A fines de enero, cuando se hicieron públicas las series de Estadísticas Vitales de la Dirección de Estadísticas e Información en Salud (DEIS), en Argentina “explotó” la noticia de que, después de años de baja casi sistemática, en 2024 había aumentado la tasa de mortalidad infantil (TMI), que –para ubicarnos un poco– incluye las defunciones de niños menores de 1 año. De paso: spoiler alert, también aumentó la tasa de mortalidad neonatal (TMN).
Explotó porque, en primera instancia y “por encima”, se hizo hincapié en el número de casos, y lo cierto es que este bajó de 3.689 a 3.513. Hubo que explicar, entonces, que hay una variable que no se puede obviar: el número de nacimientos. Si baja la natalidad, como está ocurriendo claramente en la región, el número absoluto muertes infantiles no es relevante en sí mismo. Y las cifras de muestran que en Argentina se pasó de 460.902 nacidos vivos en 2023, a 413.135 en 2024: fueron 47.467 bebés menos. Y si se leen así los datos, lo cierto es que, después de que en 2023 se volviera a 8, la tasa más baja lograda en la historia de los registros en el país (la primera vez en 2021), en un año subió a 8,5. Dato extra: el aumento fue registrado en 15 de las 24 provincias, en especial del Noroeste y del Noreste del país
Lo propio ocurre en América Latina, donde la fecundidad bajó drásticamente: desde un promedio de 3,1 hijos por mujer en (1990), a 1,8 hijos por mujer en 2024. Ese año, en mayo, OPS informaba que el número de muertes de niños menores de 5 años había alcanzado valores históricamente bajos en 2022 a nivel global. “En la región de América Latina y el Caribe, para ese año, se estimaron en 152.000 las defunciones de menores de 5 años, lo que representa un descenso de 60 % desde el año 2000”, agregaba. Parecería que la caída fue muy importante. Pero lo cierto es que -otra vez- el dato que falta para reflejar a ciencia cierta la realidad es el de la disminución de la cantidad de nacimientos, que, como señalamos, había sido importante.
¿Por qué importa pivotar sobre la TMI? Lo define con claridad la OMS: “Este indicador ampliamente utilizado del nivel de salud de una población y del desarrollo socioeconómico, ya que refleja las condiciones ambientales, sociales y la calidad de los servicios de salud”); y también el Banco Mundial (“refleja el nivel de desarrollo económico, las condiciones de vida y el acceso a servicios de salud”). En síntesis, porque resume, en un indicador único, variables como condiciones socioeconómicas, alimentarias y ambientales; acceso a los servicios de salud y la calidad de estos, y la situación de la salud, tanto materna como neonatal. Pero además es un indicador estable: según el manual Basic Epidemiology de la OMS, “tiende a cambiar lentamente con el tiempo porque refleja condiciones sociales, económicas y del sistema de salud de largo plazo.” Esto implica que pasar de 8 a 8,5 en un año implica muchas muertes. E implica también que –como señala el señala el informe “Niveles y tendencias de la mortalidad infantil 2024”, del Grupo Interinstitucional de Naciones Unidas para la Estimación de la Mortalidad Infantil (IGME) – “esas muertes no son inevitables. Son el resultado de la desigualdad en el acceso a la atención sanitaria, la nutrición y la protección, especialmente en los entornos más frágiles y desatendidos (el destacado es nuestro).
Pero esto no es todo lo que hace falta tener en cuenta. La TMI se divide en dos componentes: la mortalidad neonatal (TMN), que llega hasta los 28 días desde el nacimiento, y la posneonatal. Y, según el informe de la OPS que hemos citado, “en América Latina y el Caribe, el 57% de las muertes estimadas en menores de 5 años se concentran en los primeros 28 días de vida”. Eso hace relevante hacer hincapié en la TMN.
Aclarados estos puntos, volvamos a nuestro análisis y vayamos cerrando la información sobre Argentina. En el primer párrafo habíamos dejado la “alerta” del aumento de la TMN. Veamos algo de la evolución: según cifras de la DEIS, fue de 11,1 en 2000, y en los últimos 10 años decreció con oscilaciones desde 7,2 en 2014 hasta alcanzar, en 2023 el nivel más bajo (5.5). Pero en 2024 rebotó: llegó a 6 (la última vez que había tenido esos valores fue en 2018) y se puso casi al nivel de la TMN del crítico 2021, que fue 6,1.
