El pasado jueves, a las 4.15 de la madrugada (hora española), George W. Bush anunciaba que la Segunda Guerra del Golfo había empezado. Casi una hora antes, se había producido el ataque sobre Bagdad, aunque lo cierto es que los daños colaterales de esta contienda habían comenzado meses atrás. El día previo al ataque, un equipo de médicos del Hospital Pediátrico de Sadam, en la capital iraquí, ya había anunciado que los centros de la ciudad empezaban a registrar más casos de ansiedad entre la población debido a la amenaza de guerra. De hecho, la OMS calcula que, en este tipo de conflictos, el 10% de las personas que viven experiencias traumáticas suele sufrir graves problemas de salud mental y otro 10%, comportamientos que dificultarán su capacidad para vivir con normalidad. El conflicto de 1991, el régimen político, una década de embargos y la incertidumbre de los últimos meses no harán más que agravar estas cifras, en especial entre los 12 millones de niños iraquíes, que son los más vulnerables. Tal y como explica Carlos Collazo, ex presidente de la Sección de Psiquiatría Militar e Intervención en Desastres de la Asociación Mundial de Psiquiatría, «el niño no es elástico, sino maleable. El trauma en la infancia puede afectar de modo permanente, pues hay marcas que quedan en el pequeño y que tienen sus consecuencias después. Por eso, una guerra nunca termina cuando parece que termina, ni empieza cuando uno cree que empezó».
Y es que «un conflicto bélico no sólo afecta a la persona que en ese momento sufre la situación, sino a una gran parte de la población», recuerda Mordechai Benyakar, actual presidente de la Sección de Psiquiatría Militar e Intervención en Desastres de la Asociación Mundial de Psiquiatría (WAP, sus siglas en inglés). Este organismo calcula que por cada fallecido o afectado físico a causa de una catástrofe puede haber hasta 200 personas dañadas mentalmente por la situación. Aunque los expertos consultados recuerdan que aún es demasiado pronto para hacer una estimación del número de víctimas psíquicas que tendrá el actual conflicto del Golfo, ya que «cada guerra tiene sus características y es muy difícil pensar desde un punto de vista occidental cómo va a actuar la población iraquí», aclara Benyakar, todo parece indicar que la salud mental de los civiles no va a correr mejor suerte que en otras contiendas.
De hecho, algunas características de este pueblo no hacen sino agravar el pronóstico. Por ejemplo, un informe publicado el mes pasado por el 'International Study Team' (un grupo de expertos de todo el mundo sobre salud, seguridad alimentaria y el impacto psicológico de los conflictos armados) estima que, «debido al amplio entramado familiar que existe en ese país, cada muerte causada por un ataque militar (un factor de riesgo para las reacciones depresivas crónicas) puede afectar a más de 50 parientes».
Ni siquiera las imágenes de aparente normalidad que se veían en las semanas previas a este conflicto (niños iraquíes acudiendo a la escuela o adultos animando a su equipo de fútbol) implicaban que la amenaza de guerra no estuviese haciendo mella en la población. «Aunque sigan con su vida normal, pueden estar sufriendo», apostilla este especialista. Según Juan José López-Ibor —ex presidente de la WAP e impulsor del Centro Internacional de Salud Mental en Desastres— este tipo de comportamientos responden a una «indefensión aprendida». El individuo no introduce cambios en su vida cotidiana porque, de este modo, «su conducta le permite sobrevivir, si bien este mecanismo puede generar depresiones», aclara el experto, quien recuerda que «en estas situaciones es necesario actuar precoz e integradamente. Cualquier persona que intervenga en un desastre ha de tener algún tipo de conocimiento elemental sobre estos aspectos para manejar a las víctimas, a sus compañeros e, incluso, a sí mismo». «Si no se tratan sobre el terreno, estos trastornos pueden ir empeorando», dice Conde.