Noticias médicas

/ Publicado el 8 de octubre de 2007

Anorexia y bulimia

No comerás

Es el más cruel de los transtornos de la alimentación. Un documento para entender cómo viven quienes padecen anorexia, el más enigmático de los trastornos de la alimentación

Mariana tiene 5 años. Por alguna razón, piensa que va a vomitar cualquier cosa que coma. La idea le da tanto terror que, directamente, se niega a ingerir bocado.

Sofía es profesional, tiene buen pasar y hace rato que superó los 40. Durante años tuvo recurrentes episodios de debilidad y frío corporal intenso. Pero recién ahora, cuando está al borde de la internación por deficiencias alimentarias, se le ocurre vincular aquellos síntomas con su modo de comer.

Mariana y Sofía están en los extremos generacionales de un cuadro que, en su mayoría, afecta a mujeres de entre 15 y 30 años. Suelen ser habitantes de los grandes centros urbanos, voluntariosas, autoexigentes, tan rodeadas de recursos como inmersas en un inenarrable malestar de época. Se les diagnostica anorexia, uno de los más enigmáticos y brutales trastornos de la alimentación (ver recuadro). El culto a la imagen y el aluvión de noticias que últimamente vinculó la anorexia con el mundo de las pasarelas puso a la moda en el banquillo de los acusados. Sin embargo, los trabajadores de la salud coinciden en que hay algo mucho más profundo en el origen de este síndrome. Algo capaz de arrasar con el cuerpo, la psiquis y el entramado afectivo de quienes lo padecen.

Casi ángeles

“Prefiero tener el alma llena que el estómago.” Frases como ésta son frecuentes en cualquiera de las páginas web, foros y blogs Pro Ana (pro anorexia) que proliferan por Internet. Suelen acompañarlas imágenes de esbeltas modelos, gimnastas o celebridades, como Angelina Jolie, actriz que en su adolescencia se habría tatuado en la ingle la frase “Todo lo que me nutre me destruye”. Consejos para bajar de peso, tablas de calorías y tips para que los allegados no descubran las rigurosas prácticas de ayuno a las que se someten (desde comprarse una mascota a la que darle la propia comida hasta alegar ser alérgica al chocolate o al azúcar) conviven con primorosos diseños e ilustraciones de hadas, princesas de cuento y mariposas. Fantasías etéreas, discursos de innegable fervor adolescente y sentencias de escalofriante severidad: “Creo en la perfección y lucho por obtenerla”, “No comerás sin sentirte culpable”, “La anorexia y la bulimia no son enfermedades; son estilos de vida”.

Un estudio realizado en España arrojó que el 68% de las usuarias de estos sitios son adolescentes de entre 14 y 17 años. Para el español Guillermo Cánovas, presidente de la asociación Protégeles, estas páginas distan mucho de ser inocuos juegos de teenagers. En 2004 denunció la existencia de un movimiento a favor de la anorexia en la Red y realizó acuerdos con las empresas de servicios de Internet para dar de baja esos sitios. La respuesta no se hizo esperar. “Dicen que varias páginas como la nuestra están siendo clausuradas –podía leerse en los foros–. ¿Cuándo nos dejarán en paz? ¿Por qué se meten con nosotros de esta forma? ¿No nos han educado precisamente ellos para que luchemos por lo que deseamos?”. Las jóvenes “Pro Ana” reaccionaban con la virulencia de quien está sufriendo una insólita persecución. En la Argentina, una de las páginas más célebres (censurada en su momento y luego derivada a un fotolog) fue la de Cielo Latini, la chica que se tatuó en la muñeca izquierda “47 kilos” (el peso al que indefectiblemente iba a llegar); se convirtió en adorado referente de las “Ana” vernáculas y volcó su experiencia en el libro Abzurdah, publicado el año pasado.

