Arte & Cultura

Publicado el 28 de agosto de 2007

Madre e hija

María en el bosque

Una madre narra su experiencia con su hija anoréxica.

Autor/a: Sandra Russo

María en el bosque
Por Sandra Russo

La vi como nunca la había visto ni me imaginé que la vería. Esa tarde en que abrí la puerta de su cuarto ya intranquila porque no contestaba a mis llamados, la vi arrodillada al lado de una palangana. Estaba con el pelo atado y comía un tostado de jamón y queso que sostenía con las dos manos. Iba a comerlo y a vomitarlo. No pude decir nada. Cerré muy despacio la puerta del cuarto y bajé la escalera sintiendo que los escalones eran las ramas de un árbol.

María está en un Programa de Trastornos Alimentarios desde marzo, y esta nota está escrita con su consentimiento. Le di a leer una versión anterior, pero me dijo que prefería que escribiera algo más “crudo”. Me extrañó, pero decidí aceptarlo. Es un adjetivo importante viniendo de alguien cuya mente, desde hace mucho, está obsesionada en la comida. Tanto con la comida como con un texto, algo crudo es algo no cocinado, que se tira sobre la mesa o el papel y cae con un sonido hueco por el golpe.

En febrero María me confesó que vomitaba todo lo que comía. Desde entonces habíamos hablado y llorado mucho, habíamos reabierto el pasado para tratar de entender, nos habíamos peleado bastante. Pero se suponía que estaba mejor. Hasta esa tarde el problema de María para mí era por un lado discursivo, porque nos obligaba a poner en palabras lo que nos pasaba (creo que las madres de las chicas con estos problemas deberíamos considerar que ellas, que hacen de su dolor un síntoma, son a la vez un síntoma de nuestras maternidades; no llamo a esto culpabilizarse, sino ser realista); por el otro, era un problema sobre el que yo iba acumulando imágenes: la dificultad para agarrar el tenedor, los súbitos deseos de un helado diet lamido con voracidad, cierta máscara en su cara cuando mentía, sus amigas cuidándola, el gesto de su incapacidad para ir un bocado más allá del que el trastorno admitía.

Pero esa tarde la vi sumida en el aquelarre de una enfermedad enloquecedora. Estaba en recaída. Con mentiras y disimulos, y sin poder evitarlo, se había ido internando más y más en ese bosque tenebroso.

Silvia García es una argentina que vive en Alemania y escribe cuentos de hadas al revés. Tengo que contarles uno de ellos (no lo sabía hasta que en el párrafo anterior escribí la palabra “bosque”), que se llama La casita de chocolate.

Una niña le pregunta a alguien cómo se hace para llegar a la casita de chocolate. Su interlocutor, que nunca se sabe quién es, le contesta que la casita está en el medio del bosque, y que es maravillosa, pero que para llegar hasta ella hay que atravesar ese lugar repleto de criaturas monstruosas, plantas carnívoras, seres de otro mundo, fantasmas y animales jamás vistos en otros bosques. La niña dice que irá a buscar la casita. Y después dice que su interlocutor se ha quedado satisfecho de ella, porque ella le ha demostrado que aprendió la relación entre valentía y recompensa. Pero le dice después al lector algo así como que ha engañado a su interlocutor: “Qué va, a las niñas como nosotras lo que nos interesa no es la casita, sino ese bosque fabuloso”.

Leí muchas veces ese cuento, pero recién ahora puedo darle otra interpretación, o advertir qué del cuento me fascinó desde que Silvia me lo mandó desde Heidelberg. La estructura del cuento, que sigue, incluso con su vocabulario, la de los cuentos clásicos, tiende a darle a ese final un sentido también posible: las niñas no están interesadas sólo en el género de la maravilla, sino también en el del terror. Las niñas son seres completos que pueden elegir incluso interesarse más por los monstruos que en el chocolate. Es decir: una lectura de género fácil.

Pero ahora me aparece una tercera lectura, la capa de más abajo. La casita es el objeto de deseo de las niñas y los niños. El chocolate funciona como anzuelo perfecto del deseo infantil. Hay una prueba del héroe, algo de cuento de iniciación en la historia, como en todos los cuentos clásicos. Superar adversidades para tener recompensa. Pero la niña del cuento no va hacia su deseo, no puede. ¿Y si la voz que elige el bosque tenebroso no fuera libre? ¿Y si esa voz dijera lo que no dicen pero experimentan muchas mujeres, que no saben cuál es la ruta a su deseo, que creen que su deseo es satisfacer a otro, que odian en silencio a aquel que deben satisfacer, que en consecuencia no saben qué desean ni pueden darse alegría?

Con María pasamos momentos muy duros, porque perdimos a su padre cuando ella tenía cinco años. Esa marca es una implosión de un orden para el que yo no estaba preparada, y María mucho menos. Se quedaron en blanco los manuales. Pero nunca habría imaginado que María iba a tener, a los quince años, trastornos alimentarios. Y aunque como periodista he hecho notas sobre esos trastornos y he hablado con varios especialistas, tampoco había podido comprender, como ahora, la pesadilla cotidiana que esconden esas enfermedades que giran alrededor de la comida, de lo que entra, de lo que se convertirá en nosotros, de lo que viene de la madre, de lo rico y lo nutritivo.

