Noticias médicas

/ Publicado el 14 de octubre de 2006

Opinión

Los otros días de la madre

Perspectivas de dos mujeres inteligentes sobre un día muy especial

¿Para qué madres es el Día de la Madre?

por Beatriz Sarlo

Es fácil repetir cada tercer domingo de octubre que el Día de la Madre se potencia por una combinación astuta de sentimentalismo cálculo mercantil.Si dentro de cien años se perdiera toda huella de lo acontecido y sólo quedaran los ejemplares de los diarios,quien los leyera para enterarse de lo que hoy sucede en la vida cotidiana argentina, sacaría la conclusión de que el llamado Día de la Madre era el nombre con que los nativos designaban una Gran Feria de Electrodomésticos,Gadgets Tecnodigitales y otras mercancías especialmente dedicadas a la mujer.Sin embargo,debe haber algo más que eso para que los millones que tienen plata se lancen al mercado y lo millones que no la tienen se sientan,en las semanas preparatorias al festejo,doblemente excluidos del banquete.

Pese a que han proliferado los días dedicados a diferentes categorías de personas y de parentescos,incluso por medio de la importación de fechas desde Estados Unidos,como San Valentín,jornada dedicada a los que se aman o creen amarse o dicen que se aman,y San Patricio, que los fabricantes de cerveza, los dueños de pubs y los oficinistas de la city porteña prácticamente le expropiaron a la comunidad irlandesa,que antes lo festejaba en nostálgica soledad, el Día de la Madre conserva algo de su cualidad pionera.

Hace medio siglo,antes de que la escuela primaria considerara que su misión es seguir los caprichos del mercado,los medios o las costumbres,antes de que las maestras fueran impulsadas por una pedagogía populista a escuchar hasta el último soplido que recorra los sueños de "la gente ",en las aulas sólo el Día de la Madre era admitido como ocasión para fabricar deformes manualidades hegemonizadas por la flor azul del nomeolvides y el encantador gusto acumulativo del kitsch preferido por los niños para quienes siempre más es mejor que menos.El barroco infantil y docente encontraba un objetivo loable en el Día de la Madre,reduplicándose en la consigna de que la maestra era la segunda madre de sus alumnos (mandamiento pesado de cumplir en todos los sentidos y,probablemente,no demasiado sensato,ya que es mucho pedir a cambio de un sueldo).En esa época,eran inevitables las redacciones "a la madre " que concentraban el romanticismo sentimental procreado por los poemas de antología y la canción popular.Una de extraordinario éxito tenía el imaginativo título Las manos de mi madre ;por su parte,el tango proporcionó los guiones de madres cuya vida transcurría lavando a la intemperie en un piletón que hoy la subasta de electrodomésticos ha vuelto inútil en los sectores medios con acceso al crédito.

Pero si tuviera que elegir cuál es el cambio cultural más notable del festejo,no dudaría en señalar los almuerzos en restaurantes.El Día de la Madre se ha exteriorizado trasladándose a los espacios públicos.No sólo porque de ese modo se evita que la festejada esté obligada a cocinar desde las siete de la mañana un almuerzo que más que celebrarla a ella exalta su tradicional deber como alimentadora manual de una familia, sino porque el restaurante (junto con el delivery)han cambiado radicalmente los hábitos en las últimas dos décadas.Y como las madres y sus variados tipos de familia están acostumbradas a comer afuera,la oferta para su día debe introducir necesarias variaciones respecto de las rutinas (esto también puede comprobarse en un recorrido somero de los avisos con su menúes de tres pasos en todas las categorías).Lo dicho vale para las madres de los sectores que puedan pagarlo.

Están,por supuesto,las demás madres para quienes el dispendio o simplemente la posibilidad del festejo es un insulto. Por ejemplo,las madres que todos los días comen afuera o mandan a sus hijos a comer afuera,en los comedores populares;las madres de trece,catorce o quince años,algunas de ellas viviendo en instituciones que colgarán unas melancólicas guirnaldas;las abuelas que son madres de los hijos de sus propias hijas,porque no pudo evitarse que una chica con la primaria incompleta (o sin la primaria en absoluto)quedara embarazada sin darse cuenta.

