Aunque ambas han sido promocionadas por sus supuestos beneficios, un nuevo estudio publicado en el Journal of the American College of Cardiology sugiere que centrar la atención en los macronutrientes—carbohidratos, grasas y proteínas—podría no ser la mejor estrategia para mejorar la salud cardiovascular. Los hallazgos, basados en datos de más de 200 000 participantes durante tres décadas, indican que la calidad de la dieta es más determinante que su composición en la reducción del riesgo de enfermedad coronaria.
El debate sobre qué tipo de dieta es mejor para la salud cardiovascular ha oscilado entre lo bajo en grasas y lo bajo en carbohidratos durante décadas. Las dietas bajas en grasas surgieron en el siglo XX, fundamentadas en la idea de que reducir el consumo de grasas —que aportan más calorías por gramo que los carbohidratos y las proteínas— ayudaría a disminuir la ingesta calórica y prevenir la obesidad. Estudios tempranos asociaron las dietas altas en grasas con niveles elevados de colesterol en sangre, lo que llevó a recomendar la restricción de grasas para prevenir enfermedades cardíacas. En los años 90, los alimentos sin grasa se popularizaron en Estados Unidos y la pirámide alimenticia recomendaba el uso “esporádico” de grasas.
Por otro lado, en 1972, el cardiólogo Robert Atkins propuso una estrategia de pérdida de peso basada en la restricción de carbohidratos, argumentando que al limitar su consumo, el cuerpo quemaría grasa como fuente de energía. La dieta Atkins alcanzó su máxima popularidad en los años 2000, con evidencia de que podía reducir el peso y mejorar factores de riesgo cardiovascular.
Si bien investigaciones previas han demostrado que la calidad de la dieta es central para la salud cardiovascular, no estaba claro si este factor era más importante que la proporción de carbohidratos, grasas y proteínas. Los autores del nuevo estudio señalan que los resultados de investigaciones anteriores sobre dietas bajas en grasas o carbohidratos han sido mixtos, posiblemente porque tanto alimentos de alta como de baja calidad pueden formar parte de estos patrones dietéticos.
Los investigadores analizaron datos de aproximadamente 200 000 participantes en tres cohortes: el Nurses’ Health Study, el Nurses’ Health Study II y el Health Professionals Follow-Up Study, con más de 30 años de seguimiento. Cada 2 a 4 años, los participantes completaban cuestionarios sobre dieta, estilo de vida, uso de medicamentos y diagnósticos de enfermedades crónicas.
A partir de las respuestas a cuestionarios de frecuencia alimentaria, los investigadores clasificaron las dietas bajas en carbohidratos y en grasas como “saludables” o “no saludables”. Las dietas no saludables se caracterizaban por un mayor consumo de proteínas y grasas animales, papas, granos refinados y azúcares añadidos. Las dietas saludables, en cambio, priorizaban proteínas y grasas vegetales, vegetales no almidonados, frutas enteras, legumbres y granos integrales.
Durante el seguimiento, se registraron alrededor de 20 000 casos de enfermedad coronaria. Tanto las versiones saludables de las dietas bajas en carbohidratos como en grasas se asociaron con un riesgo relativo similar y menor de enfermedad coronaria, mientras que las versiones no saludables se vincularon con un riesgo significativamente mayor. Además, las dietas saludables se asociaron con perfiles lipídicos e inflamatorios más favorables, como triglicéridos más bajos, colesterol HDL más alto y niveles reducidos de proteína C reactiva de alta sensibilidad.
Un análisis de metabolitos en plasma de un subgrupo de participantes respaldó estos hallazgos: independientemente de si la dieta era baja en carbohidratos o en grasas, los patrones alimentarios con fuentes saludables de macronutrientes se asociaron con perfiles metabólicos favorables. Lo contrario ocurrió con las versiones no saludables.
Los autores concluyen que promover un patrón alimentario saludable en general, en lugar de restricciones estrictas de macronutrientes, debería ser una estrategia central para la prevención primaria de enfermedades cardíacas. Enfocarse en este patrón puede ser más fácil y ofrecer flexibilidad para que las personas elijan alimentos que se alineen con sus preferencias y culturas.
“Este estudio confirma lo que hemos aprendido en la última década: una dieta saludable no puede definirse por una fórmula de macronutrientes. Primero nos obsesionamos con las dietas bajas en grasas, luego con las bajas en carbohidratos, y ahora con las altas en proteínas. Pero los médicos deben entender que no se trata de los macronutrientes, sino de las elecciones alimentarias”, concluyó Mozaffarian.