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Publicado el 17 de febrero de 2004

Opinión

Publicar o perecer

La opinión de la editora de la página de salud del diario La Nación sobre la opción de publicación de trabajos científicos en medios nacionales o internacionales.

Autor/a: Por Nora Bär

Una frase repetida entre los investigadores anglohablantes sintetiza muy a las claras cuáles son las presiones que imperan en el mundo de la ciencia: publish or perish, publicás o perecés , significa también que la única manera de existir, de acceder a las alturas del sistema científico, es publicando regularmente trabajos de investigación.

Claro que no cualquier órgano de difusión "vale" lo mismo. En la Argentina, para que un investigador pueda dirigir a un becario, tener subsidios o ser promovido en el escalafón del Conicet, debe tener publicaciones en revistas con"impacto". Es decir, que figuren en el Science Citation Index (SCI), un banco de datos internacional que registra artículos de aproximadamente 3300 de los alrededor de 70.000 journals científicos que se publican en todo el mundo. El SCI es producido por el Institute for Scientific Information (ISI), una compañía privada con base en Filadelfia y que exige de las publicaciones que incluye en su registro, entre otras cosas, el pago de una suscripción anual de varios miles de dólares.

Una reciente estadística de artículos publicados en las principales revistas -del hemisferio norte, que son las que integran los índices más requeridos- es bastante elocuente: el 30% de los artículos corresponde a autores norteamericanos, el 8% a Japón y el 7% al Reino Unido. Los artículos locales suman el 0,35% del total.

Por supuesto, esta situación plantea algunos problemas.
"El Conicet realizó una evaluación de sus institutos en 1998 y 1999, pero las únicas publicaciones que se consideraron fueron las evaluadas en el ISI, que para el período 1993-1998, sumaron 6469 trabajos -afirma María Mercedes Arbo, investigadora del Instituto de Botánica del Nordeste-. Lamentablemente, la evaluación se reduce a buscar el correspondiente índice de impacto elaborado por el ISI, y a ver la posición del investigador o del becario en la nómina de autores. El contenido de los trabajos no se toma en cuenta -agrega-, su evaluación ha sido delegada en los pares del hemisferio norte."

Para Arbo, que defiende calurosamente la necesidad de otorgar a las publicaciones científicas locales la importancia que merecen, este modus operandi promueve desde hace años la transferencia gratuita al exterior de los conocimientos que se generan aquí. "Un efecto colateral es que nuestras revistas están pereciendo -asegura-, porque únicamente pueden publicar las sobras. Otro, que en ciertas disciplinas, como por ejemplo la ecofisiología o la física, los libros actualizados habrá que adquirirlos afuera y traducirlos, porque prácticamente toda la producción argentina se publica en el exterior."

Sólo en 2000 se publicaron en revistas indexadas por el ISI 5121 trabajos. Según Arbo, esto conduce a una incongruencia: "El país, a través del Conicet y las universidades, paga nuestros sueldos, paga la mayor parte de nuestras investigaciones, paga la publicación de nuestros trabajos, y todavía debe pagar las costosas suscripciones o acceso electrónico a esas revistas".

Sin duda, el tema tiene aristas sobre las que a todas luces parece importante discutir. ¿Es conveniente someter automáticamente la producción científica local a los criterios de pertinencia y excelencia imperantes en otras comunidades de recursos, tamaño, y problemáticas económicas y culturales diferentes? ¿Pierden nuestros científicos libertad creativa? ¿Es posible -y conveniente- promover publicaciones regionales?

En todo caso, vale la pena recordar que el conocimiento es parte fundamental del patrimonio colectivo. Los científicos tienen la palabra.