Este año, no les pidió sólo que pensaran, sino que pensaran en pensar: “¿Qué idea nos ayudaría a pensar mejor?”, les preguntó. Estas son apenas algunas de las casi doscientas respuestas en busca de herramientas mentales que nos ayuden a construir un futuro mejor.
Por Federico Kukso
Desde que un peludo, algo encorvado y olvidado ser humano-en-potencia estrelló toda su furia contra el suelo de Etiopía y luego alzó al cielo un hueso o una piedra pacientemente afilada (anticipándose casi en 3,4 millones de años a la escena más antropológica del cine), las herramientas nos dominan. Creemos que, como las diseñamos y las fabricamos en masa, como las manipulamos con gusto, somos nosotros –los siete mil millones de Homo Sapiens que momentáneamente habitamos la Tierra– quienes tenemos el mando. Pero no. Vivimos engañados y con los ojos aún tapados por el velo del antropocentrismo y el ego inflado que sigue haciéndonos pensar que somos el centro del universo.
Desde un lápiz a un iPad, de un martillo a incluso un consolador, estos artefactos y extensiones de nuestros cuerpos instalan hábitos mentales, reorganizan los espacios y nuestra idea del tiempo. O como repite con agudeza el sociólogo Christian Ferrer en Mal de ojo: el drama de la mirada –un libro fundamental de la filosofía de la técnica–, imponen una visión del mundo, una sensibilidad particular. La invención de la imprenta a mediados del siglo XV animó a la gente a pensar siguiendo líneas rectas y a ordenar sus percepciones del mundo en forma compatible con el orden visual de la página impresa. El automóvil fue internalizado como símbolo de poder e independencia y esculpe a diario la ciudad. La televisión, en cambio, impulsa el “pensamiento zapping” y la web enseña a sus usuarios-adictos a reordenar sus flujos mentales en formas compatibles con los protocolos del ciberespacio (el hipertexto infinito, la mentalidad de colmena, la sociabilidad y ansiedad exacerbada y la falta de memoria).
O sea, además de tener en nuestras casas una caja de herramientas lista para sacar de la oscuridad en caso de que se rompa un caño o se caiga un cuadro, contamos también con una caja de herramientas mental o cognitiva: un conjunto de conceptos-herramientas (o ideas-martillo) con los que vemos y nos movemos por el mundo. Cada época tiene las suyas. Y el siglo XXI, también. Pero, ¿cuáles?
Para saberlo, el agente literario John Brockman les hizo una sola pregunta acorde con esas dudas a 164 físicos, biólogos, filósofos –¿Qué concepto científico mejoraría nuestras herramientas cognitivas?–, institucionalizando aún más aquel ritual que desde 1998 radiografía con un sólo interrogante el heterogéneo mundo de la llamada “tercera cultura”: la pregunta anual del sitio Edge.org.
Los físicos Carlo Rovelli y Lawrence Krauss, por ejemplo, afirmaron que todos nos beneficiaríamos si manejásemos mejor el concepto de incertidumbre. El matemático Rudy Rucker sugirió la idea de impredictibilidad del mundo y el emprendedor Vinod Khosla hizo lo mismo pero con la noción de la impredictibilidad de la tecnología (o principio del cisne negro). Deberíamos pensarnos como un superorganismo, sugirió el psicólogo Jonathan Haidt. El físico Gino Segre incitó a hacer Gedankenexperiments (o experimentos mentales) y el físico teórico Sean Carroll lo recordó: el universo no tiene sentido.
Como se hizo costumbre (o un hábito mental impuesto por la tecnología, tal vez), Radar leyó cada una de las 164 propuestas y eligió las diez más deslumbrantes.
El multiverso
Por Nicholas Humphrey
Una representacion del multiverso.El concepto científico de “multiverso” ya entró en la imaginación popular: la coexistencia simultánea de incalculables universos alternativos. Pero las implicancias filosóficas de esta idea aún no han calado hondo. Cuando eso ocurra cambiará para siempre nuestra visión de las cosas. Comenzaremos a avizorar nuestro destino: ser inmortales.