Todas esas madres y todos esos hijos no tienen nada que festejar en este día ni en ningún otro.Muchas están viviendo sobre el barro pestilente de algún río contaminado,en la peor zona de una villa miseria,en la escalera de un subterráneo.La categoría de Madre les ha caído como un destino que no pudieron evitar y que,aunque hubieran querido evitar,no hubieran podido hacerlo.Esas mujeres no están invitadas a este festejo ni a ningún otro y las alegrías de la maternidad son una promesa que no se realizará nunca.

Son madres por default, porque estaban allí y les sucedió la maternidad como sucede algo que proviene sólo de la naturaleza incontrolada,del orden de lo que no se elige sino que se soporta.Podríamos elegir una fecha diferente para las madres por destino de clase:el Día de la Madre Pobre que se celebraría junto con el Día del Niño con Desigualdad de Oportunidades desde la Concepción.

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Madres, hijas
Por Sandra Russo

Hace poco más de un año, en una contratapa que se llamó “El otro lado de la vía”, conté la internación de mi madre en una clínica psiquiátrica. La internación fue el corolario de una época difícil, en la que la demencia no era “oficial” y a la confusión de ella se sumaban la mía y la de mi padre. Es que en cierto modo, la enfermedad exacerbó rasgos de carácter que estuvieron presentes toda su vida. Por lo menos, toda mi vida.

En este año que pasó, en las visitas, fui presenciando su adaptación a la clínica y también fui detectando, con infinito asombro, cómo la demencia le permitía acceder a mi madre a algunos estados que le habían sido vedados, quién sabe si por su educación, su personalidad o la forma embrionaria de la enfermedad. Concretamente, mi madre hoy me recibe con una sonrisa, me da la mano, me acaricia, me dice que me quiere, disfruta los mates extra dulces que ella ceba, mientras habla me acaricia las manos.

Mañana es el Día de la Madre y ése fue un día conflictivo en mi vida hasta ser yo misma madre. En algún libreto intangible está escrito que la maternidad por sí sola mejora a una mujer. Por si los supuestos judeocristianos fueran poco, vivimos en un país en el que el culto a la madre fue abonado por la música porteña: en el tango, la madre es madrecita, y es más, es pobre madrecita. Comparada con las gatas en celo de los burdeles y la noche, la pobre madrecita era sellada como la estampilla oficial de la beatitud femenina, que puede resumirse en un único y poderoso rasgo. La abnegación.

El culto a la madre argentina copula con la capacidad femenina de negarse a sí misma para pensar en los demás. Reivindica la retirada masiva del deseo en una mujer, para predisponerla de buen humor a la satisfacción de los deseos ajenos. Ensaya un adoctrinamiento social en base a esos valores y asegura vínculos de eterna gratitud. Es como si las mujeres pudiéramos vivir nuestras vidas impulsadas apenas por las deudas que tienen con nosotras, y que como somos buenas hemos decidido no cobrar.

Pues bien, las cosas suelen no encajar con lo que se espera de ellas. Mi madre siempre fue una mujer especialmente perceptiva y una energía increíble que nunca pudo liberar. Fue una mujer que aceptó las reglas de un juego para el que no estaba preparada. Mi madre hubiera sido mejor madre, estoy segura, de haber podido abnegarse menos, defenderse más. Porque hay mujeres a las que la abnegación les está vedada estructuralmente, y esas mujeres suelen ser llamadas malas madres. Es el discurso contra lo real: gana el discurso, y lo real enloquece.

Para el Día de la Madre, si pudiera, le regalaría a mi madre, con retroactividad, un permiso para no abnegarse, para hacer su vida de una manera que no dejara tan conformes a los demás y tan irritada a ella. Es cierto que vivió enojada conmigo, con los demás en general, encapsulando una agresividad que sólo a veces se entreveía entre las rasgaduras de su carácter. Es cierto que no me quiso bien. Pero yo estoy escribiendo esta nota mientras ella deambula por una clínica de reposo en la que los pasos se arrastran como el pasado.

Si pudiera, le daría la oportunidad de hacer todo de nuevo, de ser más egoísta, de ser más honesta y brutal con sus deseos, de no tenerles miedo, tanto miedo a sus fantasías. Si pudiera, le regalaría esa libertad.

