Noticias médicas

Publicado el 1 de julio de 2008

Contaminación acústica

Los que se instalan en el ruido

Ruidos y pensamientos.

La contaminación acústica, o sonora, esto es, el ruido, parece tener cada vez más adeptos. No entre quienes hacemos nuestro ese aforismo africano que nos dice que el silencio es la música del alma y a menudo nos refugiamos en la soledad sonora de Juan Ramón Jiménez para, pertrechados en el silencio de oro de los pensamientos, estar un rato a solas con nosotros mismos. Huidor pertinaz como soy de ese ruido ambiental que aturde nuestros sentidos con la onomatopeya ensordecedora de un chacachá y un chundatachunda que no cesan y que nos acompañan desde que nos levantamos y ponemos un pie en la calle hasta que entramos en casa y nos acostamos, estoy convencido de que quienes huyen del silencio lo están haciendo también de sí mismos, de un enorme miedo existencial a enfrentarse al vacío y tener que pensar o hablar a partir de las ideas.
¿Pensar qué? ¿Hablar de qué? La incertidumbre aprisionada entre ambos interrogantes se despeja poniendo la música a todo volumen, babelizando la comunicación con una barahúnda de sonidos, con un batiburrillo sónico que no nos deja oír ni nuestra propia voz, una vocinglería de mercado y reyerta callejera donde sólo reinan la confusión y el desconcierto y a consecuencia de ello el entendimiento y la comunicación resultan imposibles. Una vez logrado esto cabe volver a preguntarse: ¿Pensar qué? ¿Hablar de qué? Parece claro: pensar en nada, hablar de nada, porque cuando se acude a lugares como esos se va imbuido de una filosofía que puede resumirse en una frase popular: a vivir que son dos días. Y en dos días se soporta todo excepto enfrentarse a la "funesta manía de pensar".
 
A tenor del ambiente que se respira en las discotecas, donde los belios y los decibelios alarmarían al mismísimo Graham Bell, se diría que en ellas se refugian quienes no tienen nada que decir y el pensar les asusta. La discoteca es el lugar idóneo, además, para quienes hablan gritando, una afición cada vez más extendida en España, de la que son defensores acérrimos todas esas personas a las que por lo común no les asiste la razón y buscan imponer la suya a fuerza de aspavientos y de gritos, acallando a voces las razones de los demás, fundamentalmente porque se han instalado en el dogma y el desinterés por los otros y las razones y derechos de los demás no les interesa nada. Así y todo, el ruido de la discoteca es un ruido buscado y por tanto tiene sus adeptos, adeptos de los que, en todo caso y si no nos salpicara a los demás, cabría decir: con sus decibelios se lo coman. El mal comienza cuando el ruido de dentro salta hacia afuera y el derecho a la libertad de quienes al parecer ponen la música para que se oiga desde los alrededores de la luna avasalla el derecho, también a la libertad, y como no, a la paz, de quienes pagan las consecuencias del uso arbitrario que los cafres urbanos hacen de su derecho a divertirse produciendo ruidos que luego, en la calle, originan desórdenes que pagamos los ciudadanos.

Vivimos instalados en el ruido. Algunos ciudadanos, pocos, pero ruidosos, buscan aturdirse, y como el ruido parece que forma parte de su medio natural, intentan que nuestros tímpanos se acostumbren a las agresiones acústicas en las que ellos parecen vivir tan a gusto. Su desprecio a los demás les lleva a poner la música a todo volumen mientras viajan en autobús, ajenos a las miradas de reprobación de quienes no comparten sus gustos musicales, o conducen con las ventanillas del coche abiertas para que la música, o algo que se le parece, suene a todo trapo y se oiga a "placer" en calles donde el fragor de los martillos eléctricos que rompen el hormigón para meter tuberías de todo tipo hacen causa común con ellos, y con las sirenas de las ambulancias y los coches de bomberos y los pitidos de los coches. Caminamos aturdidos por ese ruido ambiental deseando llegar a casa, ducharnos, sentarnos en el sofá y reforzarnos en la idea de que el cerebro nos fue dado, entre otras cosas, para que pensemos y saquemos conclusiones de lo pensado. Y entonces suenan los golpes del vecino que arregla el cuarto de baño, o la cocina, probablemente no porque haga falta sino para cambiar los azulejos por otros que están más de moda. Y la casa, nuestra peculiar isla de la calma, nuestra personal isla de Juan Fernández, deja de ser un hogar confortable para convertirse en una ruidosa sucursal del infierno. Y el Robinson Crusoe con el que soñamos parecernos termina siendo devorado por los antropófagos del ruido.

Aníbal Álvarez
Jano, España
a.alvarez@elsevier.com