Los adultos aseguran sentirse superados por los problemas de conducta, la ausencia de límites y los cuestionamientos constantes. Los chicos se quejan de la falta de atención y el poco diálogo. Según los especialistas, estos conflictos, que afectan a los sectores medios, se profundizaron en los últimos diez años. Una compleja realidad, reflejada en seis historias de vida.Gabriela Vulcano 2007-09-30 06:13:49
“No le puedo poner límites”, “No me hace caso”, “Llega a la hora que quiere”, “No la soporto más”, “No sé qué hacer con él”, se quejan algunos padres de sus hijos adolescentes frente a diferentes instituciones del Estado, y les reclaman: “Háganse cargo ustedes, por favor, porque yo no puedo más”.
Cada vez es menos extraño escuchar este tipo de historias en los pasillos de los organismos públicos. “Si bien esta problemática no es nueva, se profundizó en los últimos diez años. Y creo que esto responde a que hay una mayor situación de frivolización y trivialización en el modo de vivir. Es decir, por un lado, muchos chicos no tienen un objetivo de vida y, por otro, están metidos en familias que no tienen otro proyecto a desarrollar que logros económicos”, apunta Carmen Frías, trabajadora social y titular de la Dirección General de Niñez y Adolescencia porteña.
“Esos son valores de los 90. Y los adolescentes que en estos momentos no son ‘bancados’ por sus padres nacieron en los 90 y tienen padres de los 90”, explica Frías.
Sáquenmelo de encima.
“Problemas de conducta” es la principal razón por la que muchos padres se acercan a dejar a sus hijos en neuro-psiquiátricos, hogares convivenciales, centros de atención transitoria,Tribunales y hasta comisarías. Para la psicóloga y fundadora de la Escuela para padres Eva Rotenberg, muchas veces se confunde la rebeldía adolescente con problemas psiquiátricos y en esos casos la internación en alguno de estos establecimientos puede ser contraproducente.
“Hay chicos que no se sienten armados internamente. Sienten que no se saben defender en la vida, que no pueden seguir estudiando o trabajando, se sienten con baja autoestima y entonces les agarra una gran furia contra los padres. Los acusan a ellos de que se sienten incompletos, dice Rotenberg con voz suave.
“Los padres, en vez de tranquilizar a los hijos y dialogar, se asustan, empiezan a verlos como locos y los internan. Así se empieza a generar una interdependencia patógena entre padres e hijos. El chico termina sintiendo que no sólo sus padres no lo escuchan sino que además lo internan. Se suma más incomprensión”, agrega la psicóloga.
En general, los padres que llegan a esta situación extrema son profesionales, pertenecientes a los sectores medios, que priorizan el trabajo antes que la relación con sus hijos, y en varios casos se sienten sin los “recursos internos” necesarios para seguir ejerciendo la paternidad. Otros, viven una eterna adolescencia o tienen problemas para ubicarse como padres. Prefieren ser pares y no padres de sus hijos.
“Hay una cuestión un poco narcisista. Hay una renuncia al vínculo con los chicos y luego se encuentran con un adolescente rebelde al que no conocen”, señala Miriam Fassoni, psicóloga y coordinadora del equipo profesional del Centro de Atención Transitoria (CAT), dependiente del Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes.
Sin embargo, Frías manifiesta que si bien los padres deben hacerse cargo de sus hijos, fortaleciendo el vínculo familiar, hay veces en las que no pueden. Y señala: “Hay papás que son excelentes padres en determinadas edades de sus hijos y en otras no. Se juegan muchas cosas en la adolescencia entre los padres y los hijos. Por eso hay papás que pueden ser maravillosos padres de chicos pequeños y les cuesta muchísimo ser papás continentes o que pongan límites o amorosos de chicos adolescentes”.
Al mismo tiempo, durante la adolescencia es cuando los más jóvenes empiezan a confrontar a sus padres con sus propios modelos de referencia. “Empiezan a darse cuenta de que el discurso del adulto que lo ha cuidado le ha dado las reglas de comportamiento y lo ha ingresado al mundo de la sociedad, miente en algunas cosas y además lo pescan in fraganti en muchos renuncios. Y para los padres es difícil. ¡Hay que bancarse estar viviendo con alguien que te cuestiona todos los días!”, explica Frías.
Rol del Estado
La mayoría de las políticas públicas destinadas a los niños y adolescentes están enfocadas en las problemáticas de los sectores más humildes. Para Frías, el Estado no puede desentenderse del conflicto entre padres e hijos de clase media por el solo hecho de no pertenecer a la clase social más desfavorecida.
En oposición a esto, el presidente de la Asociación de Psiquiatría Argentina, Néstor Marchant, opina: “Hay padres que están cansados porque se la pasan discutiendo con sus hijos y quieren sacárselos de encima. Un hospital psiquiátrico no se puede hacer cargo de estos casos, son ellos los que se deben ocupar”.
En lo que sí coinciden todos los especialistas consultados es que en el mismo instante en que la relación se empieza a tornar violenta entre padres e hijos, ya sea física o psicológicamente, es mejor descomprimir. Sobre todo, porque en ciertas ocasiones hay hijos que pasan de los insultos y gritos a la agresión física hacia sus progenitores o viceversa.
