El citado informe recogía que la prescripción de fármacos o dosis no adecuadas era tres veces mayor cuando el paciente es un niño. Además, citaba que casi una de cada siete medicaciones prescritas por los pediatras en el hospital es incorrecta. La culpa no recae en un médico o un profesional de enfermería en concreto, sino en el sistema sanitario, según los autores de estas recomendaciones. Por este motivo, consideran que estos errores deben detenerse antes de que ocurran, permitiendo a los profesionales de la salud aprender de ellos sin miedo a denuncias o acusaciones.
En las directrices se aconseja, por ejemplo, introducir en los hospitales nuevas tecnologías para informatizar las prescripciones con objeto de reducir errores. Añaden que son muy pocos los fármacos formulados específicamente para niños, por lo que los médicos deben calcular las dosis en función del peso de los pacientes, algo que los autores consideran un error inherente al sistema.
Recomiendan el diseño y el envasado de fármacos dirigidos a maximizar la seguridad. Además, dado que a veces los niños deben tomar medicamentos en las escuelas, los autores aconsejan investigar la frecuencia de errores de administración en estos centros.
Promover la seguridad requiera cambiar la cultura médica para reconocer que la posibilidad de errores existe y que la comunicación y el trabajo en equipo son las bases para garantizar el cambio.