apropiarse del poder que las mujeres tenían, no para responsabilizarse de la crianza de las hijas e hijos.

Los hombres comenzaron a apoderarse de la paternidad física no tanto por la capacidad de engendrar, sino por un acto ceremonial diferente diseñado a imitar el acto maternal de parir. Crearon un Dios del cielo HOMBRE. Cambiaron los símbolos y pretendían que engendrar un hijo era más importante que la tarea multifacética de la madre de llevar, dar a luz, amamantar y enseñarle todas las capacidades para sobrevivir.

Es así que cambiaron todos los símbolos, quitaron a las diosas y crearon el monoteísmo. Se apropiaron de los cuerpos de las mujeres y su capacidad sexual y reproductiva. Esta apropiación ocurrió ANTES de la formación de la propiedad privada y de la sociedad de clases. Esclavizaron a las mujeres y a otras personas de otros pueblos y mataron a las ancianas. Se creó el Estado, la familia patriarcal con el hombre como PATER FAMILIA.

Se categorizó a las mujeres como buenas o malas, se les excluyó de los templos y de la creación de lo simbólico. Se separó la sexualidad (el erotismo) y la procreación de la espiritualidad humana. La devaluación simbólica de las mujeres en relación a lo divino es la metáfora que forma la base de la civilización occidental. El cuerpo de la mujer fue resignificado, inferiorizado, a la menstruación se le tachó como contaminante; por lo tanto, al embarazo y parto se le considera SUCIO. Los genitales femeninos fueron demonizados.

Después de leer estas notas, me parece urgente la reflexión sobre una resignificación de la paternidad, más allá de la responsabilidad económica. Pienso un nuevo tipo de paternidad como la posibilidad de disfrutar de la cocreación de un nuevo ser; de acompañar en el crecimiento espiritual y físico de esa personita que se trae al mundo; experimentar el goce de vernos trascendidos, no a partir de un apellido sino de la transmisión de valores humanos. La paternidad responsable no puede reducirse a garantizar la pensión alimenticia y pago de colegios. Tiene que ver con que las hijas e hijos sepan que en el padre encontraran un oído atento, un apoyo para alzar vuelo y el consuelo cuando se enfrentan al fracaso.

* Periodista y feminista guatemalteca. Junio de 2003. http://www.mujereshoy.com/secciones/862.shtml


Paternidad

El instinto de procreación es compartido por todos los seres vivos como un reaseguro de la continuidad de las especies. A esta ley natural no escapa el ser humano, aun cuando su sexualidad está inspirada en elementos más complejos que la simple reproducción. En cuanto a la innegable diferencia entre los géneros, es ampliamente aceptado que:

• la hembra, al estar preparada para la gestación y el parto, está más dotada con el instinto de la maternidad, del cuidado de la descendencia, que encuentra su punto culminante en el amamantamiento de su pequeño;

• el macho está habitualmente disponible para el acto sexual y por lo tanto para la fecundación, pero luego no toma una parte tan protagónica en el nacimiento y la crianza de los pequeños.

Al producirse un nacimiento el foco de la atención son la mujer y su bebé, o lo que los expertos llaman la "díada madre-hijo". El maravilloso proceso de estrecha comunión tanto física como emocional que se da entre ellos puede parecer un muro infranqueable para otros individuos, ¡incluso para el padre! En este artículo intentaremos reubicar al varón en este proceso, no como un ser secundario, sino como un padre amoroso y compañero de su pareja.

¿Ausente o despojado?

Para muchos, el padre es el gran ausente en la llamada era de la madre, que va desde la fecundación hasta aproximadamente los tres años de edad del bebé. Según el Dr. Jorge César Martínez "Es muy poco lo que hablamos del padre cuando nos referimos a una gestación, a los primeros días de un bebé o a las características normales y a la forma de comunicación con el recién nacido. Tenemos la impresión de que se trata del "gran ausente", como si no tuviera nada importante para hacer... podríamos mencionar un sinnúmero de razones que pueden declararlo prescindible". (*)

Pero Martínez se pregunta si esto es realmente así, a pesar de las fuertes costumbres machistas de la sociedad, la cual declara embarazada a la mujer, y espera que ella tenga los niños. "En muchos casos -prosigue el profesional- sus deseos de protagonismo son muy superiores inclusive a lo que imaginamos. Creo que quizás el problema fundamental sea que el hombre no encuentra un espacio donde expresar sus sentimientos".

Y es así porque el macho, cuyo rol es proveer a la familia -al menos en la visión tradicional, la cual cambia rápidamente- y protegerla de las amenazas que la acechan, no puede mostrar debilidad. Sus temores son tan importantes como los de la madre, pero no se permite flaquear. "Nadie siquiera le pregunta: "¿Usted cómo está?". Ni sus propios familiares, cuando hablan con el padre, muestran preocupación por él".

Aprendiendo

¿Por qué el hombre se mantiene al margen y no muestra sus sentimientos? En principio no hay que olvidar que la aparición de un bebé, más si es el primero, viene a romper el idilio de la pareja. El pequeño intruso viene a distraer las atenciones de la mujer, que antes sólo pensaba en su marido y sus necesidades. Ahora el vínculo más importante parece ser el de la madre con el hijo. Si bien puede parecer antinatural o egoísta, y produzca distancia y aislamiento del medio circundante, la conformación de esta díada es esperable y necesaria para el desarrollo del niño. Pero los celos, aunque irracionales y pueriles, pueden herir profundamente los sentimientos del hombre si no tiene ocasión de trabajar en ello.

Así como a las mujeres generalmente las afectan dudas que tienen que ver con su capacidad para ser madres, los varones sienten la misma inquietud. "El sueño de ser padres ideales, padres sin errores, se les presenta una y otra vez, y muchas veces no han tenido oportunidad de discutirlo siquiera entre ellos", dice nuestro especialista. Habrá que "enseñarle cómo es un recién nacido. Recordemos que la mujer (...) ha tenido desde muy pequeña atracción y contacto con los bebés." ¿Y el hombre? Por el contrario, el varón no sabe generalmente de bebés hasta que tiene los propios. Y deberá aprender a comprenderlos, a interpretar sus demandas, a mimarlos, etc.

Edipo Rey

La simbiosis entre la mamá y el bebé no durará para siempre. El desarrollo del niño exige que pueda distanciarse de la figura materna para ganar independencia, y aquí el rol del padre es importante. Ese rol es el de representar lo social, y de esa manera desestructurar esa díada madre-hijo que a partir de determinado momento puede transformarse en patológica. Papá es un tercero que está a la mano, que tiene intereses en la relación, que puede marcar la diferencia y abrir el juego a otras relaciones.

Esto no quiere decir que la existencia de este papá resulte indiferente hasta que ese momento llega. Menos aun en esta época en que muchos padres han comprendido sus posibilidades -y deberes- con respecto a las necesidades físicas y emocionales del niño, y asumen tareas como el aseo, la alimentación, etc., y aun las disfrutan. Otros, en cambio, sintiéndose desplazados, sentimiento que se ve reforzado por un no poco habitual desinterés sexual de su compañera por algún tiempo, sufrirán el destierro de esta era de la madre.

En todos los casos, los varones tienen que aprender a ser papás tanto como las mujeres a ser mamás. Su rol es importante desde el comienzo, y puede ser muy saludable y placentero para todo el grupo familiar si cada uno aprende a jugar su rol con amor y responsabilidad.

(*) Martínez, J.: "El increíble universo del recién nacido". Biblioteca de la Salud, Ediciones Lidium. Buenos Aires, 1993.