“Yo he tenido pacientes que me han dicho: No quiero tener el cuerpo que me imponen que tenga –explica la psicoanalista Catery Tato, integrante del grupo de atención a trastornos de la alimentación de Medicus–. Es impresionante, porque eso lo expresa alguien que tendría que pesar 20 kilos más. Para los otros, su cuerpo representa algo que tiene que ver con la enfermedad. Pero ella, en lo que sería su peso normal, se ve mal.” Allí reside el gran desafío que la anorexia plantea a los profesionales de la salud: ¿cómo curar a quien no quiere curarse? ¿Cómo obligar a comer a quien siente –literalmente– que la comida es un veneno?

Vivir del aire

Para el gran público, la alarma se activó entre mediados de 2006 y principios de 2007, con la muerte de dos modelos uruguayas. Aunque se dijo que las jóvenes no padecían anorexia, inevitablemente las sospechas recayeron sobre las restrictivas dietas seguidas en el mundo de la moda. Los sucesivos fallecimientos de una aspirante a modelo, de 14 años, y una modelo de 21 en Brasil sumaron inquietud. Mientras tanto, se vetaba la participación de modelos con “peso excesivamente bajo” en los desfiles realizados en Madrid y el gobierno español firmaba un inédito acuerdo con las grandes marcas de prêt-à-porter contra la “excesiva delgadez”. Los organizadores de desfiles en Milán se sumaron a la iniciativa de sus pares madrileños y en Nueva York la industria de la moda recomendó a los diseñadores promover actitudes más saludables entre las modelos.

Sin embargo, buena parte de las anoréxicas no son esclavas de lo fashion: “Al menos hasta ahora yo no he recibido ninguna paciente que me plantee algo así –comenta la licenciada Tato–. Es cierto que la moda, los medios, la imagen, no ayudan mucho. Pero no son determinantes. Hay otra cosa, un ejercicio de la voluntad, alguien que dice: Yo así voy a vivir. ¡Y lo hace! En condiciones tremendas, pero lo hace. Hay algo de grito primario en la actitud de estas personas. De grito sin sonido”.

Este año, la anorexia volvió a capturar la atención mediática cuando se supo que Alegra Versace, sobrina veinteañera del famoso diseñador, padecía este desorden. Poco tiempo antes, un atribulado Jacques Chirac confesaba que sus mayores desafíos políticos poco habían sido frente al verdadero drama de su vida: la anorexia sufrida desde hace 33 años por su hija Laurence.

¿Habría que suponer que estamos frente a una epidemia social? “Yo no hablaría de epidemia –señala la psicóloga Diana Guelar, del centro de tratamiento La Casita–. La anorexia la sostiene muy poca gente, en realidad. Hay chicas que no van a llegar a la situación extrema de dejar de comer. Pero sí hablaría de epidemia si considero la preocupación excesiva por el cuerpo y por el peso, la imposibilidad de dejar de pensar en eso.” Rosina Crispa, directora de esa institución, agrega: “En términos generales, es un trastorno que se da en las grandes capitales, en las zonas más desarrolladas del mundo industrializado. En la Argentina, por ejemplo, hay lugares donde ni saben de qué se trata, en contraposición con lo que ocurre en Buenos Aires, Córdoba o Mendoza”.

En el libro Comer todo o comer nada (Lumen), el licenciado Jorge Luis Colombo indica que nuestro país está en segundo lugar, después de Japón, en cuanto a la incidencia de anorexia nerviosa en su población. Asimismo, comenta que los Institutos Nacionales de la Salud (NIH) de los Estados Unidos aseguran que cerca del 1% del total de la población mundial está afectada. Quienes la padecen se niegan a mantener el peso corporal en un nivel normal mínimo (pueden llegar hasta el 85% por debajo de lo esperado), viven sumidas en el miedo a engordar pese a estar visiblemente delgadas, recurren a las más diversas prácticas para adelgazar aún más (uso de laxantes, diuréticos, vómito autoinducido) y tienen una relación conflictiva con su propia imagen. Como Alejandra, de 16 años, que dice: “Soy un zoológico: tengo un chancho en la mente, una lombriz en el estómago, un león en la boca y dos elefantes en las piernas”.