Por lo que sabemos de la vida en este universo es que nuestros cuerpos mueren normalmente a causa del paso del tiempo o debido a accidentes en distintas escalas: macroaccidentes (un choque de autos); microaccidentes (ataque al corazón, derrame cerebral); o nanoaccidentes (errores en la división celular llamados “cáncer”, vejez). Sin embargo, en el multiverso, donde se dan todas las alternativas posibles, la maravillosa verdad es que tiene que haber al menos un universo en particular en el que cada uno de nosotros como individuos ha escapado a todos estos accidentes o desgracias.
Es más: en alguno de los miles o millones de universos que forman el multiverso, los científicos con seguridad han encontrado la manera de vencer la muerte.
Tomando en consideración estas posibilidades –certezas mejor dicho–, podemos concluir razonablemente que habrá por lo menos un universo en el que yo y usted, lector, todavía sigamos vivos después de mil o un millón de años.
En ese universo, ¿nuestro “yo de un millón de años”, uno en un trillón de posibilidades, llorará al resto de los alter-egos que perecieron antes de tiempo? No, probablemente no más de lo que lo hacemos en la actualidad. Como individuos somos estadísticamente tan improbables que el simple hecho de ser, de estar vivos, parece todo un milagro.
Nicholas Humphrey es psicólogo de la London School of Economics.
La información no es conocimiento
Por Nicholas Carr
Estás tirado en el sofá de tu living, mirando un nuevo episodio de la serie Justified, cuando te acordás que tenías que hacer algo en la cocina. Te levantás, das diez pasos, y justo cuando te acercás a la heladera “¡puff!”, te das cuenta de que te olvidaste lo que venías a hacer. Te quedás perplejo por un momento, encogés los hombros y volvés al sofá.
Tales lapsos o lagunas mentales nos suceden tan a menudo que no les prestamos mucha atención. Decimos que son meras distracciones o, cuando nos ponemos viejos, achaques de la edad. Sin embargo, estos incidentes revelan una limitación fundamental de nuestras mentes: la pequeña capacidad de memoria que tenemos. La facultad de retención es concebida por los científicos del cerebro como un almacén donde guardamos el contenido de nuestra conciencia, donde fluyen nuestras impresiones y pensamientos a lo largo del día. En los ’50, el psicólogo George Miller afirmó que nuestros cerebros sólo pueden retener alrededor de siete piezas de información simultáneamente. Algunos piensan que es mucho y aseguran que tenemos una capacidad de trabajar con tres o cuatro elementos.
La cantidad de información que ingresa a nuestra conciencia en cualquier momento es conocida como “carga cognitiva”. Cuando nuestra carga cognitiva excede la capacidad de nuestra memoria, nuestras habilidades intelectuales son abatidas por un golpe. La información entra y sale tan rápido de nuestra mente que no la podemos retener. Es por eso que no pudiste recordar lo que fuiste a hacer a la cocina.
La información se desvanece antes de tener la oportunidad de transferirla a nuestra memoria de largo plazo y convertirla en conocimiento. Recordamos menos y nuestra habilidad de pensar crítica y conceptualmente se debilita.
Una memoria sobrecargada también tiende a aumentar nuestras distracciones. Pedagogos y psicólogos saben que si le das mucha información a un estudiante muy rápido su capacidad de comprensión se degrada y no aprende nada. Ahora que estamos todos inundados de bits y demás piezas de información como nunca –gracias a la increíble velocidad y volumen de datos de nuestras redes sociales y gadgets– todo el mundo se podría beneficiar al saber cómo la carga cognitiva influye en nuestra memoria y pensamiento. Cuanto más al tanto estemos de lo frágil que es nuestra memoria, seremos capaces de administrar mejor el flujo de información que llega a nosotros.
