Hablemos claro. El título de la última novela de Paul Auster no es más que una farsa. Pongámonos por un momento (o durante el transcurso de 338 páginas) en la piel de un hombre, David Zimmer, escritor y profesor de la literatura en la universidad de Vermont, felizmente casado y padre de dos hijos. Alguien que lo tiene todo, o posee, por lo menos, esa vida perfecta que marcan los convencionalismos sociales. De la noche a la mañana, la tragedia en forma de accidente aéreo, le convierte en un ente unifamiliar, en un “huérfano” de mujer e hijos enganchado a la botella y la soledad (por cierto, el propio Auster, que es un tío muy listo, advierte que no hay todavía una palabra en el diccionario para definir tal estado).
En definitiva, un hombre sin fe, esperanza y, mucho menos, ilusiones. Y de esto paradójicamente trata “El libro de las ilusiones” (Anagrama, 2003): de la pérdida de las susodichas (ilusiones) y de una soledad injusta e innecesaria (la muerte de un ser querido siempre lo es) que lleva a su protagonista a una soledad forzada, que le hace rehuir cualquier forma de vida humana y convertirse en una especie de muerto viviente. “Nadie puede vivir sin los demás, David. Sencillamente, no es posible”, le reprocha en un momento dado un amigo. “Quizá no. Pero antes de mí no ha habido nadie como yo. A lo mejor yo soy el primero”, responde tajante.
Refugiado en este mundo de ultratumba autoimpuesto, sólo otro muerto (o eso parece), Hector Mann, uno de las últimas estrellas del cine mudo, obrará en él el milagro, devolviéndole la sonrisa gracias a una de sus antiguas películas. En ese momento, Zimmer decide iniciar una exhaustiva investigación sobre la obra cinematográfica de este actor desaparecido en misteriosas circunstancias hace más de 60 años. Y es precisamente en este punto donde comienza a surtir efecto un libro en el que Auster vuelve a demostrarnos las razones que le han convertido en uno de los contadores de historias más brillantes de la literatura contemporánea. El autor neoyorkino convierte con destreza “El libro de las ilusiones” en un libro repleto de casualidades, que llevan a un personaje en busca de otro, para finalmente darse cuenta de que, en el fondo, el dolor y los errores humanos no son más que simples y eternas repeticiones (¿será casualidad?). Zimmer busca en Mann el camino para librarse de sus propias pesadillas, para no pensar en su propio sufrimiento, y poco a poco, a medida que va descubriendo más de ese enigmático personaje, llegará a la conclusión de que son más parecidos de lo que parece. Y hasta ahí podemos leer…
El arte de Paul Auster consiste en situar una sencilla trama -hombre que pierde a sus seres más queridos y encuentra la forma de resucitar de entre los zombies escribiendo un libro sobre un actor- dentro de un decorado mágico que no deja decaer el interés en una sola página: la cara oculta del glamouroso mundo del cine, las vidas que imitan (y superan la ficción), las misteriosas desapariciones, el libro (o los muchos libros) dentro de un mismo libro, las casualidades (¡tan deseadas inconscientemente!) que nos unen, los crímenes que nos obligan a expiar nuestros pecados y el arte (cine-literatura) como un vehículo, no ya para perdurar tras la muerte, sino como una forma de penitencia, que redime faltas y devuelve la vida a sus protagonistas. Sí, el mismo Auster de siempre, superándose a si mismo. Un crítico definía hace poco este “Libro de las ilusiones” como “el encuentro entre dos hombres muertos en vida que da como resultado una road movie existencial”.