Aunque en los últimos años aumentaron los casos de hombres que sufren trastornos de la alimentación, la abrumadora mayoría de pacientes siguen siendo mujeres. En la Argentina, un 10% de los hombres consultan por este tema y un 2% sufre bulimia o anorexia.

Mal de época

“Hijas del nuevo mundo”, las llamó la escritora Laura Yasan en un poema escrito a fines de los 90. De ellas dijo que “sólo desean ser/ delgadas como un tallo/ livianas como el ala de una mariposa”. Y agregó: “anhelan despertar /con los dedos más largos cada día/ para hundirlos hasta el fin de sus amígdalas/ y vomitar sin voluntad/ lo que resta del siglo”.

Sin embargo, la psicoanalista Silvia Fendrik, autora de El país de Nuncacomer (Libros del Zorzal), las vincula con mujeres de épocas muy distantes, también embarcadas en una enigmática búsqueda de control sobre su cuerpo. “Encontramos que muchas de nuestras modernas anoréxicas ya estaban presentes en los ayunos místicos de las santas, en las cacerías de brujas, en las elegantes mesas burguesas de nuestros tatarabuelos, en la literatura romántica”, escribe Fendrik. Por medio del ayuno las santas llegaban a la iluminación mística. Las brujas eran quemadas en la hoguera, entre otras cosas, por ser capaces de vivir sin ingerir alimento. En el siglo XIX, la prensa norteamericana y la británica divulgan noticias sobre las fasting girls, muchachitas que se negaban a ingerir alimentos, pretendían tener poderes especiales y, en algunos casos, vivieron una efímera popularidad. Las heroínas románticas, por su parte, languidecían y soñaban con ser las “musas etéreas” por las que se desvivirían los poetas. En sus libros, Fendrik construye una suerte de arqueología de las ayunadoras partiendo de la hipótesis de que “muchos fenómenos nuevos no son sino el retorno, la actualización de un pasado cercano o remoto”. Destaca la fuerza de voluntad y la complicada relación que estas mujeres tienen con su sexualidad; la simbología contenida en su defensa de la pureza, la perfección, esa especie de misticismo laico que algunas profesan.

“Desde lo social se nos proponen ciertos modelos para ser ‘alguien’: poseer un buen auto, ropa de marca, tener un buen cuerpo –dice la psicoanalista Alicia Cibeira, integrante del equipo de Trastornos de la Alimentación en Pediatría del Hospital Italiano–. Además, estamos en una sociedad que nos ofrece no llegar nunca al límite: nunca envejecer, por ejemplo. Estos trastornos tienen que ver con la angustia en tanto síntoma social.” Efectivamente, en el discurso y en la acción de la anorexia está siempre presente la idea de desafiar y aun trasponer los límites que impone la función corporal. “En la adolescencia surgen un montón de factores que ya no se pueden manejar como antes –indica Diana Guelar–. Nuevo colegio, nuevo cuerpo, nueva sociabilidad. En muchos casos ocurre que, ante la sensación de falta de control en sus vidas, las chicas empiezan a controlar sus cuerpos. Es como si se dijeran: No puedo controlar lo de afuera, controlo esto”.

A la larga, ese esfuerzo trae complicaciones físicas: falta de minerales, amenorrea, deficiencia de la glándula tiroides, baja presión, descenso excesivo de la temperatura corporal. En algunos casos, el cuerpo, para producir calor, genera un vello muy suave (como el de los bebés), llamado lanugo.