Hay ocasiones en las que querés estar inundado de mensajes y toda clase de información. La estimulación y la sensación de conexión pueden ser emocionantes y placenteras. Pero es importante recordar que, cuando se trata de la manera en que funciona nuestro cerebro, la sobrecarga de información no es sólo una metáfora, es un estado físico. Cuando estás realizando una tarea muy importante o complicada, o cuando simplemente querés disfrutar de una experiencia o de una buena conversación, es mejor cerrar la canilla de la información al menos por un rato.
Nicholas Carr es autor del reciente libro The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains.
La virtud del fracaso
Por Kevin Kelly
Podemos aprender tanto de un experimento que no sale bien como de uno que sí funciona. No debemos evitar equivocarnos; más bien, es una práctica que deberíamos cultivar y fomentar. Es una lección de la ciencia que podría beneficiar no sólo la investigación sino al diseño, a los deportes, la ingeniería, el arte, la vida en general.
Un gran diseñador gráfico genera un montón de ideas sabiendo que la mayoría terminarán siendo desechadas. Lo mismo ocurre con los arquitectos, escultores, microbiólogos. ¿Qué es la ciencia después de todo si no una manera de aprender de aquellas cosas que no funcionan, de nuestros propios errores?
Esta perspectiva sugiere que deberíamos aspirar a triunfar al mismo tiempo que nos preparamos a aprender de una serie de errores.
Pero hoy en día el fracaso no es tan noble. En la actualidad, el error no es considerado ni por asomo como una virtud. Es, en cambio, un signo de debilidad, un estigma que prohíbe segundas oportunidades. A los niños se les enseña que equivocarse conduce a la desgracia, que uno debe hacer todo lo que tiene al alcance para triunfar sin equivocarse.
Asociada a la idea de aceptar el fracaso está la noción de romper cosas complejas para hacerlas mejor. A menudo, la única forma de mejorar un sistema complejo es probarlo hasta sus límites forzándolo a fallar. Por lo general, los ingenieros testean un programa informático haciendo todo lo posible para colgarlo. Los grandes inventores tienen tanto respeto por romper cosas como los científicos tienen paciencia para lidiar con los errores. Ellos lo saben: fracasar es un camino más al éxito.
Kevin Kelly es el cofundador de la revista Wired. Es autor del reciente y magnífico libro What Technology Wants (Lo que la tecnología quiere).
El experimento continuo
Por Roger Schank
Hay conceptos científicos que han sido arruinados o desdibujados por el sistema educativo. Por ejemplo, la idea de experimentación. Después de salir del secundario, por lo general, los adolescentes piensan que es algo que hacen los científicos, que es algo aburrido y que no tiene nada que ver con sus vidas. Y eso es un problema: todos experimentamos todo el tiempo. Los bebés experimentan con lo que es bueno (o malo) llevarse a la boca. Los adolescentes experimentan con el sexo, las drogas y el rock and roll.
La mayoría de la gente no ve estos comportamientos tan habituales como actos continuos de recolectar evidencia para contrastar o refutar una hipótesis. Cada vez que tomamos un medicamento conducimos un experimento. Cada aspecto de la vida es un experimento. Las cosas que nos ocurren se pueden comprender mejor si lo vemos de esa manera. En otras palabras, una parte de la actividad científica consiste en pensar con claridad a partir de la evidencia obtenida como resultado de experimentos.
Si en las escuelas se enseñaran conceptos cognitivos básicos como la experimentación en el contexto de las experiencias cotidianas, las personas serían más eficaces a la hora de decidir sobre la educación de sus hijos, en sus relaciones personales, en los negocios, y en los demás aspectos de su vida de todos los días.
Roger Schank es psicólogo y especialista en inteligencia artificial.
Dos ideas opuestas al mismo tiempo
Por Samuel Barondes
Cada uno de nosotros es un ejemplar estandarizado, concebido de la unión de dos células germinales, alimentadas en un útero y equipadas con un programa de desarrollo que guía nuestra posterior maduración y nuestro eventual declive.