Y, ya que estamos, otro dato preocupante de este 2024, que -aunque no forma parte central de este reporte- está relacionado: también aumentó, y en mayor medida que la TMI (1,2), la tasa de mortalidad materna…
¿Cuál es el panorama en América Latina y el Caribe? |
La actualización de los datos y el acceso a ellos difiere entre países, pero empecemos por lo general: según estimaciones de OPS, también con datos de IGME, entre 2020 y 2024 la TMI bajó de 14,3 a 13,4, lo que indica una reducción gradual, pero lenta. De todas formas, no cabe generalizar: persisten brechas importantes a lo largo y a la ancho de la región, y dentro mismo de cada país, vinculadas con acceso a atención obstétrica, calidad del cuidado neonatal y condiciones socioeconómicas.
Respecto de la TMN, un trabajo de OPS publicado en 2024 en el Pan American Journal of Public Health mostraba que la TMN fue de 12,0 por 1.000 nacidos vivos en el lapso 2000-2004, y de 7,4 por 1.000 nacidos vivos en 2020. “Al extrapolar las tendencias más recientes, se prevé que la tasa de mortalidad neonatal de la Región alcance valores de 7,0 y 6,6 muertes neonatales por 1.000 nacidos vivos en el 2025 y el 2030, respectivamente”, agregaba, y lo cierto es que se acercó bastante: los datos de IGME dan cuenta de que se ha mantenido relativamente estable en cerca de 7 hasta 2025, pero en un marco de desaceleración.
Tomemos, ahora, algunas muestras. Por ejemplo, esta fue la evolución de la TMN, entre 2020 y 2024, en seis países de América latina, construida sobre la base de datos de IGME.
| 2020 | 2021 | 2022 | 2023 | 2024* | |
| Chile | 4,4 | 4,3 | 4,3 | 4,2 | ≈4,2 |
| Colombia | 7,2 | 7,1 | 7,0 | 6,9 | ≈6,8 |
| México | 8,5 | 8,3 | 8,2 | 8,0 | ≈7,9 |
| Perú | 7,3 | 7,1 | 6,9 | 6,7 | ≈6,6 |
| Ecuador | 6,7 | 6,6 | 6,5 | 6,4 | ≈6,3 |
Y esta, la evolución de la TMI:
| 2020 | 2021 | 2022 | 2023 | 2024* | |
| Chile | 5,8 | 5,7 | 5,6 | 6,2 | ≈6,1 |
| Colombia | 11,7 | 11,5 | 11,2 | 10,9 | ≈10,8 |
| México | 12,7 | 12,6 | 12,4 | 12,2 | ≈12,0 |
| Perú | 11,4 | 11,1 | 10,8 | 10,5 | ≈10,3 |
| Ecuador | 11,9 | 11,6 | 11,3 | 11,1 | ≈10,9 |
En ambos casos, los datos de 2024 son estimaciones internacionales con las cifras más recientes disponibles. ¿Cómo interpretar esta información? Brevemente, así:
Chile tiene los mejores indicadores; de hecho, semejantes a los de los países de mayores ingresos. Pero solo mantuvo el descenso en la TMN. ¿Por qué es el único país con tendencia ascendente en mortalidad infantil? La causa fundamental es que tiene la tasa de fecundidad más baja de la región, y cuando el número de nacidos vivos disminuye mucho, pequeñas variaciones en el número de muertes totales pueden aumentar la tasa.
En el resto de los países se observan descensos leves en ambas tasas. Y México es el país con las tasas más altas en ambas mediciones.
Cabe destacar que las distancias no son tan amplias entre Chile y el resto respecto de las TMN. En cambio, a pesar del crecimiento de la TMI en Chile, las brechas entre este y los demás son mayores.
Por otra parte, las TMI de Perú, Colombia, Ecuador y México son todas más altas que la de Argentina, pero, como vimos, en los cuatro países la tendencia es descendente, aunque la curva sea poco marcada. En este panorama, el único país que ha reportado aumentos es Argentina, donde –recordemos– ha aumentado tanto la TMI como la TMN.