La primera señal, tímida pero certera, asoma en casa. No bien el reloj acerca el horario del colegio, Gonzalo suelta, invariablemente, una frase que se las trae: "Me duele la panza", empieza, apurando gestos y lagrimones que, por repetidos, han perdido eficacia frente a su madre. "Quiero vomitar", continúa, y bastarán unos minutos para que el drama se profundice: "No quiero ir al cole, má. Mañana voy, te lo prometo". Con más o menos variantes, la escena se repite a diario ante unos padres que oscilan entre la angustia y el enojo. "No sé qué hacer —suspira ella— Le agarra tal ataque que la mitad de los días lo traigo de nuevo y, el resto, lo voy a buscar a la media hora".
Marcela, la mamá de Gonzalo, llegó a la consulta desesperada. "Me derivaron a un psicólogo en el gabinete pedagógico de la escuela. El gordo va a perder el año porque en estos dos meses de clases sólo diez días se quedó el turno completo. No bien pisamos la vereda de la escuela llora tanto que se ahoga y le falta el aire".
El caso de Gonzalo está lejos de ser una excepción. Según datos de diversos especialistas e instituciones, el diagnóstico de fobia escolar está en franco crecimiento. "Las estadísticas internacionales hablan de un 4% de la consulta psiquiátrica infantil. En nuestro país no hay estadísticas serias, pero los casos aumentaron mucho", comenta María José Madou, a cargo del Departamento de Niños del Centro de Investigaciones Médicas de Ansiedad (IMA).
"Hay más consultas y, también, una mayor preocupación de los padres y docentes. Sobre todo al inicio del ciclo escolar y en julio, cuando terminan las vacaciones, recibimos muchos mails con preguntas sobre el tema", coincide la licenciada Laura Coccia, de la Asociación Ayuda.
Se habla de fobia escolar cuando un menor manifiesta un miedo irracional a quedarse en el colegio, un temor que se expresa con síntomas físicos y cuadros de angustia desproporcionados. "Lo que se observa es una reacción de ansiedad exagerada, pero el diagnóstico no puede ser apurado. Primero el pediatra debe descartar que no haya algo físico que genere esos síntomas, y hay que verificar que no haya en la escuela un peligro real, como alguien que lo molesta o lo maltrata", advierte Madou.
Las fobias escolares están inscriptas en lo que los especialistas llaman trastornos de ansiedad. "Por lo general son chicos que tienen dificultades para alejarse de su casa.", explica Coccia, quien presentará el tema en el IV Congreso Mundial de Psicoterapia, que se realizará en agosto en Buenos Aires.
La fobia social es otro de los trastornos que pueden gatillar una fobia escolar. "Es el caso de aquellos niños que tienen un excesivo temor a sentirse humillados por sus pares", dice Madou.
"Hay ciertos niveles de ansiedad que son normales. El problema surge cuando comienzan los síntomas físicos y el rechazo a la situación escolar", dice Coccia. Los disparadores pueden ser diversos: "La pérdida de un ser querido, ser ridiculizado, ser molestado por los compañeros, ser el último en lograr algo, orinarse en clase, sacarse una mala nota o, simplemente, ser diferente", enumera la especialista.
Para el psicoanalista Fernando Osorio, del Centro Dos, "no hay que hablar de fobia escolar sino de fobia social. El niño expresa en la escuela este tipo de trastornos porque es donde genera el lazo social, donde pasa muchas horas y donde puede ser escuchado. El rechazo escolar es un desplazamiento de otra problemática cuyo origen está en la familia. Por lo general, son casos en los cuales ciertas cuestiones normativas, que debe imponer el padre con su palabra, aparecen desdibujadas."
Los cuadros más serios llegan a límites tan angustiantes como el ataque de pánico. "La manifestación es una reacción súbita de miedo. Aparecen sensaciones de ahogo y mareo, con fuertes dolores abdominales y de cabeza. La sensación psicológica es de absoluta desesperación, que se expresa a través de una necesidad imperiosa del niño de salir del lugar donde está", explica Madou.
Según los especialistas, el pico de incidencia de la fobia escolar aparece entre los 6 y 7 años y entre los 12 y los 13. "Suele coincidir con el inicio de la primaria y la secundaria. En el comienzo del jardín pueden haber problemas de adaptación asociados a la inmadurez, pero suelen ser norma les y transitorios", dice Madou.
"En seis meses el chico puede estar bien, sentirse aliviado —asegura Coccia—. Y, mucho antes, comenzar a ir al colegio. Es cuestión de ayudarlo y contenerlo, dos funciones que deben llegar desde el mundo adulto".