Cada uno de nosotros es también único, el poseedor de una selección particular de variantes genéticas del genoma humano colectivo e inmerso en una familia en particular, una cultura, una época, un grupo de pares. Con herramientas innatas para adaptarnos a las circunstancias de nuestro mundo personal seguimos construyendo nuestras propias formas de ser y el sentido de lo que somos.
Esta visión dual de cada uno de nosotros –ordinarios y especiales al mismo tiempo– ha sido tan bien establecida por los biólogos y científicos de la conducta que ahora puede parecer evidente. Pero aun así merece ser tenida en cuenta como una herramienta cognitiva porque tiene implicaciones importantes. Reconocer lo mucho que compartimos con los demás promueve la compasión, la humildad, el respeto y la fraternidad. Reconocer que somos únicos promueve el orgullo, el autodesarrollo, la creatividad y los logros.
Aceptar estos dos aspectos de nuestra realidad personal puede enriquecer nuestra experiencia diaria. Nos permite disfrutar simultáneamente de la comodidad de ser ordinarios y de la emoción de ser únicos.
Samuel Barondes es director del Centro de Neurobiología y Psiquiatría de la Universidad de California, Estados Unidos.
Mirar no es ver
Por Douglas Rushkoff
A la mayoría de la gente le gusta pensar que las tecnologías y los medios de comunicación son neutrales y que sólo su uso o contenido determinan su impacto. Las armas no matan a la gente. Después de todo, la gente es la que mata a gente. Pero las armas nos predisponen más a matar que, por ejemplo, las almohadas, aunque muchos las han utilizado para ahogar a un cónyuge.
Nuestra incapacidad generalizada para reconocer el sesgo de las tecnologías que utilizamos nos hace incapaces de desarrollar cualquier tipo de control sobre ellas. Aceptamos nuestros iPads, nuestras cuentas de Facebook y los automóviles por lo que nos ofrecen y no por la mirada sobre el mundo que nos imponen.
Marshall McLuhan nos exhortó a reconocer que nuestros medios de comunicación tienen un impacto en nosotros más allá de cualquier contenido transmitido a través de ellos. Su mensaje es lo suficientemente cierto como para generalizarse a toda la tecnología.
Facebook, por ejemplo, nos está configurado para que nos pensemos a nosotros mismos (y a los demás) en términos del “me gusta”, opción que tanto clickeamos cuando aprobamos lo posteado por nuestros amigos. Un iPad, en tanto, nos empuja más a pagar por aplicaciones y a dejar de producir contenidos por nosotros mismos.
Si el concepto de que las tecnologías tienen sesgos (y nos imponen una determinada visión) se convirtiera en conocimiento común, podríamos entonces empezar realmente a usarlas consciente y deliberadamente. En cambio, si esta noción no se generaliza, nuestras tecnologías y sus efectos continuarán amenazándonos y confundiéndonos.
Douglas Rushkoff es teórico mediático de la Universidad de Princeton, Estados Unidos, y uno de los miembros más conocidos del movimiento cyberpunk.
No estamos solos en el universo
Por Craig Venter
Un mapa del Universo.No puedo imaginar un solo descubrimiento que podría tener más impacto en la humanidad que el descubrimiento de vida fuera de nuestro sistema solar. Hay una visión de la vida tan “humano-céntrica” o “Tierra-céntrica” que permea la mayoría del pensamiento cultural. Encontrar que hay varios, tal vez millones de lugares donde se originó la vida y que la vida es ubicua en todo el universo afectará profundamente a todos los seres humanos.
Vivimos en un planeta microbiano. Hay un millón de células microbianas por centímetro cúbico de agua en nuestros océanos, lagos y ríos. Tenemos más de cien trillones de microbios fuera y dentro de nuestros cuerpos. La diversidad de la vida en la Tierra hubiera parecido ciencia ficción para nuestros ancestros. Hay microbios que crecen en hielo y microbios que prosperan a temperaturas que exceden los 100°C. Hay organismos que viven de dióxido de carbono, metano, azufre, azúcar. Hemos mandado trillones de bacterias al espacio, por lo que sería sorprendente si no encontrásemos evidencia de vida microbiana al menos en Marte.