Es por eso que instituciones como el CAT o la Dirección General de Niñez y Adolescencia porteña prefieren alojar a los menores de modo transitorio para poder salvar el vínculo.
Poner límites, fortalecer la comunicación y estar atentos a los problemas que se presentan en la adolescencia de los hijos. Rotenberg detalla: “Si uno no sabe cómo vincularse con su hijo, lo puede aprender. No se trata de algo que si no se armó en los primeros años de vida está irremediablemente perdido”. Y refuerza esta idea de modo tajante: “Así como los vínculos se enferman, se curan”.
“La interné, no podía hacer otra cosa”
"Me voy a Paraguay a ser modelo”, contó orgullosa Sonia. En ese momento, el padre ni se inmutó. Por el contrario, la cara de espanto de la madre de inmediato se tradujo en palabras: —No, de ninguna manera. Vos no vas a ninguna parte. Te van a querer prostituir.
—Voy a ir igual. El problema es que vos no reconocés mi belleza –contestó con rapidez y enojo la joven.
Días después, la madre logró alojarla en un instituto neuropsiquiátrico.
La familia de Sonia era sumamente disfuncional. Su padre era adicto al alcohol y tenía algunos negocios turbios y su madre pasaba largas horas en el trabajo. Muy lejos estaban de tener una buena comunicación y ninguno de los dos estaba demasiado pendiente de su única hija. La vía de escape de Sonia era salir con sus amigos los fines de semana, ir a bailar y repartir tarjetas en una disco, la misma donde le habían ofrecido convertirse en estrella de las pasarelas paraguayas.
Aunque la relación con sus padres no era buena, el paso de su casa familiar a una institución médica sólo empeoró las cosas. El diálogo entre ella y sus progenitores se transformó en casi nulo. Su madre trataba de explicarle que era el único modo que había encontrado para frenar su ida al país vecino y le repetía con gran perturbación: “No podía hacer otra cosa”. Al poco tiempo, Sonia fue trasladada a un pequeño hogar donde el panorama era un poco mejor. Algunos años después, los tres miembros de la familia empezaron a realizar una terapia psicológica. Todo parecía encaminarse.
Sin embargo, hace tres semanas, sin que pudieran conseguir una reconciliación por completo, la madre de Sonia murió. Fue algo repentino. Tan inesperado que apenas alcanzaron a hablar de todo lo que había sucedido y los pocos acercamientos que lograron no fueron suficientes para liberarla del sentimiento de culpa. Hoy, la muchacha vive con su tía y no deja de lamentarse cada vez que mira atrás.
“Es incontrolable”
María tiene 14 años, un hermano menor y una madre abogada que la define de un modo un poco particular: “Es una chica incontrolable”. Por esa razón, la señora decidió pedir ayuda en el Centro de Atención Transitoria. Algo era seguro: sola no podía.
Los días que la muchacha pasó allí no fueron nada buenos. Cada vez que hablaba por teléfono con su madre, la voz madura le aseguraba que su noviecito le tiraba onda en todo momento. A lo que María respondía: “¡Ay, mamá! ¿Cómo Juan te va a querer levantar a vos?”. Entre la competencia de su madre y la inmadurez propia de su edad, tuvo algunos episodios de autoagresión, por lo que la derivaron a una institución psiquiátrica. El regreso a casa que ella tanto ansiaba estaba cada vez más lejos. Recién después de un mes, logró pasar a un hogar terapéutico donde las visitas de su madre eran muy esporádicas, casi nulas. Cierto o no, la excusa siempre fue el trabajo.
“El diálogo es difícil”
Con sólo 16 años, Claudia es una de las tantas adolescentes que enfrentó una entrevista psiquiátrica sin padecer trastorno patológico alguno. Fue su madre la que decidió llevarla a un neuropsiquiátrico cuando los problemas de conducta se acrecentaron. “Esta chica no tiene criterio de internación”, dijeron de modo tajante en el establecimiento público.
En ese mismo lugar, la derivaron al Centro de Atención Transitoria donde les realizaron varias entrevistas a la joven y a su madre. Al parecer, la relación entre ambas era problemática desde hacía mucho tiempo. El diálogo era difícil, al punto que la madre de Claudia pensó que el único modo de resolver las cosas era que alguna institución del Estado se hiciera cargo de ella. Y así fue. Hace unos meses, fue trasladada a una institución de la provincia de Buenos Aires a la espera de que el vínculo con su madre se recompusiese.
“No puedo más con ella”
Había desertado del colegio y cada vez que podía pasaba la noche fuera de su casa. Eran pequeños intentos de fuga los que Mariela llevaba adelante. Su madre estaba separada y la preocupación por su hija de 15 años no la dejaba dormir. Día a día, la sensación de que no podía hacerse cargo de la muchacha aumentaba, hasta que al final decidió acudir a una Defensoría zonal. Una vez allí, sus palabras fueron contundentes: “No puedo más con ella”.
De inmediato, le aconsejaron que el mejor lugar para tratar este problema era la Dirección General de Niñez y Adolescencia porteña. Frente a la fragilidad emocional de Mariela y la desesperación de la madre, el único camino posible era descomprimir la situación para salvar el vínculo. La joven ingresó a una institución terapéutica y la madre se comprometió a realizar una visita semanal. Hoy, si bien Mariela continúa en dicho establecimiento, el diálogo entre ambas se reanudó.