El culto a la madre encubre una forma velada y sutil de desprecio a las mujeres. Exacerba una parte femenina, en desmedro de otras partes que debemos ignorar. Recién ahora, loca, en la clínica, mi madre se ha sacado la faja mental y su mundo interior ha explotado. Y en ese mundo, junto a todo lo negado, también estaban su amor por mí, su ternura, su fragilidad, su candor, su frescura. Recién ahora puede decirme que me quiere, y no es tarde para que yo le corresponda.


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Polémicas
MA MI TA

El Día de la Madre sacó a relucir una vez más la demencial relación que tiene la publicidad con el “tabú constitutivo de la civilización occidental”: el Edipo.
Por Hugo Salas

Llueve. Algunos rayos de sol se cuelan por la ventana de una cocina, bajo la cual un nene exhausto, despeinado, se lleva un habano a la boca. Música sugerente. La cámara se detiene en su rostro, captura el momento en que dice “hoy te pasaste” y sigue el desplazamiento de su manita hasta la mejilla de una mujer de treinta años, tendida en el suelo. Ella sonríe satisfecha, agitada, y se muerde el labio inferior. El plano se abre de a poco, sobre la mesa se ven los restos de una enorme torta de chocolate. “Hoy te toca a vos darle para que tenga.” Logo de producto (cualquier producto). Fin.

Suena un poco cruento, sí, pero ¿estamos tan lejos? En 2004, la agencia Agulla y Baccetti (encargada de vendernos, entre otras cosas, un presidente “aburrido”) pergeñó para una popular marca de mayonesa el spot “Edipo”, donde varios niños piropeaban a sus madres al verlas verter, en sus platos, el aderezo de marras. Este año, por aquello de que en televisión nada se pierde, otras dos agencias decidieron “retomar” la idea en ocasión del Día de la Madre. Curiosamente, ambas debían vender teléfonos celulares. Así, en “Planta”, de FCB Argentina, asistimos al desengaño sentimental de un niño que descubre –con asombro– que su madre no sólo lo ama a él, sino también a sus plantas (curioso paralelismo y reemplazo del padre). Más decidida aún fue la apuesta de Young & Rubicam, que sin el más mínimo resquicio de ironía o humor, y más bien en código de comedia romántica –de hecho, la pieza se llama “Romance”–, se lanzó a celebrar la efemérides como “el día de tu primera novia” (cargándose, dicho sea de paso, una hermosa canción de Rufus Wainwright, cuya reacción al spot sería digna de ver).

Lejos, demasiado lejos, quedaron los albores del siglo XX, cuando un renegado neurólogo vienés introdujo, con suma cautela y gran alboroto público, la idea de que los seres humanos atravesaban un enamoramiento del progenitor del sexo opuesto. La idea tuvo éxito, sabemos, y se popularizó, tanto que hasta los creativos publicitarios se enteraron de ella, sacando una conclusión obvia: está buenísimo eso del Edipo y que los nenes se baboseen con la mamá. (Nenes, aclaremos, porque este año las madres publicitarias no paren hijas salvo que sea para enseñarles a apaciguar los dolores menstruales o para hacerlas tomar yogurt hasta dejar el útero en el excusado.)

¿Querrá decir esto que en nuestro incesante proceso de liberalización del deseo hemos superado incluso el “tabú constitutivo de la civilización occidental”? ¿O más bien que la publicidad está decidida a ligar los productos a una ilusoria satisfacción del deseo a cualquier precio (en este caso, la angustia)? Ni tanto ni tan poco. Más bien, estos spots señalan que la publicidad es justamente el lugar donde nuestra sociedad escenifica la supeditación de la realización del deseo a los objetos sin tomarse en serio siquiera esa promesa; es decir, el lugar donde nos repetimos una y otra vez que sólo comprar nos hará felices, sabiendo que no es así (motivo por el cual, justamente, ninguna cosa que se parezca allí a la “felicidad” puede ser peligrosa o nociva).

Ahora bien, más allá de ello, ¿qué tipo de sociedad es capaz de considerar “tiernos” o “simpáticos” estos spots aún en el terreno de la fantasía más ilusoria? ¿Qué necesidad vienen a satisfacer los hijos en el mundo de hoy, que hasta podemos usarlos para escenificar la satisfacción del deseo sexual de sus madres, como si su único rol posible fuera el de hacer felices a quienes los poseen, igualito, igualito que un teléfono celular?

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