Vittoria! Vittoria![1]
L'alba vindice appar
che fa gli empi tremar!
Libertà sorge,
crollan tirannidi!
Exclamación de Cavaradossi
Tosca
Giacomo Puccini
A no ser por la sentida aria Vissi darte, vissi d'amore, el segundo acto de Tosca expone sin vueltas la sordidez y lastimosidad de la condición humana. A poco de redactar el salvoconducto para Floria y Mario, Scarpia da rienda suelta a su “finalmente mía”. Puñal de por medio, y mientras se lo hunde en sus entrañas, ella rebate: «Esto es el beso de Tosca…muerto por una mujer». Y en una suerte de remate, ¿Ti soffoca il sangue? ¡Muori dannato! ¡Muori, muori! ¡È morto! ¡Or gli perdono! …¡E avanti a lui tremava tutta Roma![2] En la platea, unas filas por detrás y quebrando un silencio que cortaba hasta el aire, una mujer profiere: “QUÉ ALIVIO”.
Aunque los aplausos, a medida que iba cayendo el telón, pusieron punto final al sincericidio, es probable que la señora no haya estado sola en su apreciación. Como Jefe de la Policía Romana, Scarpia era un personaje horripilante y eximio exponente de dos lacras muy arraigadas en nuestro Homo non tam sapiens sed ferox: perversión y corrupción. Su talante dejaba traslucir algunos puntos medulares de tan repugnante linaje: Tosca terminará accediendo a sus antojos por amor a Mario, añadiendo una de las perlas más apetecidas a su collar de conquistas por sometimiento. Espécimen de pocas artes, habilidoso para acorralar a mujeres y “degustarlas” como un vino de alta gama. Proclive al soborno; aunque si se trataba de alguna beldad, ningún dinero: solo posesión. Vuelta de página.
Por esa conjunción de expresiones artísticas, el derrotero de las producciones operísticas abunda en libretos donde la trama se basa en obras literarias, directa o indirectamente vinculadas a hechos históricos. Tosca no es la excepción, pues estuvo cimentada en el drama homónimo en cinco actos de Victorien Sardou, decidido Volteriano, estrenada el 24 de noviembre de 1887 en el Théâtre de la Porte Saint-Martin de París. El contexto epocal entrelaza batallas napoleónicas en Italia, la institución de la República Romana y su desaparición en 1799, cuando los franceses se retiraron de Roma y la ciudad pasó a estar bajo el control del Reino de Nápoles, con el respaldo de Austria e Inglaterra. Las milicias francesas habían sufrido una derrota a manos de las fuerzas austriacas durante el asedio de Génova el 4 de junio de 1800. Diez días después, las tropas de Napoleón vuelven a enfrentarse al ejército de los Habsburgo en la batalla de Marengo. No obstante, la inferioridad numérica, los galos finalmente salieron vencedores, pese a los informes iniciales que indicaban lo contrario. La noticia del inesperado triunfo llegó a Roma el 17 de junio, cuando se desarrolla la acción. El ingreso de Sciarrone, en el segundo acto de la ópera, para anunciar a Scarpia el lamentable triunfo bonapartista, es precisamente oído por Cavaradossi, quien arremete con su grito de victoria encendido.
Con las acostumbradas licencias artísticas, este pasaje, que constituye un jalón en el segundo acto del drama, aparece un tanto más adelante en la ópera, tras la captura y tortura de Cavaradossi. Probablemente Puccini, en acuerdo con Luigi Illica y Giuseppe Giacosa, convino en que esta trasposición escénica otorgaría a la producción un efecto más tocante.
Podríamos concluir aquí, pero el hecho da para más. Muchas óperas, con algún proselitismo en favor de las veristas, apuntan a plasmar la extensa gama de ruindades humanas. A propósito de ello, Cavaradossi define a Scarpia como un Boia. En buen romance, los temidos sanguinarios de la Roma ottocentista, designados por el Estado o una autoridad competente para ejecutar la pena de muerte. El término latino "boietai", hacía referencia asimismo a las tiras de piel de buey utilizadas para fabricar los lazos y látigos empleados en las torturas. Igualmente podía aludir al collar con que se sujetaba al prisionero durante el suplicio, a las cadenas y al propio “Magister carnifex”, o gran perpetrador de brutalidades.
