El asma grave afecta entre el 3 y 10 % de la población mundial y el asma alérgica es uno de los fenotipos más comunes dentro de esta, caracterizado por inflamación tipo 2 mediada por inmunoglobulina E (IgE). La IgE juega un papel central en la respuesta inflamatoria alérgica y constituye un blanco terapéutico fundamental.
Sin embargo, a pesar del avance en el conocimiento fisiopatológico y la incorporación de terapias biológicas dirigidas, existen múltiples necesidades no cubiertas en el manejo clínico del asma alérgica grave.
El asma alérgica se caracteriza por una inflamación eosinofílica de las vías aéreas y la sensibilización a alérgenos específicos. Estudios recientes han identificado múltiples biomarcadores, incluyendo proteínas y citocinas como YKL-40, eotaxina-1 y MCP-1, que se correlacionan con la gravedad de la enfermedad y pueden ayudar a definir fenotipos y guiar el tratamiento. Además, las células linfoides innatas tipo 2 (ILC2) con marcadores específicos se asocian con la severidad del asma.
El diagnóstico del asma alérgica grave se basa en la identificación de la sensibilización alergénica mediante pruebas específicas, junto con la evaluación clínica y funcional respiratoria. Existen controversias y limitaciones en el uso y disponibilidad de técnicas diagnósticas, así como en la interpretación de biomarcadores. También persisten desafíos en el reconocimiento temprano y manejo de pacientes con formas severas que no responden adecuadamente a tratamientos estándar.
El manejo ha evolucionado con la introducción de terapias biológicas dirigidas a la IgE (como omalizumab) y otras moléculas implicadas en la inflamación tipo 2. Estos tratamientos han mostrado eficacia en mejorar el control del asma y reducir exacerbaciones. Sin embargo, una proporción significativa de pacientes sigue con síntomas insuficientemente controlados o presentan comorbilidades alérgicas asociadas que complican el manejo.