Los recientes descubrimientos de numerosas Tierras fuera del sistema solar incrementan las probabilidades de hallar vida. Se estima que habría 100 mil planetas como el nuestro en la Vía Láctea. Extender nuestra curiosidad científica a los cielos nos cambiará para siempre.
Craig Venter es genetista, está considerado el “padre” del genoma humano y últimamente se lo conoce por haber creado la primera forma de vida sintética.
El tiempo profundo y el futuro lejano
Por Martin Rees
Tenemos que ampliar nuestros horizontes temporales; sobre todo, necesitamos tomar conciencia de que hay más tiempo por delante que por detrás. Nuestra biosfera es el resultado de más de 4 mil millones de años de evolución y nuestra historia cósmica se remonta a 13.700 millones de años cuando empezó todo con el Big Bang. Ambas nociones están arraigadas en nuestra cultura y en nuestra comprensión del universo aunque no ocurre lo mismo con el extenso tiempo que todavía nos queda. Nuestro Sol está recién en la mitad de su vida. Se formó hace 4500 millones de años pero tiene combustible para unos 6 mil millones más. Pero incluso después de la muerte de nuestra estrella, el universo continuará expandiéndose –quizás para siempre–, destinado a convertirse en un lugar cada vez más frío y vacío.
La noción de “tiempo profundo” que nos avecina, sin embargo, todavía no está generalizada. De hecho, la mayoría de la gente asume que los seres humanos somos la culminación de la evolución. Ningún astrónomo o biólogo cree esto. Por el contrario, sería igualmente plausible suponer que ni siquiera estamos a mitad de camino. Hay tiempo abundante para la “evolución posthumana”, aquí en la Tierra o más allá. Quizá nos deparan aún mayores cambios cualitativos de los producidos en el camino que nos condujo de simples organismos unicelulares a los seres humanos que somos ahora. En efecto, sabemos que la evolución futura no seguirá adelante con el mismo lento ritmo con el que se viene produciendo por selección darwiniana. Se acelerará mucho más gracias a la modificación genética y al avance de la inteligencia artificial.
El propio Darwin se dio cuenta de que ninguna especie puede persistir sin alterar su fisonomía en un futuro lejano. Ahora sabemos que el futuro se extiende mucho más allá y que las alteraciones han de ocurrir mucho más rápido de lo imaginado por Darwin. Sabemos que el cosmos, a través del cual la vida podría esparcirse, es mucho más extenso y variado de lo previsto. Así, los seres humanos no somos ni por asomo la rama final del árbol evolutivo, sino una especie que surgió tempranamente en la historia cósmica, con la promesa de diferenciarse evolutivamente. Esto no es para despreciar nuestro status. Nosotros, los humanos, tenemos el derecho a sentirnos únicos e importantes; somos la primera especie (conocida) con el poder de moldear su legado evolutivo.
Martin Rees es astrofísico y el actual presidente de la Royal Society de Inglaterra.
Diseñar la mente
Por Don Tapscott
Teniendo en cuenta las recientes investigaciones sobre la plasticidad del cerebro y los peligros de la llamada “carga cognitiva”, la herramienta más poderosa de nuestro arsenal cognitivo bien podría ser el diseño. Específicamente, podríamos utilizar los principios y disciplina del diseño para moldear nuestras mentes. Esto es sustancialmente diferente que aprender o adquirir conocimiento. Se trata de diseñar cómo pensamos, recordamos o comunicamos en la era digital.
Los nuevos descubrimientos en neurociencias dan esperanza. Sabemos que el cerebro es maleable y que cambia según cómo se utiliza. Un conocido estudio hecho con taxistas londinenses mostró que estos conductores tienen, por su particular tarea, una determinada región del cerebro involucrada en la formación de la memoria mucho más desarrollada que los no-taxistas de edad similar. La exigencia de memorizar muchas calles de Londres produjo cambios estructurales en sus cerebros.