Sin tirria alguna, existen testimonios en primera persona que sirven para aclarar de qué hablamos cuando hablamos del resquemor de Cavaradossi hacia ese siniestro personaje policial. Giovanni Battista Bugatti (1779-1869), conocido como Mastro Titta -MT-, fue la mano de hierro para las sentencias capitales del Estado Pontificio entre 1796 y 1864. Por ello, percibía una remuneración mensual de 15 escudos (≃ 3200 euros), con alojamiento incluido, sumada a una bonificación de 20 escudos para Navidad y Pascua. Para el momento de su retiro, había totalizado 516 ejecuciones; reseñadas en descripciones minuciosas del tipo de delitos, sus protagonistas y, en muchos casos, una disquisición psicológica sui géneris. Suerte de justificación de la pena capital, que también se aplicaba en territorios del Estado Pontificio.
Por lo pavoroso de su narrativa, nos remitiremos a una referencia lo más epidérmica posible. Cual acto de gran solemnidad, el ritual incluía una procesión, encabezada por la Hermandad de la Muerte, cuyos integrantes entonaban el Miserere a rostro cubierto. Proseguían los Penitentes Azules, seguidos de los Blancos, algunos alcaldes de ciudades vecinas, policías uniformados, y detrás de ellos, el condenado, guiado por MT, flanqueado de consoladores y de un confesor, abocados a prodigarle palabras de alivio, rezos del Padrenuestro y del Avemaría. Tras ahorcarlo, MT procedía a la separación de la cabeza y la partición del cuerpo en varias partes, para su posterior exhibición.
Tal habrá sido la barbarie que dos grandes literatos, de paso por Roma, Charles Dickens y Lord Byron, dejaron testimonios escritos de ese espanto. En una carta dirigida a un amigo en 1813, el poeta menciona el horroroso ceremonial.
Debe decirse, sin embargo, que la ciudad no tenía la exclusividad de tanta degradación; estos hechos eran frecuentes en esa Europa, que hacía oídos sordos a los principios de humanización del castigo promovidos por la Ilustración, particularmente en la persona de Cesare Beccaria.
Lejos de cualquier cuestionamiento, MT se percibía como un “consagrado” para la aplicación de las sentencias manadas de los tribunales pontificios, y consecuentemente abogaba por la infalibilidad y justedad de tales condenas, “no temo por lo que he hecho: si la necesidad lo requiriera y mis fuerzas lo permitieran, comenzaría de nuevo sin dudarlo, porque me considero el brazo ejecutor de la voluntad de Dios, emanada por sus representantes en la tierra”. ¿Se habrá topado alguna vez con el alegato de Príamo en el canto XXIV de la Ilíada gracias al cual Aquiles consigue comprender la sacralidad de los restos mortales?
Pero volviendo a la arena operística, quien sí tuvo presente y dejó bien explícita esta pestífera maquinaria del horror, fue Verdi en su Don Carlo. La segunda escena del tercer acto, frente a la catedral de Valladolid, retrata los preparativos para el auto de fe, la procesión real, los herejes conducidos por los monjes, las loas del pueblo y una voz celestial que anuncia la paz para las almas condenadas, a medida que se elevan las llamas. Y por si no fuera suficiente, en el cuarto acto expone la pugna entre el Rey y el Gran Inquisidor, quién más poderoso, quién más despiadado.
Todo este despliegue de maldad insolente encaja bastante bien con los señalamientos de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal. Del consumado por individuos carentes de conductas reflexivas y absorbidos por un sistema que naturaliza y burocratiza la barbarie, sin objetar sus aterradoras consecuencias. El concepto es de valía como explicación general, pero cotiza menos desde la singularidad, pues resulta difícil imaginar a Eichmann como funcionario eficiente, incapaz de discurrir y moralmente inepto para comprender el horror de sus actos. Mucho menos con MT. Antes de cada ejecución, este ser antropomórfico se confesaba, comulgaba, se cubría con el manto rojo y salía a dar rienda suelta a sus atrocidades.