La vi como nunca la había visto antes. Envuelta en la maraña de la enfermedad, que actúa como un titiritero infame, como un ventrílocuo voraz, como un estafador de la conciencia, como un fundamentalista islámico en las percepciones, como un gusano que parece de seda y está lleno de mierda. No cualquier mierda. La mierda que segregan las imágenes de mujeres que caen desde el helicóptero del mercado. La mierda de esos cuerpos que por primera vez en la historia humana asocian, desde hace décadas, la belleza con la muerte.

Aceptar contar esto tiene que ver con dar testimonio de una enfermedad esquiva y traicionera, que activa partes opacas de la personalidad, como la mentira. María quiere curarse. Salirse del laberinto. Y yo lo escribo, porque aunque todavía no los identifiqué del todo, tengo el alma predispuesta a reparar mis errores. La escritura, en este caso, es un puente hacia lo que sangra y no tiene nombre ni imagen. Hacia lo que no se puede decir. Escribimos esta nota, María y yo, para que si alguna otra chica con estos problemas la lee, se sienta acompañada. A María este final le parece muy bien.

Página 12


Imágenes
Por Sandra Russo

En la contratapa del sábado 11, “María en el bosque”, escribí sobre los trastornos alimentarios de mi hija de quince años, acompañando, creo, un interés de ella por testimoniar públicamente sobre este nuevo tipo de dolor que ataca a las adolescentes. Hasta ahora mi trabajo como periodista me había puesto muchas otras veces frente a personas de todas las edades que querían testimoniar sobre sus diversos tipos de dolor. Hablar es una manera de descargar, y en este caso de vomitar, pero con un mundo simbólico ya acolchando el síntoma, con el Yo a salvo entre los símbolos que ordenan nuestra relación con el mundo y los demás.

Una de las mayores dificultades de las chicas con estos trastornos, como con otros en los que la ansiedad es un motor monstruoso que acelera enloquecidamente los ritmos naturales, es encontrar la manera de hablar de su dolor. La obsesión por la propia imagen, y la distorsión de la mirada de la propia imagen, que las hace verse gordas horribles, vacas, cuando lo que hay del otro lado es alguien que mide 1,50 y pesa 44 kilos, es a su vez una trampa mental para encarrilar el lenguaje sólo en lo referente a la comida. Las chicas hablan de comer. Las irrita comer. No saben si comer una tabla de cereales o un yogur. Lo piensan durante una hora. Esa decisión encubre algún otro dilema, pero el sinsentido de la enfermedad vacía esas mentes de otras herramientas para pensarse a sí mismas. Quedan en pie sólo los recursos discursivos para enunciar las miles de variantes de adversidades y obstáculos que puede presentar la alimentación cotidiana.

Testimoniar sobre el propio dolor es también una forma de denuncia. Es relatar secretos que se han mantenido en reserva para engañar o mentir. Es exponer la parte quemada del alma que todavía en esa instancia arde. Y finalmente, además de otras cosas, es buscar maneras de decir. Hablar siempre implica una posible fuga.

Pero la presión descomunal que sienten las mujeres jóvenes sobre sus propias imágenes ha ido sedimentando en otro sitio, en un infierno, en el que la noción de placer se estalla cada dos o tres horas contra una orden interna que hay que obedecer. Esa orden viene de muy adentro. No es propia, pero parece. Indica que hay que rechazar con todos los ejércitos hormonales y gástricos cualquier soporte de placer. Una anoréxica no rechaza solamente la comida. Básicamente, rechaza la naturaleza física de su cuerpo, su tridimensionalidad, y busca infructuosamente su ser plano, su ser fotografía, su ser impenetrable.

Algunas, demasiadas de nuestras niñas expresan a través de esos síntomas un dolor difícil de rastrear, pero que seguro que no encontró, para ser tramitado, otra vía menos autodestructiva. Muchas otras no se enferman, pero a la sobredosis de grasa de su alimentación infantil, salen directamente disparadas a las dietas: hacen dieta desde los trece o catorce, y no llaman mucho la atención. Incluso hay padres que las estimulan para que bajen esos cuatro o cinco kilos que traen de más de la etapa redondeada de la vida, que es la infancia, y se empiecen a convertir en adolescentes atractivas de acuerdo al canon de la imagen plana.

Esta época de políticas globalizadas se caracteriza por los huesos marcados en los cuerpos de las zonas sacrificables del mundo, en esos esternones sobresalientes, en esas rodillas elefantiásicas, en esas pieles engrosadas, en esas dentaduras podridas. Y replica, la época, esas marcas corporales en las niñas que se ven en la punta del iceberg: cuerpos de líneas rectas escritas con llanto. En la base del iceberg, millones de mujeres incorporan productos desgrasados a sus dietas, y usan edulcorante. Toman bebidas light y mastican chicles sin azúcar. Obedecen una orden, la misma de siempre, exactamente la misma: no gozarás.

Página 12