Estos estudios apoyan la idea de que incluso en los adultos el uso persistente y concentrado de una zona del cerebro puede aumentar su tamaño y presumiblemente también su capacidad. Escaneos cerebrales revelaron que si a una persona se le tapan los ojos durante una hora a lo largo de cinco días, la respuesta de su corteza visual aumenta increíblemente ante estímulos auditivos y táctiles.
El cerebro se mueve con un eslogan: “Usalo o perdelo”. Entonces, ¿por qué no hacer todo lo posible para expandir nuestras capacidades cognitivas a voluntad? ¿Por qué no diseñamos nuestra mente?
¿Te sentís distraído? Tomarse el tiempo de leer todo un artículo por día en lugar de repasar los titulares podría fortalecer el poder de atención.
Las investigaciones demuestran que podemos mejorar nuestras funciones cognitivas y nuestra eficiencia cerebral a través de pequeños cambios en nuestra vida cotidiana, como incorporar ejercicios nemotécnicos a nuestra rutina diaria.
¿Por qué no enseñar a diseñar el pensamiento en las escuelas? Al fin y al cabo, enseñamos gimnasia o educación física. En lugar de enseñar “gimnasia mental”, les llenamos la cabeza de datos a los chicos. Propongo, entonces, algo no tan descabellado: que cada uno de nosotros nos convirtamos en diseñadores mentales.
Don Tapscott es un conocido escritor y empresario canadiense, autor del libro Wikinomics: How Mass Collaboration Changes Everything.
Los descubrimientos caleidoscópicos
Por Clifford Pickover
El famoso médico canadiense William Osler alguna vez escribió: “En la ciencia, el reconocimiento es para aquel que logra convencer al mundo, no para quien se le ocurre una idea primero”. Cuando examinamos los descubrimientos de la ciencia y las matemáticas encontramos a menudo que si un investigador no hubiera hecho un descubrimiento en particular, otro individuo habría terminado realizándolo meses o pocos años después. A menudo, más de una persona crea el mismo dispositivo o descubre la misma ley científica alrededor de la misma época pero por diversas razones –entre las que figura la suerte– terminamos recordando sólo al descubridor más famoso.
En 1858, el matemático alemán August Möbius descubrió simultánea e independientemente la “cinta de Moebius” junto a su colega Johann Benedict Listing. Isaac Newton y Gottfried Wilhelm Leibniz inventaron el cálculo matemático casi al mismo tiempo cada uno por su lado. Los naturalistas británicos Charles Darwin y Alfred Wallace desarrollaron al unísono en distintos lugares del mundo la Teoría de la Evolución. Alexander Graham Bell y Elisha Gray presentaron sus propias patentes del teléfono el mismo día.
Esto demuestra que hay cierto clima de época o conocimiento acumulado que propicia que se realicen ciertos descubrimientos al mismo tiempo. El gran sociólogo de la ciencia Robert Merton propuso que “todos los descubrimientos científicos son en principio múltiples”. En otras palabras, cuando se realiza un descubrimiento científico, por lo general se lleva a cabo por más de una persona. A veces una ley o un invento lleva el nombre de la persona que lo desarrolla en vez del nombre de quien lo descubre originalmente.
El mundo está lleno de dificultades a la hora de asignar el crédito de los descubrimientos. Lo vemos en el ámbito de las leyes de patentes, en el mundo de los negocios y en nuestra vida cotidiana. Apreciar el concepto de simultaneidad de los descubrimientos o “descubrimientos caleidoscópicos” nos sería muy útil como herramienta cognitiva porque exhibe la naturaleza de la innovación y el futuro de las ideas. Si esto se enseñara en las escuelas, los innovadores podrían disfrutar más del fruto de su trabajo y no perderían el tiempo adelantándose o tratando de aplastar a sus rivales.
