Points of View

/ Published on April 30, 2002

Modificaciones culturales

Palabras caídas en desgracia

Ensayo sobre transformación cultural del lenguaje médico.

Author: Guillermo Vidal

Las palabras -esos signos con los que los humanos construimos y transmitimos las abstracciones de la realidad- nacen un día, sirven un tiempo adecuadamente y después, o se deslizan a otros campos de significación o desaparecen sin más ni más. La nomenclatura psiquiátrica no podía ser una excepción a esta regla inexorable. Así ocurrió con la clorosis, las ptosis viscerales y la colitis, palabras que alcanzaron su cenit allá por la época en que Axel Munthe concibió su memorable "Historia de San Michele". Ahora, estamos asistiendo a la extinción de términos que otrora gozaron de sólido prestigio científico. Nos referimos a la neurosis, la histeria, la neurastenia, la melancolía, y la paranoia,cinco categorías nosológicas que hicieron furor antes de la Segunda Guerra Mundial para entrar en el ocaso hacia 1980 con el golpe de gracia que les propinó el DSM III. En las actuales tablas de la Ley del pueblo psicocientífico: la CIE-10 (1992) y el DSM IV (1994), ya no quedan sino ruinas dispersas de esas construcciones que antes parecían constituir realidades inconmovibles y hoy están en franco desuso.

 Así fue como llegó a su acabamiento el, en un tiempo glorioso, invento de Cullen (1776): la neurosis. Parece mentira, pero así es: ya no existen las neurosis ni, por supuesto, los neuróticos. Esta vez  no perecieron en las garras del marxismo y del fascismo; se fueron más bien de modo natural, empujadas blandamente por la racionalidad científico-técnica. Igual suerte le cupo a la histeria, ese personaje que tanto ha contribuido al teatro de la vida (Véase "El teatro de las histéricas" por Héctor Pérez-Rincón. México 1998). ¿Qué haremos de aquí en adelante con Almodóvar y Woody Allen, y con los hombres y mujeres que estos grandes cineastas echaron al mundo por los escenarios de nuestras sociedades opulentas? Pues nada: su lugar ha sido ocupado por los trastornos disociativos y de conversión, así como por las personalidades histriónicas, epítetos sin mayores resonancias culturales.

De la vieja melancolía, ni qué hablar. Preferimos eludirla sagazmente, sospechosa de encubrir el mero "dolor de vivir", y reemplazarla con el concepto mecánico de depresión, más acorde con nuestra vivaz cultura tecnocrática. En adelante, los melancólicos serán unos pobres desgraciados mientras que  los deprimidos gozarán del privilegio de tener patente de enfermo. Otra condenada a muerte es la neurastenia, ese achaque pertinaz que hizo estragos en la intelectualidad de la Nueva Inglaterra de entresiglos (William James, Fitzgerald, etc.) y que hoy sobrevive sólo en China y en un rinconcito de la CIE-10 (F48.0). Y, por fin, la paranoia, una etiqueta merced a la cual se hicieron célebres el juez D.P. Schreber y el dramaturgo y asesino Ernest Wagner, por obra de sendos escrutadores del alma humana, Freud y Robert Gaup, y que actualmente, ya casi fuera de circulación, hay que buscarla en los textos canónicos con singular esfuerzo por estar escondida detrás de un título bastante anodino: Trastorno delirante.

 ¿Qué se hicieron de estas palabras antaño famosas e infames hogaño?  ¿Por qué las mismas manifestaciones psicopatológicas del pasado se designan al presente con otro nombre? ¿Será que la patología mental ha cambiado, o que lo que cambió es nuestra forma de observarla, de resultas de lo cual esas cinco palabras bajaron del plano académico al habla popular para nombrar ciertos estilos de vida? Es posible. Pero más allá - o más acá- de éstas y otras varias posibilidades hay que advertir un hecho histórico fundamental, y es la creciente remedicalización de la psiquiatría por efecto del avance estrepitoso de las neurociencias. El tradicional modelo médico, imperante hoy en la cilivización occidental, exige una causa orgánica, un diagnóstico preciso y un tratamiento adecuado. Y es claro que ni las neurosis ni sus compañeras de infortunio lograron, en su largo reinado, arraigarse en el cuerpo humano con alguna lesión o insuficiencia física que las justificase causalmente y, por lo mismo, tampoco pudieron dar con un fármaco que las pusiese a salvo en el imaginario social de la medicina. En suma: las cinco serán borradas del léxico médico por carecer precisamente de interés médico.                                      

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