Es un gran impacto. Luego de años de convivencia, de prácticamente una vida compartida, las enfermedades graves del esposo o esposa y la viudez se presentan en los ancianos como bombas que amenazan desdibujar cualquier horizonte. Ahora, lo mal que lo pasan unos y otros en esas situaciones está cuantificado.
Un estudio publicado en The New England Journal of Medicine, realizado durante 9 años sobre 518.240 parejas formadas por mayores de 65 años, revela que vivir esas situaciones aumenta el riesgo de muerte (en el cónyuge sano) de hasta un 21 por ciento en los hombres y de hasta el 17% en las mujeres.
Según estas estadísticas, el hombre viudo aparece como más vulnerable que la mujer viuda.
Irene Meler, coordinadora del Foro de Psicoanálisis y Género de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires, consultada por Clarín, ensaya una explicación para esa diferencia: "El hombre de más de 60 años no es tan hábil para armar un tejido social que lo sostenga en un momento tan difícil como la enfermedad de su esposa o la viudez. Le cuesta entablar vínculos que lo ayuden a superar las situaciones adversas de la vida. La mujer, en cambio, establece lazos y relaciones más profundos y se siente más contenida por sus amistades", explica.
"Es muy difícil ver que la persona que se ama está enferma. Cuidarla es arduo y afecta nuestra salud", comentó Nicholas Christakis, de la Facultad de Medicina de Harvard y uno de los autores del amplio estudio. Hasta el momento se sabía que la enfermedad de un cónyuge afectaba la salud del otro, pero no se había logrado medir el riesgo de muerte, algo que entre gerontólogos se conversa habitualmente.
"El viejo dicho se murió de pena es más cierto de lo que imaginamos. La pena produce mayor secreción de cortisol, de adrenalina y otras sustancias que elevan la tensión arterial, dañan las arterias y pueden producir infartos de miocardio o accidentes cerebrovasculares. Es imprescindible el apoyo psicológico, aunque la mayoría de las obras sociales, centros públicos o privados no tengan en cuenta esa situación. La familia tiene que estar alerta y convertirse en un sostén", advierte Guillermo Che Kenny, gerontólogo de la Asociación de Gerontología y Geriatría de la zona norte (AGENOR).
"Creo que la situación se acentúa cuando existe un vínculo demasiado simbiótico. Hay parejas que con los años se transforman en prácticamente un solo organismo y el yo de cada uno se diluye. Si la situación se plantea así y además existen componentes depresivos, es difícil que el sobreviviente pueda generar un nuevo sentido para su vida", agrega Mercedes Labiano, titular de la Asociación Interdisciplinaria de Gerontología.
El panorama es complejo porque la pena por la pérdida no es el único componente a tener en cuenta. "La integridad psicológica del anciano sufre un fuerte impacto porque a veces su cónyuge es su única y más estrecha relación social. Su autoimagen puede resentirse y puede ocurrir una ruptura con el pasado, algo que las teorías sociológicas del envejecimiento denominan discontinuidad externa", puntualiza Margarita Murgieri, geriatra de la Sociedad Argentina de Gerontología y Geriatría.
Para Murgieri, a la explicación psicológica es posible sumarle otro componente biológico: "Un acontecimiento adverso, como la muerte de un cónyuge, impacta en la corteza cerebral, desencadenando una cascada con dos vías: una nerviosa, a través del sistema nervioso autónomo, y otra hormonal, a través del hipotálamo, hipósifis y suprarrenales. Las dos tienen efectos finales sobre órganos y sistemas. Ese mecanismo es protector en casos de estrés agudo, pero si se perpetúa puede generar hipertensión, infecciones, infarto o cáncer. Varios estudios demostraron que los más vulnerables frente a ese mecanismo son los viudos", dice.
"El inmenso y fascinante campo de los aspectos conductuales y emocionales de los humanos, si bien se ha avanzado en su conocimiento, ofrece aún enigmas difíciles de entender e interpretar desde el modelo biomédico", señala Roberto Kaplan, médico consultor en geriatría del Hospital Italiano de Buenos Aires.
Esos enigmas pueden hacer posible que morir de amor sea un hecho tan real como poético y muy doloroso

De Adán y Eva
Diana Baccaro
dbaccaro@clarin.com
En "Diario de Adán y Eva", Mark Twain destaca la fragilidad de la mujer frente al hombre. En el otoño de su vida, Eva implora: "Si uno de los dos debe irse primero, mi plegaria es que sea yo, porque él es fuerte y yo soy débil. No le soy tan necesaria como él me lo es a mí: la vida sin él no sería vida. Esta plegaria también es inmortal, y no cesará de ser elevada mientras mi raza continúe. Soy la primera esposa, y me repetiré en la última."
La realidad, sin embargo, se encarga de poner a la mujer un paso adelante del hombre en la dura batalla por vencer la soledad. En otras palabras —y según las estadísticas que se publican aquí—: tiene más chances de sobrevivir al desamor.
Cómo sobrellevar mejor la viudez
El proceso de duelo puede comenzar inmediatamente después o en los meses siguientes a la muerte de un ser querido. Los expertos de la Asociación de Gerontología y Geriatría de la zona norte (AGENOR) recomiendan qué hacer para ayudar a los ancianos en la viudez:
Impacto y perplejidad o shock. Se inicia al enterarse de la noticia; puede prolongarse desde minutos, días y hasta 6 meses. Los ancianos se enfrentan a una situación que no logran comprender. Conviene no sobreprotegerlos, no forzarlos a realizar actividades que no quieran aunque tampoco hay que dejarlos en reposo absoluto, mucho menos durante un tiempo prolongado.
Rabia y culpa. Se caracteriza por una rabia intensa, acompañada por un desorden emocional. El anciano acepta a la muerte como un hecho real y, a la vez, comienza una búsqueda de quien ya no está. Poco a poco empieza a expresar sus sentimientos. Hay que escucharlo.
Desorganización del mundo, desesperación y retraimiento. Puede durar hasta dos años. Se intensifica la pena y el llanto. Aparecen sentimientos de culpa, resentimiento, soledad y añoranza. El viudo/viuda sueña con el fallecido, suele retirarse de la vida social o frecuentar los mismos lugares del cónyuge. Puede presentar signos físicos, como hipersensibilidad a los ruidos, sensación de ahogo y boca seca. O tener alucinaciones visuales o auditivas. No hay que esperar que cambie su conducta o reprima su tristeza. Al contrario, hay que permitirle la realización del duelo para que sea capaz de enfrentar sus sentimientos de dolor y de tristeza.
Reestructuración del mundo, reorganización y sanación. Se caracteriza por una reestructuración que también puede extenderse por dos años. El anciano toma conciencia de la pérdida, acepta el vacío y lo incorpora como una ausencia presente. Reaparece la paz y el sentido de vivir. Se acentúan las emociones y sentimientos. Vuelve a percibir la calidez de quienes lo rodean y tiene una visión más realista del ser perdido.
Se habla de elaboración del duelo cuando ya se aceptó la pérdida y el recordar al ser querido no causa dolor.
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