Los tratamientos

Ante un panorama tan complejo, ¿qué hacer? “Interdisciplinariedad”, claman los profesionales consultados. “Son muchas las causas que confluyen para originar una anorexia: predisposición familiar, marco social, características individuales”, explica Guelar. Por eso, el vehículo más adecuado para tratarla es el trabajo en equipo: psicólogos o psicoanalistas, psiquiatras, especialistas en terapia familiar, nutricionistas, médicos clínicos. El trabajo conjunto apunta a lograr un equilibrio entre normativa y escucha. O sea: lo que dice la nutricionista se acata sin discutir. Y en el gabinete psicológico se habla, se protesta, se expresa todo lo que haya para decir. Es un trabajo arduo, delicado, que exige dedicación e infinita paciencia. Hay que verlas a las profesionales del equipo del Hospital Italiano. Cómo se consultan entre sí, cómo van de un consultorio a otro, café en mano, mientras se ponen al tanto del estado de cada uno de sus jóvenes pacientes. “Al trabajar en pediatría, tenemos el privilegio de recibir pacientes en las primeras etapas del trastorno”, señala Débora Setton, pediatra especializada en nutrición que dirige el equipo. La mayoría de las pacientes son chicas de entre 13 y 17 años, aunque también hay varones. Las primeras fases del tratamiento se orientan a restablecer la salud física. “No se puede esperar que aparezca el deseo de comer –explican–. Los chicos tienen que alimentarse para desarrollarse. Luego, con mucha serenidad y tiempo, se trabaja para que aparezca el deseo de comer.” Si el deterioro físico es preocupante, el equipo puede llegar a disponer una internación en clínica médica.

El concepto no es muy diferente del que manejan las directoras de La Casita. “Es muy importante que el pediatra detecte que hay un trastorno. Una anorexia a los 14 no es lo mismo que una anorexia a los 20”, señalan. También destacan la importancia de comenzar por ordenar el aspecto nutricional. “Hay aspectos fisiológicos que son irrebatibles”, explica Rosina, remontándose a una experiencia realizada en Minnesota en los años 40, donde se demostró que existe un vínculo entre la carencia de ciertos nutrientes y la manifestación de síntomas psíquicos típicos de la anorexia nerviosa: depresión, irritabilidad, cambios abruptos del humor. El tratamiento propuesto por Crespo y Guelar articula el trabajo de la especialista en nutrición con la terapia individual y grupal, los talleres expresivos (teatro, yoga) y el trabajo con los padres. Un esquema en el que es tan importante indagar en la difícil zona de los conflictos vinculares como insistir en los más básicos hechos del día a día. Por ejemplo, sentarse a la mesa para comer. Y disfrutarlo.

Por Diana Fernández Irusta
dfernandez@lanacion.com.ar  

Cada cosa por su nombre

Los trastornos de la alimentación son desórdenes marcados por conductas obsesivas frente a la comida y, por lo general, una preocupación excesiva por el peso y lo que se ingiere.

Anorexia nerviosa

El síntoma básico es la negativa a ingerir alimentos, con la consecuente pérdida de peso. Los pacientes se sienten a disgusto con su figura y su peso corporal. En las mujeres, la ausencia de al menos tres períodos menstruales consecutivos puede ser un dato para diagnosticarla. Hay dos tipos de anorexia: la restrictiva (la persona no come) y la bulímica (hay atracones seguidos de vómitos autoinducidos, uso de laxantes o diuréticos).

Bulimia nerviosa

Se caracteriza por los atracones recurrentes (un promedio de dos veces por semana por un período de tres meses). El paciente ingiere en lapsos muy breves cantidades excesivas de comida, con la sensación de que no puede parar de comer ni controlar lo que está consumiendo. Luego de cada atracón sobreviene una purga (vómito autoinducido, laxantes), un ayuno o un exceso de ejercicio.

Trastorno alimentario no específico

Se diagnostica cuando la paciente tiene actitudes anoréxicas, pero no registra amenorrea o mantiene un peso dentro del rango normal. También en caso de que haya atracones con una frecuencia inferior a dos veces por semana o desde hace menos de tres meses; cuando alguien de peso normal recurre eventualmente a purgas, tiene actitudes extrañas o compulsivas con la comida.