Recogiendo el guante y en un sentido atemporal, abierta o solapadamente, el arte en general y la ópera en particular obraron, en muchas ocasiones, de piedra en el zapato, dejando en claro la necesidad de anteponer la dignidad y la centralidad de la persona. Voces desatendidas por el “cenáculo de decisores”, independientemente de quién tañera la campana, como si la elaboración de una red efectiva de demarcación y salvaguarda ante tanto historial de perversidades fuera innecesaria. Pareciera incluso que quienes privan de suelo fértil a esa semilla de nobles intenciones, también se ocupan de encandilarnos con las profecías del “entretanto” vaticinadoras de que los grandes desarrollos e innovaciones tecnocientíficas nos llevarían a desembocar en ese tan aguardado futuro. A sabiendas de que un verdadero progreso, el de gradas arriba, exige una perspectiva mucho más abarcadora, nunca prioritaria en los foros de los grandes acuerdos.
“Y la nave va”…, Fellinianamente. Hemos superado con creces las desventuras de la Tetralogía wagneriana o aquellas óperas hiperdramáticas del siglo pasado. Sin ánimo de hacer cálculos precisos respecto de nuestra ubicación en la pendiente resbaladiza, no cabe duda de que, gracias a este enredo cosmopolita, hoy pasa casi desapercibida la menguada capacidad para alcanzar discernimientos medulosos o distinguir la endeble separación entre realismo y cinismo. Apelando a ligerezas y relativizaciones, se incurre en una naturalización refrendaria, atiborrada de montajes grotescos y carnavalescos, dislates, paradojas y torpezas que ni siquiera inquietan. La gran aldea abunda en grandilocuentes alegatos de filo autocrático, muy entroncados con el fascismo eterno señalado por Eco, ideologías horadantes, proclamas de saneamientos raciales o justicias darwinianas; penosamente animadas por una ralea de toscos, insolentes y prepotentes acróbatas situacionistas devenidos políticos, bajo dependencia digital. Abundan los escenarios donde los argumentos han sido sustituidos por consignas, con un tajante antipluralismo, y desconocimiento de la parcialidad de las verdades a posteriori. El maremágnum es tal que resulta muy propicio para acechar democracias, desolar a diestra y siniestra o proponer revisionismos históricos abominables.
Inmersos entre tanta ignominia, porque resulta difícil ponerle un apelativo pertinente a este desquicio, uno se pregunta cuántos likes recibirá quien venga a plantearnos amnistías conducentes a “amnesías”, o cuestionar hasta el propio juicio de Nuremberg. La murga anónima y oscurantista embebida en las redes sociales puede desembocar incluso en una catarata de insultos lapidarios, el destierro para quien se atreva a dudar o discrepar; o el pase a condición de sospechoso de cualquier interlocutor díscolo.
Pero el embrujo tiene su talón de Aquiles. A prima facie, es imperioso entender que los exacerbados individualismos, los confinamientos virtuales o las tecnologías sustitutivas saben mucho más a Far West que a recursos salvíficos. Que nadie reniegue, asimismo, de esa sana costumbre de escudriñar para diferenciar la propaganda de los hechos veraces, o para visualizar las falacias retóricas de la descalificación mediática. De otro modo, los manipuladores y farsantes seguirán contando con un terreno muy propicio para que se opte por la explicación más agradable o la mejor cotizada. Todos debemos tomar parte en este tránsito hacia una existencia decorosa y auténtica donde el futuro sea mucho más que tecnicismos autosuperados, apestado de vanas quimeras icónicas y de herramientas que nos convierten en instrumentos.
Como una utopía materializable, podrían surgir legiones y legiones de “nanotitanes” decididos a hacer las veces de incomodante tábano; anoticiados incluso de que siempre se puede recurrir a ese faro refulgente apellidado arte. ¡Musas a las Masas!
Aquí añadiría un especial pedido de atención, Señoras mías. Velad a fin de que ningún trasnochado se tome en serio a Götterdämmerung. Con el escuadrón de aferrados al botón, la inmolación de Brunilda y la extinción del antiguo orden de los dioses, para liberar al mundo de su tiranía, no dejarían espacio para un nuevo amanecer.
[1] ¡Victoria! ¡Victoria!, ¡Llega el día de la venganza que hace a los cobardes temblar!, ¡Vuelve la libertad!, ¡Que tiemblen los tiranos!
[2] "¿Te sofoca la sangre?... ¿la sangre?... ¡Muere, muere, ... Está muerto! Ahora lo perdono. ¡Y ante él temblaba toda Roma!
| Autor: Dr. Oscar Bottasso. |
![]() |
Médico, investigador superior del CONICET y del Consejo de Investigaciones de la Universidad Nacional de Rosario, Argentina.
|