Clifford Pickover es escritor científico y autor de The Math Book: From Pythagoras to the 57th Dimension.
No somos especiales
Por P. Z. Myers
Recomiendo el principio de mediocridad. Es un concepto fundamental de la ciencia y uno de los conceptos más difíciles para muchas personas de comprender. El principio de mediocridad simplemente afirma que no sos especial. El universo no gira alrededor tuyo, este planeta no tiene ningún privilegio, tu existencia no es producto del destino dirigido y aquel sandwich de atún que comiste en el almuerzo no conspiró para darte dolor de panza.
La mayoría de las cosas que suceden en el mundo son sólo consecuencia de las leyes naturales y universales, leyes que se aplican en todas partes, sin excepciones. Todo lo que como ser humano considerás cósmicamente importante es un accidente. Que seas hombre o mujer, alto o bajo, de ojos marrones o azules, fue sólo el resultado de una ruleta de atributos genéticos durante la meiosis o proceso de reproducción celular.
Pero no te sientas mal. No sos sólo vos. Las estrellas se forman como resultado de las propiedades de los átomos. Nuestro sol no estaba obligado a estar donde está, con la luminosidad que tiene. Sólo ocurre que está ahí. Nuestra existencia se desprende de esta casualidad. Nuestra propia especie está moldeada parcialmente por la fuerza de nuestro medio ambiente a través de la selección, y en parte por las fluctuaciones del azar. Si los humanos nos hubiéramos extinguido hace cien mil años, el mundo seguiría girando, la vida continuaría prosperando y otras especies estarían ocupando nuestro lugar.
El principio de mediocridad es esencial para la ciencia porque es el primer paso para comprender cómo terminamos acá y cómo todo funciona. Lo que nos dice es que no somos producto de una intención. Que el universo carece de malicia y de benevolencia pero que todo sigue reglas, leyes. Descubrir esas normas es el objetivo de la ciencia.
Paul Zachary Myers es blogger (scienceblogs.com/pharyngula), biólogo e investigador de la Universidad de Minnesota.
Uno para todos y todos para uno
Por Matt Ridley
La gente brillante, ya sean antropólogos, psicólogos o economistas, suponen que la brillantez es la clave del éxito humano. Ellos votan por las personas más inteligentes para gobernar, les preguntan a los expertos más inteligentes para diseñar planes para la economía y hasta especulan sobre cómo se desarrolló la inteligencia humana.
Sin embargo, están viendo la película equivocada. La clave para el logro o éxito humano no es para nada la inteligencia individual. La razón por la cual los seres humanos dominamos el planeta no es porque tenemos grandes cerebros: los neanderthales tenían un cerebro aún más grande. La evolución de nuestro cerebro y una gran cantidad de software de lujo como el lenguaje fue razón necesaria pero no suficiente para el desarrollo de la civilización. La razón por la que algunas economías funcionan mejor que otras o por la que en algunos lugares realizan grandes descubrimientos no es porque cuentan con personas más inteligentes.
El éxito humano es enteramente un fenómeno de redes. La sociedad humana tropezó con una forma de elevar el nivel de vida de sus miembros luego de poner sus cerebros a trabajar en conjunto, a través de la división del trabajo, el comercio y la especialización. El éxito humano está basado en la inteligencia colectiva. Cada persona es un nodo en la red neuronal humana. Al hacer cada uno de nosotros una cosa y volverse bueno en ello y luego de compartir y combinar los resultados a través del intercambio, es posible que la gente se vuelva capaz de hacer cosas que ni siquiera entiende. Pocas personas saben cómo se hace un lápiz pero el conocimiento está distribuído en la sociedad entre los muchos miles de mineros de grafito, leñadores, diseñadores y trabajadores de fábricas.
La persona más inteligente no es rival para el cerebro colectivo.
Matt Ridley es zoólogo y un conocido escritor científico británico, autor de Genoma: La autobiografía de una especie en 23 capítulos.