Atracón

Hay episodios recurrentes de ingesta de importantes cantidades de comida en tiempo muy corto, pero no se recurre a estrategias compensatorias (purgas, ayuno, ejercicio físico excesivo).

Cuando el glamour no es saludable

En el último tiempo se sucedieron las noticias sobre todo tipo de celebrities afectadas por la anorexia. Desde casos de evidente deterioro físico, como el de Alegra Versace (sobrina del diseñador) hasta algunos ligados con rumores más o menos confirmados, como el de Victoria Beckham (ex Spice Girl y actual esposa del famoso futbolista) o la actriz Calista Flockhart (protagonista de la serie televisiva Ally McBeal). Algo más lejos en el tiempo, el caso de Karen Carpenter es uno de los más impactantes: la ex integrante de The Carpenters sufría anorexia y falleció en 1983, a los 33 años.

Para padres

Cómo detectar un desorden alimentario

Las actitudes obsesivas son el primer indicio. Una manía pasajera, una dieta breve antes del verano, quizá no sean preocupantes. Pero la reiteración compulsiva de regímenes restrictivos, la rigidez o la imposibilidad de suspenderlos sí constituyen una señal de alarma.

Prestar atención si, pese a estar en su peso, hacen dieta para adelgazar una parte particular del cuerpo, se quejan reiteradamente del tamaño de sus piernas o de “tener panza”.

Estar todo el tiempo juzgándose, midiéndose o haciéndose evaluar por otro.

Si aparecen temores relacionados con la comida. Por ejemplo, miedo compulsivo a vomitar.

Cuando esconden comida, envases o papelitos de golosinas.

La reiteración de dietas cada vez más exóticas o monótonas.

Después de comer, se encierran en el baño sin motivo aparente.

Cambios notorios de carácter relacionados con haber o no haber comido.  

Rituales al comer: cortan la comida en pedacitos muy pequeños, juegan con ella en el plato.


Yo, anoréxica

No te quiero desilusionar, pero el tratamiento es largo”, cuenta que le dijo a la otra, la que recién entraba. Le impresionó la ansiedad de la nueva, sus nervios ante el paso que estaba por dar. El mismo que Luciana había dado cinco años antes, cuando traspuso las puertas de La Casita y comenzó a tratar su cuadro de anorexia. “Más que ir… me llevaron”, confiesa hoy, a los 21, tan lejos y tan cerca de esa adolescente de 16 que llegó a pesar 47 kilos pese a medir 1,76 metros. Esa altura, tan codiciada por algunas, para ella era una tortura. “Me sentía demasiado grandota, me costaba aceptar ser así.” No obstante, sabe que es de las afortunadas: su trastorno se detectó tempranamente, lo que le ahorró mucho sufrimiento, privaciones y tiempo.

–¿La anorexia es el más complicado de los trastornos de la alimentación?

–Y... con la bulimia, las chicas al menos se alimentan.

No hay ironía en sus palabras. Luciana recuerda demasiado bien los primeros tiempos de la recuperación. Cerrar los ojos y tragar. Como si la comida fuera un remedio repugnante pero necesario al fin. “Cuando empecé a incorporar el alimento, a la mañana temprano tenía dolores de panza muy fuertes –rememora–. El cuerpo lo rechazaba, no estaba acostumbrado. Terminábamos en la clínica, me hacían análisis. Hasta que, de a poco, empecé a asimilar lo que comía.”

Antes del tratamiento, cuando las señales de alarma comenzaron a hacerse visibles, Luciana, que siempre había sido saludable, se convirtió en un ser frágil, enfermizo. “Faltaba mucho a la escuela, me descomponía muy fácil, me bajaba la presión”, enumera. Pese a estos malestares, ella seguía. “Siempre me veía gorda, me veía mal.” Aunque las ojeras se hicieran cada vez más pronunciadas, las costillas asomaran, el rostro se empalideciera. Mientras los talles de la ropa bajaban, bajaban y bajaban.

¿Cómo empezó ese proceso? Sin grandes estridencias. Un verano, empezó a hacer dieta. Hasta que no pudo –ni se planteó– parar. Ni siquiera se pesaba. Simplemente, no comía. “No desayunaba, no almorzaba. Dormía todo el día. Era el mecanismo que había encontrado. Me despertaba a las seis, siete de la tarde, pasaba la merienda y sólo cenaba. No sé si tenía las defensas bajas o estaba deprimida, pero dormía muchísimo. Evitaba las situaciones sociales, casi no salía. Me había acostumbrado a estar encerrada, metida en mí misma.” Averiguó que el alcohol fijaba las grasas, la sidra engordaba, el queso rallado también. “Fui suprimiendo cosas. Hasta que un día me encontré con que no tenía qué comer.”

La debilidad física y una persistente amenorrea la convencieron de consultar con un profesional. “Yo pensaba que era cuestión de tomar unas vitaminas. Pero cuando la médica habló de anorexia, me asusté. No entendía nada. Nunca había relacionado lo que me pasaba con algo así. Me daba terror pensar en lo que podía venir. ¿Y si me internaban? Me puse a llorar y dije que no quería nada raro.”

Lo que sobrevino no fue “raro”, aunque sí metódico. Luciana comenzó un tratamiento basado en la atención de su psiquis, su cuerpo y sus vínculos. De a poco, fue quedando atrás esa etapa en la que sentía que algo en ella se había apagado: “Durante los peores momentos de la enfermedad, veía que pasaban los días como si mirara por detrás de una vidriera”, asegura. Recuperar el gusto por la comida fue casi, casi, una cuestión de buena voluntad. Pero cuando volvieron los sabores también regresaron los intereses, la vivacidad, las ganas de estar con los demás. Terminó el secundario, comenzó a trabajar, se inscribió en la carrera de Diseño de Indumentaria.

–¿Te daba miedo la vida adulta?

–Siempre tuve mucho miedo de crecer. Miedo de lo desconocido. Me costó aceptar que no se puede controlar todo. Que no somos todos iguales.

–El mundo sería muy aburrido si todos tuviéramos el mismo físico. Además, ¿de qué trabajarías vos?

–(Se ríe) ¡Es verdad! Menos mal que hay gente para todo. Si no, ¿para quién voy a diseñar?

Campaña polémica

Fue a fines de septiembre, durante la Semana de la Moda de Milán. La fotografía de una mujer anoréxica desnuda circuló por los medios publicitando una marca de ropa al tiempo que proponía: “No a la anorexia”. El autor de la imagen es Oliviero Toscani, el mismo que fotografió a un hombre muriendo de sida para una campaña de Benetton. Mientras muchos aplaudieron la iniciativa, numerosos profesionales de la salud pusieron en duda su eficacia para la prevención.

Dónde consultar

Hospital Durand: Díaz Vélez 5044; 4982-1050, 4981-2670. Lunes a viernes, de 8 a 13 (admisión: martes, desde la 9.30, con turno).

Centro de Salud Mental N° 3, Dr. A. Ameghino : Avda. Córdoba 3120; 4862-2896. Lunes a viernes, de 12 a 16.

La Casita: Arribeños 2606; 4787-5432.

Hospital Italiano: Gascón 450; 4959-0200.

Libros: Anorexia y bulimia: lo que hay que saber, autores varios (Ed. Gedisa); Comer todo o comer nada, J.L.Colombo (Ed. Lumen)

Historias en imágenes

En 2000, la fotógrafa inglesa Felicia Webb realizó un reportaje que ganó el premio La Nacion de fotografía, a partir del testimonio de cinco mujeres que sufrían de anorexia: Marie, Natalie, Janine, Jo y Rebecca. A lo largo de esta nota se publican cuatro de esos testimonios.